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Los que oyen la palabra de Dios dan fruto
Reflexión del evangelio de la misa del Viernes 28 de Julio de 2017

Aquí no importa la efectividad y la contabilidad, sino la disposición del corazón


Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato |




Éxodo 20, 1-17: “La ley fue dada por Dios a Moisés”
Salmo 62, 2-6.8-9: “Ayúdanos, Señor, a cumplir tu voluntad”
San Mateo 13, 18-23: “Los que oyen la palabra de Dios y la entienden, ésos son los que dan fruto”

 

Pocas veces y con tanta claridad tenemos la explicación de una parábola en labios del mismo Jesús. Hoy identifica la semilla con el Reino y las actitudes que cada persona va asumiendo frente a ella. Cuatro categorías de personas que parecen muy definidas y que sin embargo en nuestra realidad  cada una puede pasar de un grupo a otro. Mientras en la parábola la tierra será siempre la misma, en la realidad los oyentes podemos tomar diferentes actitudes frente a la palabra y frente al reino.

 

La negación del reino, el no querer escuchar y preferir no entender, sería la primera respuesta a la propuesta del Reino. No es rara en medio de nosotros, creemos entender pero lo hacemos a nuestra forma y a nuestro gusto, alejándonos de los criterios del reino porque “no la entiende, llega el diablo y le arrebata”. Es fácil arrancar lo que no ha profundizado.



 

La superficialidad con que asumimos la escucha de la palabra, es el segundo tema. Claro que nos gusta lo que dice Jesús, claro que nos decimos cristianos y recibimos con gusto los sacramentos, pero no estamos dispuestos a ir más a fondo. No dejamos que eche raíces en nuestro corazón y no modificamos nuestras opciones. Inconsciencia, superficialidad y acomodación serían la segunda respuesta a la palabra.

 

El tercer grupo quizás sea uno de los que más favorecemos: utilizar la palabra para nuestros fines, dejarnos llevar por intereses económicos, buscar el placer y el poder, que acaban por ahogar a la palabra. No es raro que hagamos decir a la palabra lo que no dice, no es extraño que abandonemos la palabra cuando no responde a nuestros intereses.

Finalmente está la tierra buena que da fruto, cada quien en diferente proporción. Aquí no importa la efectividad y la contabilidad, sino la disposición del corazón. El Reino se mide de otra forma. ¿Qué le respondemos a Jesús cuando nos da la explicación de esta parábola? ¿No es verdad que a veces pasamos de ser una tierra pedregosa, a ser tierra de camino? ¿Qué tenemos que hacer para dejar que profundice en nosotros la palabra?



 





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