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El diamante de la sexualidad
Cuando se entiende la sexualidad en su totalidad, el significado es un diamante


Por: H. Mateo Arias, LC | Fuente: elblogdelafe.com



Cuando se habla hoy de sexualidad, la sociedad nos presenta una diversa gama de significados. En la mayoría de los casos, la sexualidad viene reducida simplemente al acto sexual y no precisamente dentro del matrimonio, o al menos en el contexto de una relación madura. Sexualidad viene también relacionada con el conjunto de acciones y decisiones que se toman “libremente” y que determinan la orientación sexual de un individuo. Sexualidad indica también para muchos el mero placer que es propio del acto sexual, despreciando totalmente cualquier tipo de relación personal que éste implica, aunque sea en su más primario nivel. Aunque también debemos reconocer que no siempre la sexualidad se entiende de modo hedonista y libertino; viéndolo desde un punto de vista más positivo, la sexualidad viene entendida en otros ámbitos como el conjunto de reglas que deben guiar el propio comportamiento sexual con los demás, en miras a mantener un sano equilibrio que evitará diversos problemas como embarazos no deseados, enfermedades, aborto, etc. Esta concepción también es reductiva y no nos permite entrever la sexualidad en su conjunto.

 

Reducir la sexualidad solamente a la genitalidad o a un mero moralismo, ambos aspectos sin embargo de gran importancia, es no entender la sexualidad en su totalidad. Sí, la genitalidad sin la cual no puede darse la procreación como una de las finalidades primordiales del acto conyugal, hace parte esencial de la sexualidad pero va mucho más allá de ella; la moral que procura ofrecer pautas sanas y confiables para una sana sexualidad, no equivale a la sexualidad misma; ésta va mucho más allá de la moralidad.

Lastimosamente es esto a lo que nos ha portado la sociedad hodierna: a reducir la sexualidad a uno solo o a algunos de sus componentes. Sin embargo, cuando se entiende la sexualidad en la totalidad que le corresponde, nos encontraremos con un amplio horizonte formado por diversas realidades cargadas de significado y que puestas en común son como un diamante compuesto por diferentes caras pero todas ordenadas a la belleza y unidad del mismo.

Cuando entendemos plenamente la sexualidad, antes que nada vamos más allá de aquellos elementos biológicos y nos adentramos en un campo más profundo y más personal. La sexualidad implica necesariamente la comprensión del mundo humano que se presenta constituido de personas con una diferencia sexual. Por tanto, la sexualidad no evoca primariamente la genitalidad o el acto sexual; es algo mucho más profundo y es el hecho de conocerse a sí mismo, hombre o mujer, conociendo y entrando en relación con el otro sexo. En ese sentido, el hombre desde la sexualidad, puede ser definido como un ser proyectado hacia la mujer.



Siguiendo esta misma línea, podemos adentrarnos en otro aspecto riquísimo que forma parte imprescindible del horizonte completo de la sexualidad: la complementariedad. Hoy en día en el lenguaje común y juvenil, se usan expresiones como “encuentra tu media naranja”. Detrás de esta expresión coloquial se encierra un elemento primordial de la sexualidad: la complementariedad. Ésta constituye uno de los grados más altos de la sexualidad y consiste en aquellas relaciones, no necesariamente sexuales, que se van construyendo a través del tiempo, entre el hombre y la mujer donde ambos sacian ese vacío o esa inquietud que sólo un ser del otro sexo puede llenar. Esas relaciones están especialmente cargadas de valores únicos como la confianza, el respeto, el afecto, la apertura, el don de sí mismo, etc…

Es en este punto de la complementariedad cuando puede finalmente darse la verdadera unidad del amor esponsal. Este constituye una “cara del diamante” de la sexualidad de carácter primordial. Sólo cuando reconozco en una persona del otro sexo esa parte de mí que está todavía incompleta, por realizarse, y sólo cuando la acepto consciente y libremente en mi vida, solo entonces entraré a formar parte de su vida, permitiendo que esa complementariedad antes mencionada de lugar por fin al amor esponsal. Este será tan sincero, recíproco y auténtico que dará como fruto una nueva vida humana.

Como se ha visto hasta aquí, la sexualidad es una realidad que va más allá de un plano meramente físico o biológico. Es una compleja realidad compuesta por diversos elementos inseparables entre sí que no son reducibles, sino que por el contrario una vez puestos en común, permiten entrever la verdadera sexualidad humana en su plenitud. Y cuando se supera esta visión meramente naturalista de la sexualidad, entonces se entenderá que la sexualidad que tiene que ver con la persona misma y no solamente con su cuerpo, que en definitiva la sexualidad toca la existencia misma de la persona.

Ciertamente cuando estos diversos elementos precedentemente mencionados integran la propia vivencia de la sexualidad, ésta estará siendo vivida en su plenitud. Y sólo entonces aquellos elementos a los que la sociedad ha reducido la sexualidad, comenzarán a encontrar su pleno sentido y a integrarse en el conjunto de la misma. Pues cuando hay complementariedad, comprensión del otro en su condición sexuada específica, amor esponsal, sólo entonces la genitalidad, el acto sexual, el placer que éste conlleva, la sexualidad entendida como moralidad y los demás elementos de esta compleja realidad tendrán un verdadero sentido y estarán siendo vividos en su plenitud específica dentro de la plenitud misma de la sexualidad.

 




                   
                    
                    
                    
                    
                
                
            
            
            

 





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