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Su cansado corazón.
Horas frente al Santísimo faltan, para entender y contemplar cómo Dios piensa y actúa en ti, en mi.


Por: Mitzy Espinosa de los Monteros Álvarez | Fuente: Catholic.net




 
No hay momento de mayor paz para el ser humano que postrarse ante su Dios: ese momento donde todas las mascaras caen, todos los atributos  son innecesarios y todos los pecados son perdonados.
 

No hay mayor dicha en el corazón, que el momento cuando, frente al  cuerpo de nuestro Señor vivo, el alma descansa.
 
El espacio donde Dios es Dios y el ser humano se reconoce nada ante Él, para que de esta manera, este Dios omnipotente, ahí, velado por el pan,  le recuerde que fue, es y será, siempre su mayor anhelo.
 
Horas frente al Santísimo faltan, para entender y contemplar cómo Dios piensa y actúa en ti, en mi.
 
Hace no mucho, en una adoración, mientras mi corazón estaba postrado, pidiéndole a  Él que tomará mi vida,  pude observar a  muchas personas, un templo lleno: parejas, jóvenes, matrimonios familias: todos de rodillas.
 
No era difícil leer en su rostro  el motivo de su estancia: el cansancio de la rutina, la confianza de contar su día y pedir; pedirle al que todo lo puede que los volteé a  ver.
 
Termina la misa, la hora santa, la reflexión y todo el mundo sale… todos menos Jesús. Él se queda ahí,  esperando, cargando todo el pesar, como si fuera suyo, como lo hizo en la Cruz.
 
Que cansado ha de estar el corazón de aquel hombre que decidió morir por nosotros y quedarse expuesto, que cansado ha de estar de escuchar, contener, de abrazar y de consolar.
 
Que cansancio el de nuestro Señor, el nunca descansar, siempre en un continuo actuar. Que si no fuera Dios, ya se hubiera acabado, que si no fuera Dios, no podría haber permanecido así tanto tiempo.
 
El sacrificio de Jesús está permanente en la eucaristía: corazón de hombre, corazón de Dios;
¿cómo dudar del amor del Hombre que decide permanecer entre todos, para no dejar atrás el encuentro personal?,  ¿cómo dudar de ese  amor del Dios que,  expuesto en el sagrario,  está esperando para consolar, para abrazar? y después en el silencio del templo vacío, seguir esperando siendo Dios.
 
En el texto del evangelio, donde se narra que Jesús está en el huerto, hay  tres palabras que  siempre retumban en mi corazón: obedece, permanece y confía.
 
Difícil, muy difícil. Aun sabiendo que Él está ahí, no lo escuchamos, aunque está ahí, a veces no le creemos; aunque está ahí, casi nunca vamos.
 
El evangelio, es siempre palabra viva, es palabra que nos dice a todos a través del tiempo  cómo podemos parecernos a Él.
 
El evangelio, donde en cada palabra  se nos refiere a Jesús, nos re- invita a ser como Él; ¿acaso no es ese Jesús en el sagrario, que obedeciendo la palabra “que se haga tu voluntad y no la mía”, se ha quedado como sacrificio, para nuestro bien? ¿Que no es  ese cuerpo expuesto en el altar el que ha permanecido a lo largo de los años, para que tu, yo, hoy, un minuto, vayamos a su encuentro cara a cara?... aún así quizá jamás regresemos.
 
¿No es este Jesús, -milagro de amor llamado Eucaristía-, el que confía en el Padre y le ofrece el cansancio de ese corazón humano? Quizá esta vez, nos atrevamos a entregarle por completo nuestro ser, para que así, podamos dejar de sufrir y descansar en Él.
 
Si, obedecer, permanecer y confiar, es de humanos,  es de personas que quieren amar.
 
Ese día entendí que en el momento en el que entro a la Iglesia, por el hecho de que Él esté ahí, estoy entrando inmerecidamente en  la eternidad. Si Dios está ahí, amando y sacrificando, por siempre mi silencio, mi inclinación, mi atención, y mi piedad.

Frente al Santísimo entendí el Amor. A Él, el poder y la Gloria. A Él, mi vida.





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