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Vayamos con alegría al encuentro del Señor
Reflexión del evangelio de la misa del Martes 26 de Septiembre de 2017

Si el pan compartido nos hermana y rompe las diferencias, ¿qué no hará la palabra de Dios?


Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato |



Esdras 6,7-8.12.14-20: “Terminaron la construcción del templo y celebraron la Pascua”
Salmo 121: “Vayamos con alegría al encuentro del Señor”
San Lucas 8,19-21: “Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica”

 


Me compartía un amigo una experiencia que tocó su corazón al comprobar que el comer juntos en una mesa, logra construir fraternidad. No es cierto que seamos hermanos si el que está junto a nosotros padece hambre y no se anima a acercarse y a participar de nuestro mismo pan. Si es por culpa nuestra será egoísmo; si no se atreve, por miedo o vergüenza, será que aún no le hemos dado muestras ciertas de que somos hermanos.

Si el pan compartido nos hermana y rompe las diferencias, ¿qué no hará la palabra de Dios? Para algunos en  el pasaje que acabamos de escuchar, se presentaría una especie de desprecio o reproche a María como madre de Jesús. Sin embargo, la conclusión que hace el mismo Jesús le da una valoración mucho más importante a María: la que escucha, la que es fiel a la palabra, la que la hace producir y dar fruto. Para ser parte de la familia de Jesús es necesario escucharle y seguirle, ser discípulo suyo; se rompe con el círculo familiar sanguíneo y se da un paso hacia la comunidad de hermanos y hermanas en la fraternidad.

Escuchar y vivir la palabra de Dios, nos hermana de la misma forma que el compartir el pan. Toda la vida de María, como la presentan los evangelios, está sustentada en una escucha atenta de la Palabra de Dios y en una búsqueda inquieta de ser fiel a la voluntad de Dios. La Palabra de Dios hermana y rompe todas las barreras, y la Palabra de Dios hecha carne ha venido a dar una nueva relación de los hombres que los convierte a todos en hermanos, en padres, madres e hijos. La gran revelación que nos hace Jesús es esta nueva dignidad que va más allá de las relaciones de la carne y la sangre. Quien escucha la Palabra la engendra y le da nueva vida, y así se convierte en madre y hermano de Jesús. Hoy nos llenamos de palabras huecas y ruidos que no nos permiten escuchar la verdadera palabra. La Palabra nos da nueva vida  y nos  hermana en una nueva relación. Que este mes de septiembre, mes de la Biblia,  escuchemos con silencio y recogimiento profundo la Palabra, que la dejemos enraizar en nuestro corazón y que la hagamos dar nuevos frutos. Que María nos enseñe a buscar la palabra y a transformarla en servicio que engendra una nueva vida y relación familiar.







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