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La Madre cercana a sus hijos
La Madre de Dios quiere ser para cada uno de nosotros


Por: Fernando de Navascués | Fuente: www.somosrc.mx



Si Nuestra Señora de Guadalupe tiene los títulos de Reina de México y Emperatriz de las Américas y Filipinas, y su devoción está extendida prácticamente allí donde hay un católico, no menos importante y querida es la Virgen de los Remedios, al menos en aquella parte del mundo en donde se habla el español. Desde Europa llegó a América esta devoción mariana, y hoy en todo el Nuevo Mundo se venera a la Madre de Dios bajo esta advocación cuyo nombre despierta en sus hijos toda una serie de afectos y sentimientos que hacen de María la Madre de Dios y la madre nuestra a la que acogerse para recibir consolación, defensa, apoyo, socorro, salud…, en una palabra, esperanza, la virtud que más necesitan los hombres y las mujeres del siglo XXI.

Y no es para menos, pues su origen se encuentra vinculado a una de las órdenes religiosas más significativas que han existido a lo largo de la historia de la Iglesia: la Orden de la Santísima Trinidad y de los Cautivos, más conocida como los Trinitarios. Sus fundadores, san Juan de Mata (1154-1213) y san Félix de Valois (1127-1212), crearon esta congregación para la redención de los cautivos que estaban en manos de los musulmanes en pleno periodo de las Cruzadas, y ahora, en los tiempos actuales, de otro tipo de esclavitudes fruto de pecado.

Bajo la capa de la Virgen de los Remedios, los buenos frailes trinitarios llegaron a rescatar de las manos musulmanas a miles cautivos. No es de extrañar, por tanto, que una devoción tan querida y apreciada de la Virgen llegara también a América, desde el primer momento, con los primeros españoles.

Entre los compañeros de Hernán Cortés se encontraba Juan Rodríguez de Villafuerte, uno de sus lugartenientes, quien trajo una talla de la Virgen, y quien fundó al menos dos santuarios dedicados a Nuestra Señora de los Remedios. Se trata por tanto, de la primera advocación mariana que llegó al continente americano. La imagen de Juan Rodríguez fue colocada durante algún tiempo sobre el altar del Templo Mayor de México, donde solían efectuarse los sacrificios humanos, pero desapareció con la guerra poco antes de la famosa ‘Noche triste’.

La imagen, sin embargo, apareció de forma milagrosa y la devoción a Nuestra Señora de los Remedios se fue extendiendo. Ya en 1575 se levantó el santuario donde hoy es venerada la imagen, en Naucalpan, Arquidiócesis de Tlalnepantla, junto a la ciudad de México. Es de madera estofada y mide 27 centímetros de alto.



Pero fuera de los datos puramente históricos, el pueblo fiel y devoto de su Madre, ha ido extendiendo la devoción a Nuestra Señora de los Remedios por toda España, Italia y Francia, en el continente europeo, así como por todo Hispanoamérica. Testigo de ello son México, así como Perú, Colombia, Panamá, Costa Rica, Bolivia e, incluso, Filipinas.

Es significativo que justamente esta advocación en la que se identifica a María con el remedio, con la sanación, tenga tanta devoción y extensión geográfica. Es signo claro de lo que la Madre de Dios quiere ser para cada uno de nosotros: el remedio que nos ayude a encontrar a Cristo en nuestras vidas.





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