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Esto es mi cuerpo. Ésta es mi sangre
Es el Día del amor hecho pan y hemos de volcarnos en amor hacia aquellos –hoy más que nunca—que están tan necesitados


Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato |



EL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO


Éxodo 24, 3-8: “Ésta es la sangre de la alianza que el Señor ha hecho con ustedes”
Salmo115: “Levantaré el cáliz de la salvación”
Hebreos 9, 11-15: “La sangre de Cristo purificará nuestra conciencia”
San Marcos 14, 12-16. 22-26: “Esto es mi cuerpo. Ésta es mi sangre”


Celebramos este día la Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo, el Corpus Christi. Por su infinito amor, Jesús de Nazaret decidió quedarse entre nosotros en el Pan y el Vino de la Eucaristía. Y es ese prodigio sublime lo que hoy estamos conmemorando. Es una gran prueba de amor. Y de ese amor total de Dios por nosotros debe surgir, incluso impetuoso, nuestro personal amor por Dios y por los hermanos. Es el Día del amor hecho pan y hemos de volcarnos  en amor hacia aquellos –hoy más que nunca—que están tan necesitados por los desmanes de una crisis que han provocado unos pocos.

 

Si contemplamos la mesa de Jesús encontraremos tantos signos que nos provocan y nos ilusionan, pues Jesús nos ama de veras. Su mesa es la mesa del servicio, donde los que participan, no se sienten excluidos; donde los que se acercan, son recibidos con muestras de comprensión y afecto; donde los que tienen hambre pueden saciar su necesidad, sin necesidad de venderse por un mendrugo; una mesa de solidaridad.



 

El Cuerpo de Jesús hecho pan primero se ha transformado en entrega hasta el final. El pan sea ha constituido en símbolo de unidad; y el sacrificio se ha hecho perene fuente de salvación. Pocas veces meditamos en la Sangre y pensamos solamente en el vino. La sangre para muchísimos pueblos era la señal de la vida, de la persona y como su espíritu. Pero para el israelita, la sangre del cordero se había transformado en memorial de liberación, en signo de la constitución de un pueblo, y en el lazo de unión entre todos los salvados. Cristo, en la cena de la Pascua, asume la condición de Cordero que se entrega para dar vida, de Pan que se parte para unir a los divididos; y nos deja Pan y Vino, signos sensibles, como memorial del Cuerpo y Sangre que se han entregado en la Cruz y han alcanzado plenitud en la Resurrección. Por eso esta fiesta tiene todo el sentido de la presencia de Jesús pero también todo el sentido de comunidad, de liberación y de servicio. ¿Cómo vivimos este misterio? ¿A qué nos impulsa y compromete?

 





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