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Nueva evangelización y medios de comunicación
Mensaje de Mons. John Foley en el que propone crear una estrategia eclesial común en materia de comunicación.


Por: S.E.R. Mons. John P. Foley, Presidente del P.C.C.S | Fuente: .



NUEVA EVANGELIZACION Y MEDIOS DE COMUNICACION

  S.E.R. Mons. John P. Foley, Presidente del P.C.C.S.
Elementos del discurso en la Reunión de la Nea 2000
Santo Domingo
23 al 26 octubre 2000


En esta ocasión el encuentro de la “Nueva Evangelización 2000” desea centrar su mirada sobre la comunicación social, y más precisamente, desea abrir caminos para una estrategia eclesial común en materia de comunicaciones que, inspirándose en el documento “Ecclesia in America” tenga un respiro verdaderamente continental.

  No me detendré en subrayar la importancia que hoy tienen los medios de comunicación social, potenciados y multiplicados por las nuevas tecnologías. Esto lo sabemos todos, tanto es así que nos esforzamos cotidianamente en aprovechar todas las ventajas de esos medios para difundir la Buena Noticia de Jesucristo. Sabemos también que es el propio Magisterio Pontificio el que, desde hace décadas, se esfuerza en sensibilizar a toda la Iglesia para que responda adecuadamente a los desafíos de este tiempo. Es nuestro deber, pues, caminar hacia adelante con creatividad y fe intrépida en la acción del Espíritu Santo, que es el protagonista de la Nueva Evangelización.

Los Medios, entre luces y sombras
  El primer paso hacia una estrategia realista y eficaz consiste en conocer el contexto en que nos movemos. Sin pretender agotar los rasgos de la cultura mediática actual, desearía señalar algunas de sus características más significativas.

  Creo que no necesito reafirmar que “la Iglesia asume los medios de comunicación social con una actitud fundamentalmente positiva y estimulante. (...) Considera que estos instrumentos son grandes dones de Dios y verdaderos signos de los tiempos” (Etica en las comunicaciones sociales, 4). Los Medios nos ofrecen un amplio campo de acción y son útiles auxiliares para llegar más lejos y en menor tiempo a más personas, llevándoles un mensaje de fe, de dignidad personal y de auténtica felicidad.

  Pero el panorama a nuestro alrededor es cada vez más complejo, de modo que no podemos recurrir a estrategias unilaterales o parciales. La presencia aquí de todos nosotros demuestra que comprendemos cuán poco sirven hoy las figuras solitarias que brillan y se extinguen en un fulgurante aislamiento. Deseamos abrir cauces de colaboración, formar redes, actuar en forma coordinada e interdisciplinar. El uso de los medios de comunicación social exige unidad de pensamiento y de esfuerzo en el respeto por la pluralidad de carismas que la Iglesia posee. Nadie puede permitirse el lujo de rechazar la aportación de los otros sin correr el riesgo de ser más pobre. La colaboración de todos en este campo es, si cabe, más necesaria y más urgente que nunca. La eclesiología de comunión, impulsada por el Concilio Vaticano II, se anticipó a los tiempos que vivimos abriendo caminos para hablar con acierto a este mundo de la globalización.

No solo un negocio
  - Por otra parte, los Medios son considerados y usados, cada vez más, como un negocio. Si bien el aspecto lucrativo de la comunicación social ha estado presente desde sus orígenes -tanto en la prensa escrita como en la radio y la televisión- nunca como ahora la noticia y los contenidos se han considerado pura y llanamente como mercancías. Las exigencias del “rating” se imponen, con frecuencia, sobre la vocación de servicio en los periodistas, sobre la exigencia de fidelidad a la verdad y de respeto a códigos deontológicos más o menos explícitos. Respuestas como “Esto es un negocio, y tenemos que vender” se usan para justificar la difusión de materiales escandalosos, violentos, pornográficos y de mal gusto. Las armas del llamado “cuarto poder” se inclinan, más que al análisis serio de las situaciones, al chantaje de políticos y famosos a través de la difusión de su vida privada.

  Esta realidad no debe desanimarnos de proclamar la obligación que tienen los Medios de ejercer con responsabilidad, y dentro de un marco ético, la comunicación social; pero debemos estar conscientes de las presiones que a veces sufren por parte de sus empresas los periodistas que ven su tarea como un servicio a la verdad y al bien .

