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Ustedes son la luz del mundo
Reflexión del evangelio de la misa del Martes 13 de Junio de 2017

Igual que Jesús, quien quiera ser sal tendrá que “deshacerse” para poder sazonar los alimentos y la vida.


Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato |




San Antonio de Padua


II Corintios 1, 18-22: “Jesucristo no fue primero “sí” y después “no”. Todo Él es un sí”
Salmo 33: “Míranos, Señor, benignamente”
San Mateo 5, 13-16: “Ustedes son la luz del mundo”

 

Dos signos muy bellos, muy sencillos e indispensables en la vida de toda persona: la sal y la luz. Los dos encierran en sí mismos un simbolismo de alegría, de dinamismo, de fuerza, que transforma; los dos también encierran el sentido de la donación continua, del entregarse, de la donación que genera vida. Quizás a los dos les hemos perdido un poco de su importancia en nuestro mundo tan lleno de tantas necesidades artificiales y de tantas luces que nos encandilan. La sal es básica para los alimentos, para su conservación, para darles sabor, pero también tiene muchos otros usos domésticos e industriales que nos llevarían a mostrar cómo debe ser la vida del cristiano. Sin la sal el cuerpo humano se deshidrata, se descompensa y puede morir. La sal conserva, igual que un cristiano que debe preservar. No en el sentido de hacerse conservador y rígido, sino en el sentido de evitar que el mal entre en el corazón y lo corrompa.

 



La sal da el sabor; el discípulo no debe ser un aguafiestas, que dice siempre que no; sino debe ser alguien que proponga, que esté alerta a ofrecer soluciones; que se arriesgue en compromisos. Igual que la sal, igual que Jesús, quien quiera ser sal tendrá que “deshacerse” para poder sazonar los alimentos y la vida. Si la sal se queda concentrada y no se arriesga a desaparecer en medio de todo el alimento; se torna un pedazo que amarga, que lleva al vómito, que provoca asco. Sólo cuando “se pierde” logra dar sabor.

 

Igualmente la luz. ¿Por qué propondrá Jesús a sus discípulos que sean luz? Ciertamente no para aparecer en el candelero y buscar los primeros lugares, sino como un servicio. Quien está iluminado, no puede generar oscuridad; quien tiene a Jesús, tendrá que ofrecer esa luz. Al mismo tiempo que la ofrece, se llena más de Él. Entre más luz genera, más luz tiene en su corazón. Pero, igual que la sal, también tendrá que arriesgarse para dar luz: la candela se va deshaciendo poco a poco. Quien no quiere dar servicio, no puede ser luz, será fuego que destruye o abraza, reflector que encandila, pero no luz que ilumina. Dos imágenes de Jesús que hoy nos hacen pensar seriamente ¿somos sal? ¿Somos luz?

 







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