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¿Por qué necesito a alguien?
Necesitar a los demás es humano, pero se vuelve verdaderamente una gracia cuando lo reconocemos con humildad


Por: Eduardo González Salas, LC | Fuente: http://lcblog.catholic.net



Cuando necesitamos ayuda o no sabemos algo podemos sentirnos un poco apenados. Levantar la mano en una clase para preguntar es siempre un riesgo porque te muestras vulnerable y te expones frente a la opinión de los demás, y si alguien se ríe seguramente te ruborizas.

Vivimos en una sociedad en la que el que más sabe y puede se lleva la admiración de los demás, sobre todo si lo alcanza solo. Como si contar con la ayuda de los demás desacreditara nuestros logros. Pero, si lo pensamos detenidamente nos damos cuenta de que nadie que haya sido exitoso ha llegado a la cumbre completamente solo. Deportistas, científicos, empresarios… todos han recibido ayuda más de una vez en su vida.

Como seres humanos, ya desde el inicio necesitamos de otras dos personas que decidieron ser nuestros padres, y gracias a los cuales estamos aquí. Sin su compromiso y amor no hubiéramos nacido. Llegamos al mundo muy indefensos y durante varios años dependemos totalmente de los demás; pero conforme crecemos nuestra dependencia de quienes nos rodean se transforma, no se acaba.

Aunque nos volvemos parcialmente autónomos físicamente cuando aprendemos a caminar, todavía seguimos dependiendo de nuestra familia por varios años para poder desarrollarnos plenamente; y llega un momento en que  deberíamos alcanzar una sana independencia personal.

Pero nuestro Creador nos hizo para las relaciones interpersonales, y por eso durante la vida nos rodeamos de amistades en las que nos apoyamos y a quienes apoyamos. El hombre es el animal político precisamente porque ofrece y pide ayuda a sus amigos.



Me di cuenta de esto más claramente durante un período de exámenes cuando me sentía especialmente abrumado. Me parecía que la exigencia me iba a sobrepasar, y al ver a mis compañeros me daba la impresión de que ellos gestionaban la presión mejor que yo. Y me daba vergüenza aceptar que en ocasiones me ahogo en un vaso de agua, porque me gustaría ser capaz de ver la realidad siempre como es, no distorsionada por mis preocupaciones o miedos; ser más dueño de mí.

Pero comencé a entender que Dios no me creó omnisciente, ni espera de mí que camine por la vida solo. Él quiere que lo encuentre, y ese encuentro se vuelve real muchas veces a través de la gente que me rodea. Porque dos cabezas piensan mejor que una, siempre es más bonito buscar la verdad junto a un amigo, que te escucha y te ofrece una nueva visión. Yo sólo tengo dos ojos, pero cuando comparto un problema con alguien termino con una solución que sólo cuatro ojos habrían podido encontrar.

Y así, ahora sé que no saber algo es una invitación a aprenderlo de alguien; no para sentirme humillado, sino para que incluso esa experiencia sea más humana; porque si descubrir la verdad es algo muy satisfactorio, es además dulce cuando se la descubre con la ayuda de un amigo. Necesitar a los demás es humano, pero se vuelve verdaderamente una gracia cuando lo reconocemos con humildad, porque será sólo entonces cuando confiaremos en que la ayuda que me ofrecen los demás no es un mal necesario, sino una ocasión para compartir. Es un recordatorio de que no podemos solos, y de que no se supone que vivamos solos.

Esto es un ejercicio que requiere atención, práctica y humildad. No siempre lo logramos, pero creo que vale la pena intentarlo cada día otra vez.







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