Estrategias de protección
  - Otro elemento que se ha acentuado en los últimos años es la accesibilidad de los materiales más nocivos a niños y jóvenes de cualquier edad. Se podría argumentar que la pornografía y otras publicaciones dañinas siempre estuvieron al alcance de las nuevas generaciones, a escondidas de sus padres y profesores. Pero la informática es un mundo mucho más inmediato y de más fácil manejo para los menores que para los adultos de hoy. Los formatos son variados: desde videojuegos con alta carga de violencia, hasta los reales peligros presentes en Internet. Ante estos fenómenos la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos se ha dirigido a las familias para aconsejarles estrategias de protección de sus niños en el uso de Internet. Este es un capítulo sobre el cual la Iglesia debe seguir animando a familias y escuelas a trabajar en diversos niveles: no sólo a través de programas informáticos de protección, sino también con el diálogo y compañía a los pequeños, así como la educación para ser críticos y selectivos por sí mismos. No olvidemos que “los comunicadores profesionales no son los únicos que tienen deberes éticos. También las audiencias –los usuarios- tienen obligaciones” (Etica en las comunicaciones sociales, 25).

  Desearía recordar aquí que no son las nuevas tecnologías ni la comunicación social en sí mismas las responsables de estos fenómenos. Lo es el mal uso que se hace de ellas y la falta de una normativa que se adecue a la nueva fisonomía del mundo.

Ante la polarización del continente
  - Otro aspecto a considerar es una gran tendencia, señalada por el CELAM en diversos estudios socioeconómicos: la polarización del continente entre los ricos, cada vez menos numerosos, y los empobrecidos que son muchos millones. Esta división puede ser acentuada también por el uso, o no, de las nuevas tecnologías y el acceso a la información. La Iglesia en el continente está emprendiendo la tarea de hacer llegar los beneficios de las nuevas tecnologías hasta las comunidades más alejadas y desprovistas, a través de proyectos como la Red Informática de la Iglesia en América Latina (RIIAL). Multiplicar los usuarios del correo electrónico allá donde no hay bibliotecas ni material evangelizador, para que puedan recibir subsidios para la pastoral, es uno de los compromisos más esforzados de la RIIAL y que los Episcopados de América Latina están emprendiendo con ímpetu en muchos países. Nos corresponde animar la creatividad y el entusiasmo de muchos jóvenes católicos que están dispuestos a dedicar tiempo, conocimientos y esfuerzos, a esta nueva forma de ser misioneros del Evangelio.

Sentido religioso
  - El mundo de los Medios, incluso el de Internet, lejos de ignorar el sentido religioso que late en toda persona, ha incorporado todo tipo de mensajes que pretenden responder a esa sed de espiritualidad y de sentido que no ha desaparecido en las personas de hoy. Sólo que, como indicaba el Cardenal Razinger durante la presentación del documento “Dominus Iésus”, nos encontramos en la era del “pensamiento débil”. En este contexto la superstición se equipara con la fe y el esoterismo con la liturgia. Es un caldo de cultivo de confusión cultural que facilita el proselitismo de sectas y agrupaciones pseudo-religiosas que logran una difusión sin precedentes.

Acción de la Iglesia en el nuevo milenio
  El panorama descrito arriba pudiera provocar cierta desazón. No obstante, para quien sabe “leer” esos y otros posibles aspectos negativos de la comunicación social, tales sombras definen amplios terrenos libres; se nos ofrece un vasto campo para construir. El Evangelio -nuestra única posible clave de lectura de la realidad-, nos empuja a la acción esperanzada y conlleva para la Iglesia ser valiente y, por expresarlo así, “modélica” en sus iniciativas.

  Uno de los campos libres a los que me refiero es el de los contenidos. Los grandes emporios de la comunicación se plantean la falta de material para llenar los inmensos espacios virtuales que abren las nuevas tecnologías, los cientos de canales televisivos disponibles, etc. En este sentido aún persisten en la Iglesia algunas resistencias a dar el paso de expresarse cuando es interpelada, a ser creativa productora de los contenidos en los que es millonaria, aunque aún deba perfeccionarse en los nuevos lenguajes del mundo actual.. Conviene romper esa inercia de silencio que sólo nos aleja del ciudadano de a pie.

Debemos estar presentes
Pero, al menos en las intenciones, en este momento podemos ya hablar de un consenso eclesial respecto al hecho de que debemos estar presentes en múltiples formas dentro del panorama mediático. Una de ellas es la de contar con medios propios. Son muchos los que la Iglesia tiene ya y que trabajan con creatividad y buen nivel profesional. En esto debemos insistir: la buena voluntad no basta. Nuestro desempeño debe ser de tal calidad que pueda competir –al menos en inteligencia- con los medios comerciales. Si nuestros medios viven su propia originalidad y los parámetros que su identidad les fija, ello les hará visibles en el conjunto de la comunicación social. Entre estos medios eclesiales existirán siempre, claro está, diversos estilos, modelos y carismas, garantía de que alcancen a los distintos públicos que forman la sociedad.

