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La fe
La fe que es contada por justicia

La fe es como aferrarse a lo que se espera, es la certeza de cosas que no se pueden ver. Hebreos 11:1


Por: Maleni Grider | Fuente: www.somosrc.mx



Si pudiéramos ver cumplido aquello que esperamos, ¿para qué serviría la fe? Las promesas humanas se cumplen, a veces, durante el tiempo terrenal que una persona vive su vida. Pero las promesas de Dios no se sujetan a tiempos limitados ni terrenales; las promesas de Dios se cumplen en los tiempos que Él establece.

Cuando tenemos fe en algo y no ocurre, o no se cumple, Dios sigue siendo Dios. De modo que nuestra fe debe tener la medida suficiente para seguir adorándolo, amándolo ciegamente, y honrándolo en su soberanía. No sólo honramos a Dios por lo que Él puede hacer, ni solamente por lo que Él hace, sino por lo que Él simplemente es. Mientras esperamos algo de parte de Dios, una respuesta, un favor o un milagro, y cuando creemos que Él puede hacerlo y lo hará, haríamos bien en aceptar su resolución en completa reverencia y sumisión, sin rebeldías ni cuestionamientos ni renunciación.

Abraham es un ejemplo fascinante de fe. Dios le concedió un hijo siendo ya ancianos él y su esposa, y le prometió una descendencia tan grande en número como las estrellas del cielo. De esa descendencia, a través de generaciones, nacerían Jacob, David, y más tarde Jesús, cuyo padre terrenal (legal o adoptivo), José, era descendiente directo de Abraham, según se refiere en la impresionante apertura del evangelio de Mateo (capítulo 1), donde se presenta a Jesús como heredero de David, como Rey de los Judíos, por descendencia en línea directa.

A Abraham se le llama “el padre de la fe” porque creyó en la promesa de Dios, a pesar de que no la vio cumplida. Abraham murió a la edad de ciento veinte años, sin ver las muchas generaciones que vendrían delante de él. Más tarde, en el tiempo del Señor, el heredero de David (Isaías 4:2) vino a la tierra, como el Salvador del mundo. En Él se cumplió la promesa hecha a Abraham, cientos de años después. Pero a Abraham, su fe se le contó por justicia.

Asimismo, por mandato de Dios, Abraham salió en busca de la tierra prometida, y no dejó de creer. Él y su parentela murieron sin ver la promesa cumplida, pero años después, guiados por el liderazgo de Josué, los israelitas cruzaron el Jordán y vieron la tierra que Dios había prometido a sus ancestros. Los tiempos del Señor son distintos de nuestros tiempos. En la Biblia, podemos ver las largas generaciones que Dios toma para llevar a cabo sus planes, y cómo los grandes hombres de Dios supieron confiar, esperar y visualizar los designios que Él les anunció.



“Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba. Por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa; porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios. Por la fe también la misma Sara, siendo estéril, recibió fuerza para concebir; y dio a luz aun fuera del tiempo de la edad, porque creyó que era fiel quien lo había prometido. Por lo cual también, de uno, y ése ya casi muerto, salieron como las estrellas del cielo en multitud, y como la arena innumerable que está a la orilla del mar. Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra.”
Hebreos 11:8-13

Cada vez que Dios hizo una promesa, la cumplió; no importa que para hacerlo tuvieran que pasar siglos. Los hombres de Dios miraron de lejos, creyeron y saludaron las promesas, aunque no las pudieran tocar ni entendieran lo que estaba pasando; aunque no vieran clara la dirección que seguían. Simplemente caminaban y obedecían, como peregrinos sobre la tierra, pues no dependía de ellos el cumplimiento de las promesas, sino de Aquel que se las había dado. Sin embargo, su obediencia estuvo en concordancia con las acciones futuras de Dios, y permitió que las profecías se cumplieran.

La desobediencia, la impaciencia o las malas decisiones humanas tuercen los caminos que Dios tiene trazados en su mapa celestial, y provocan diversas consecuencias, algunas abominables, que nada tienen que ver con la voluntad del Creador. En cambio, por la obediencia de los hijos de Dios, el mundo sigue en marcha, expandiendo la Palabra de Dios, llevando el Reino de los Cielos y el mensaje de gracia para salvación a las naciones, hasta el gran día en que Jesucristo regrese por su Iglesia.

Sigamos nuestro camino, convencidos de la fidelidad de Dios a sus promesas, sabiendo que nuestra corta vida y nuestra colaboración sobre la tierra será contada por justicia si la ejercemos con fe. Saludemos las promesas, algunas de ellas se cumplirán en vida, otras en el futuro lejano, pero, sin duda, todas se harán realidad.

 







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