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El perdón y los nuevos beatos mártires claretianos
Los mártires nos muestran un brillante destello del perdón ofrecido por el divino crucificado.


Por: P. José María Montiu de Nuix | Fuente: Catholic.net



El mundo actual está dividido, roto. Necesita perdón y reconciliación. Los 109 claretianos mártires, que serán beatificados este 21 de octubre, nos enseñan a perdonar. Lo ilustramos con los siguientes ejemplos.   

El padre Emilio Bover, a los que iban a quitarle la vida, les dijo: Os perdono de corazón por amor a Dios. A este perdón sincero quiso juntar un signo de cariño, oro resplandeciente de caridad, pues pidió besar la mano del que iba a asesinarlo. 

El hermano Julián Villanueva perdonó a sus verdugos, deseándoles el bien para sus almas, la conversión, la salvación. Les dijo: os perdono, ruego a Dios que mi sangre os convierta. Y derramó los rubíes de su martirial sangre.

Al padre José Reixach Reguer, tras tirotearle, sin rematarle, lo abandonan. Emplea entonces dos horas en arrastrarse por el suelo como un reptil. Durante todo el trayecto con una mano se contiene los intestinos que se le salen por las heridas recibidas. Logra así llegar a la Casa Caridad, donde pide auxilio. Poco después está ante unos revolucionarios, a los que les dice: si vosotros me habéis disparado, os perdono de todo corazón. Quiero morir como Jesús que perdonó a los que lo crucificaron. Es internado en una clínica. No tarda mucho en fallecer. Su muerte martirial le llega plenamente rodeada de un continuo brotar en su corazón de hermosas florecillas, las jaculatorias. 

El sacerdote y médico, Juan Buxó, estuvo mucho tiempo curando cariñosamente la pierna rota de un famoso pistolero. Éste después irá a buscarle para llevarle al martirio. El padre entonces le dice: ¿Tú también? Buxó, ya detenido, procura aún el bien espiritual de sus verdugos, amonestándolos a convertirse. Ya en el lugar del martirio pide besar la mano de éstos. Está un tiempo rezando. La víctima, como tantos cristeros y tantos mártires españoles, muere martirialmente gritando ¡Viva Cristo Rey!



La persecución contra sacerdotes y religiosos obliga al padre Jaime Payàs a buscar un refugio. Sin embargo, las puertas, una tras otra, se le cierran. Incluso las de los amigos en los que confiaba. Finalmente, es detenido. Manifiesta estar contento de poderle ofrecer a Cristo haber sufrido el desengaño de las amistades. Manifiesta que les da un abrazo, que a nadie guarda rencor, ni siquiera a los que le han echado de casa como se echa a un perro. Ya detenido, le ofrecen liberarle a cambio de renegar. Se opone totalmente a tal indignidad. Ya encañonado para matarle, bendice, no maldice. Levanta su mano y voz y dice: Quiero bendeciros antes de morir. Así cae su purpúrea sangre. 

En suma, los mártires nos muestran un brillante destello del perdón ofrecido por el divino crucificado. Amor, no odio. Manos martiriales heridas, ensangrentadas, pacíficas, que como nidos maternales, cariñosa y entrañablemente, están acogiendo, como a pollitos, a sus mismos verdugos.    

 

 







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