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El encuentro intercultural y religioso es posible.
El entendimiento entre los pueblos es una exigencia desde el punto de vista antropológico


Por: Ángel Gutiérrez Sanz | Fuente: Catholic.net




Hoy vivimos un periodo histórico complicado en el que nadie se fía de nadie, donde hay violencia y está en juego la disputa por la hegemonía cultural entre Oriente y Occidente. En manera alguna, hoy día  se puede hablar de entendimiento, sino más bien de enfrentamiento entre las culturas. En nuestro mundo supercivilizado se lucha por ganar la batalla cultural e imponer por la fuerza a los demás la propia manera de ser y de pensar, sin reparar en que la verdad, la bondad y la belleza, no son patrimonio exclusivo de nadie sino que andan por ahí repartidos.


Desde el punto de vista antropológico hay motivos suficientes para cuestionar  ese tipo de etnocentrismo chauvinista, desgraciadamente tan extendido, que sobrevalora  lo propio y desprecia lo de los demás, seguramente por una ignorancia que  al final acaba generando  miedos y nos hace ver al otro como a   un rival peligroso y eso  es precisamente  lo que está pasando en este nuestro mundo, en el  que a pesar de haber acabado con las distancias físicas en orden a la comunicación, ha sido incapaz de acabar con el aislamiento de las conciencias, cautivas y esclavizadas por la intolerancia de uno u otro signo y el  fanatismo.


La más elemental reflexión filosófica nos lleva al convencimiento de que en la familia humana son más fuertes los lazos que nos unen que las diferencias que nos separan. Sólo desde el desconocimiento o el egoísmo podemos ver en el extranjero a un extraño, cuando en realidad es un hermano con el que compartimos una misma naturaleza, que es  el  fundamento  último de nuestro ser  y de nuestro “ethos” y también  nos hace copartícipes de un mismo origen y destino.  Mientras vivimos  estamos sujetos a los mismos vaivenes que nos traen y nos llevan, nos sacuden los mismos temores, nos alientan las mismas esperanzas, las penas y alegrías son las mismas, los sentimientos y emociones brotan de un corazón que late al mismo ritmo. Todos queremos ser igualmente felices y cuando todo haya acabado en esta tierra nuestra nos espera la misma suerte final en términos escatólogicos.

 

Por todo ello habría que decir que el entendimiento entre los pueblos es una exigencia desde el punto de vista antropológico, pero yo en esta ocasión voy a  centrarme en un argumento histórico que nos lleva a esta misma conclusión.




 En estos tiempos de la posmodernidad  sólo vivimos del presente y nos hemos olvidado de la historia, tanto que apenas nos acordamos  de que hubo tiempos y lugares en los que se pudo vivir en paz  respetándose unos a otros,  sin que nadie se sintiera violentado a ser lo que no quería y a actuar en contra de su conciencia.  Esos tiempos y lugares existieron y bien pudieran ponerse hoy como paradigma de humanismo, de respeto y tolerancia, que al fin y al cabo  constituyen el sustrato sobre el que debe edificarse todo discurso cultural que se precie de serlo.  La península Ibérica fue uno de esos hermosos ejemplos durante ocho siglos, donde la mezcolanza de la cultura musulmana, judía y cristiana, tuvo como resultado una gran riqueza y prosperidad en todos los órdenes. Afortunadamente hubo también otros lugares del Mediterráneo en los que se produjo este fenómeno.


Acabo de regresar de Sicilia, un lugar en el que se han escrito algunas de las páginas más ilustrativas de la historia de la humanidad, que no viene mal volver a recordar.  De todos es sabido que Sicilia, antes de ser objeto de deseo para los turistas curiosos o para los refugiados desesperados, ha sido un lugar apetecido por una gran diversidad de pueblos, atraídos por el enclave de sus costas repartidas en lugares privilegiados de los mares Jónico, Tirreno y Mediterráneo. Las sucesivas oleadas de colonos y conquistadores se fueron sucediendo sin tregua, dejando allí su huella indeleble. Las primitivas culturas, los fenicios, griegos, romanos , cartagineses, árabes, cristianos, normandos, etc. propiciaron un sinfín de mezcolanzas, dato éste lo suficientemente relevante como para que Sicilia sea considerada con toda justicia la Isla de las esencias multiculturales, acendradas por el fuego volcánico que sale de las entrañas de la tierra con el monte Etna como pebetero que apunta al cielo.


