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Al principio no fue así
De modo que ya no son dos, sino una sola cosa. Así pues, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre


Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato |



Josué 24,1-13: “A ustedes los saqué de Egipto y los he hecho entrar en la tierra prometida”
Salmo 135: “Demos gracias al Señor”
San Mateo 19,3-12: “Por la dureza de su corazón, Moisés les permitió divorciarse de sus esposas; pero al principio no fue así”

 

¿Tendrá sentido en nuestro tiempo hacerse la pregunta que le formulan a Cristo? El matrimonio parecería que está pasando a segundo término. Así mientras las parejas del mismo género luchan denodadamente por su reconocimiento, las parejas heterosexuales parecen rehuirlo, se unen alegremente sin importar ninguna ley y se separan a discreción por cualquier motivo. Los medios de comunicación nos presentan a diario casamientos ostentosos  y divorcios al vapor de los artistas y personajes de moda, mientras los jóvenes de nuestras ciudades prefieren no casarse sino ir experimentando con una y con otra; o con uno y con otro, según el caso. “¿Le está permitido al hombre divorciarse de su esposa por cualquier motivo?”. 

No sé si la primera pregunta en la actualidad sería si hay alguna razón para contraer matrimonio. Ya los mismos discípulos al escuchar la respuesta de Jesús sobre la dignidad y responsabilidad del matrimonio expresan sus dudas. Para Jesús está muy claro y aduce el texto del Génesis: “De modo que ya no son dos, sino una sola cosa. Así pues, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”.  La unión matrimonial se ha tomado como una cosa banal, lo que importa es el placer. Pero cuando se pierde el verdadero sentido del amor, todo se descompone. Claro que dentro del matrimonio debe haber placer y felicidad, pero cuando se toma a las personas sólo como objeto de placer, cuando se les reduce a mero capricho, es difícil sostener una relación continua. Es falso el argumento que muchas parejas presentan para divorciarse: “si vamos a estar peleando es mejor separarse”.

La verdadera solución es estar dispuestos  a luchar en pareja y buscar el bien de cada uno de ellos y de sus hijos si los hay. El matrimonio y la unión conyugal no son un juego, se deben reflexionar seriamente, hacer oración ante el Señor, y después tomar una decisión firme. Tampoco será un juego la disolución matrimonial que deja a las personas heridas y a los hijos en situaciones deplorables. ¿Qué nos responde Jesús a las situaciones que viven actualmente nuestras familias? ¿Qué nos diría de los matrimonio que de hecho viven como si estuvieran divorciados? Que sea el mismo Jesús quien responda nuestras interrogantes.



 





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