En este viaje me impresionó y supongo que también a algún compañero más  del grupo,  el que esta tierra precisamente fuera durante siglos escenario de coexistencia pacífica, primero entre griegos y colonos fenicios, luego lugar de encuentro entre la cultura cristiana, la islámica y la bizantina, de las que el poeta árabe-siciliano  Ab dar – Rahman se hace eco en una de sus odas. Ya  a finales del XI con los reyes normandos se produjo una fusión cultural profunda, que hace que la historia recuerde a Sicilia como suelo donde se asentaron diversos pueblos con sus tradiciones y culturas, sabiendo convivir en paz y  dejando en herencia a la Humanidad su rico legado.


Caso histórico que corrobora esto que estoy diciendo es el protagonizado  en el siglo XIII por Federico II rey de Sicilia y el sultán  Al Kamil, que en este tiempo era gobernador  de Jerusalén.  Pues bien, cuando Federico II llega a ser Sacro Emperador de Roma, en su calidad de tal, se vio obligado por las circunstancias a emprender una campaña militar encaminada a la conquista de la Ciudad Santa. A tal efecto se dirigió hacia Acre, en territorio palestino y una vez  allí lo que hizo, no fue atacar sino enviar un embajador a Al Kamil con una misiva de respeto y admiración, que abrió las puertas a una ardua, pero fructífera negociación, que a pesar de todas las dificultades acabaría con una resolución pacífica conocida como el tratado de Jaffa.  


Semejante negociación exitosa resulta más ejemplarizante aún, si tenemos en cuenta que las gestiones  se llevaron a cabo en contra de los compatriotas respectivos y comunicándose a través de misivas y cartas que tardaban días en llegar a destino, no como ahora que las comunicaciones de un extremo a otro de la tierra pueden hacerse en tiempo real por teléfono, internet o algún otro medio. Semejante hecho lo contemplamos ahora como un acontecimiento prodigioso, que fue posible porque ambos interlocutores se respetaban mutuamente, valorando sus respectivas civilizaciones y lo único que cabe decir es que el ejemplo de estos dos soberanos medievales debería cundir entre los dirigentes de nuestro mundo supercivilizado.




Cierto es que el encuentro entre las civilizaciones conduce a un humanismo floreciente, como también lo es que Sicilia es una de esas tierras que testimonia a las claras que la convivencia intercultural  pacífica,  no solo es posible sino también deseable, si queremos que nuestro mundo sea cada vez mejor.  Cualquiera que visite Sicilia puede comprobar “in situ” que el intercambio favorece la dimensión humana y religiosa de todos los hombres y mujeres.

 

Después de visitar Sicilia, mucho más si lo haces con la ayuda de una guía ilustrada, como es mi caso, (¡gracias, Alejandra!) te das cuenta que Goethe tenía razón al decir: “Italia sin Sicilia no deja imagen en el alma” y estrechando aún más el círculo yo me atrevo a decir que Sicilia sin Siracusa perdería gran parte de su esplendor. La presencia de las más diversas civilizaciones ha dejado una huella imborrable en su suelo. Patria de Arquímedes, aparece ante los ojos del viajero como crisol de civilizaciones milenarias, que marcaron el rumbo de la historia occidental. Por si fuera poco, en la  actualidad posee uno de los santuarios marianos más importantes, donde cada día acuden centenares de peregrinos para postrarse a los pies de la Madonna delle Lacrime buscando reconciliación y perdón.


 Después de tanto tiempo hablando de amigos y enemigos, de buenos y de malos, ha llegado la hora de decir con el Dr.Toynbee  que en esta era de rápida globalización, debemos asegurarnos de que el encuentro entre las diversas civilizaciones y culturas avance hacia la paz, la coexistencia y la creación de valores positivos. Este es, a decir verdad, el desafío clave que enfrenta la humanidad de hoy. En el siglo XXI hemos de abandonar la creencia de que todo lo malo está en el otro y todo lo bueno lo represento yo y cambiarla por una actitud de apertura, que nos permita superar la violencia, las guerras y terrorismo étnico y así poder construir una sociedad justa, en la que se puede vivir pacíficamente.  Este habrá de ser el gran reto  de la humanidad en  el presente siglo.


Puede que llegue el día en que caigan los muros y nuestro mundo se llene de puentes capaces de superar todos los abismos, puede que llegue el día en que el amor venza al odio y los corazones de todos los hombres y mujeres rebosen de sentimientos humanitarios, para poder decir con el poeta  árabe Abu-al-Arab “He brotado de la tierra, cualquier suelo me parece bueno, todos los hombres son mis hermanos y el mundo es mi país”. Este sueño es posible.

 





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