Con mayor calidad
Pero no es suficiente esa forma de presencia para hacer escuchar la voz de la Iglesia ante la opinión pública. Aún tenemos que lograr más espacios, y de mayor calidad, en los medios masivos. Esto puede lograrse no sólo cuando la Iglesia sabe ser noticia y fuente de noticias, sino también cuando actúa como referencia para comprender la realidad, como fuente de valores para dar prioridad a unos aspectos y desechar lo que no sirve. Dicho de otro modo, la Iglesia puede actuar como agencia de sentido para transformar el bombardeo de informaciones en verdadero conocimiento o sabiduría que sirva para vivir plenamente. Si la Iglesia, por ejemplo, es capaz de ofrecer colaboraciones editoriales, análisis de la realidad o comentarios de fondo a los medios comerciales, estará haciendo un gran favor a la sociedad. En cambio, la ausencia de los criterios de Cristo en los grandes medios hará que grandes sectores sociales sigan viviendo en una gran confusión, ignorando tantos contenidos que podemos ofrecerles y que sin duda ayudarían a saciar su sed de sentido.

Relaciones públicas
Tampoco hemos de descuidar las relaciones públicas y la atención a los periodistas, en particular aquéllos que cubren las noticias religiosas. Con frecuencia un trato humano y acogedor hacia estos profesionales, así como el conocimiento y la valoración de su trabajo, pueden ser mucho más eficaces para la difusión del mensaje eclesial que la sola expedición de noticias en forma impersonal.

Sin estereotipos
  A manera de pinceladas mencionaré algunos estereotipos que solemos tener por verdaderos y que esconden aspectos fundamentales de la realidad.

  - Existe, por ejemplo, un tópico según el cual la Iglesia “llega tarde” a los adelantos de la ciencia y la tecnología. Esta convicción provoca una constante sensación de prisa y hasta casi complejos de inferioridad en creyentes desprevenidos. Es cierto que en cada momento histórico la Iglesia ha tomado ciertas precauciones antes de aceptar ciegamente algunas innovaciones que provenían del mundo científico y tecnológico. Pero en los aspectos más hondos de la vida humana la Iglesia no “responde” a los desafíos de la cultura, es ella quien los plantea. O lo que es lo mismo: la Iglesia no va a remolque de las invenciones del mundo. No debe verse a sí misma como quien responde constantemente a provocaciones. La Iglesia contiene en sí misma una tal carga de novedad y de futuro, que es una auténtica locomotora del desarrollo humano, e interpela al hombre de todos los tiempos. Ha sido y es pionera en numerosos aspectos de la convivencia humana, del arte, de la propia ciencia, de la educación. ¡También en el de las comunicaciones sociales! Recordemos que el primer libro impreso por Gutemberg fue la Biblia; y la primera radio pública del mundo fue la Radio Vaticana, instalada por el propio Marconi. La Santa Sede fue asimismo uno de los firmantes del acuerdo que dio inicio al consorcio internacional Intelsat, la primera red intercontinental para la comunicación vía satélite.

Pero la Iglesia es pionera, sobre todo, porque es depositaria del Misterio de Aquél que vino para renovar al ser humano en su integridad. Esta convicción no debe llevarnos al orgullo o una especie de petulante lucha por el prestigio o el poder. La Iglesia desea seguir los pasos de su Maestro que vino a servir, e invitaba al abnegado amor al prójimo hasta entregar la propia vida si es el caso. Sabemos que “llevamos este tesoro en vasijas de barro” (2Cor 4,7). Pero esto no significa vivir en clave de eterna “reacción” a los estímulos, tantas veces contradictorios e inconexos, que la sociedad genera. Nos corresponde construir el mundo nuevo, aún en pequeño, modestamente, como el grano de mostaza o como la levadura en la masa, pero que guarda en sí toda la potencia de la acción de Dios en el mundo.

- Otro lugar común en el que suele caerse, es pensar que la era tecnológica lo más importante es tener lo último en tecnología . Es obvio que debemos procurar estar al día en el “know how” y conocer las tendencias innovativas en ese campo. Pero demos a la tecnología su justo valor y no más del que tiene. Ya no somos aprendices. ¡Hemos visto cómo algunas iniciativas de comunicación, dotadas de lo último en tecnología, han muerto por falta de personal capacitado y por falta de contenidos!. Así pues, el éxito de un proyecto no está garantizado por la sofisticación tecnológica en sí misma. La Iglesia está desarrollando una acertada “cultura de uso” de las herramientas técnicas, sin dejarse “encantar” por ellas, sino utilizándolas bien, seleccionando sólo aquello que responde a unas verdaderas necesidades pastorales. La Iglesia no desprecia ni teme a la tecnología, pues ésta no está reñida con la pobreza; la conoce, y elige la adecuada sin tampoco abandonarse a la fascinación por lo nuevo en una carrera sin fin.

  - Nos queda, por otra parte, una tarea pendiente: usar los nuevos lenguajes de la cultura multimediática. No basta con que pongamos la riqueza de los textos eclesiales en Internet, incluso en muchos idiomas: aún tenemos que “traducirlos” al lenguaje de la imagen, de la música, del videojuego. El temor a “reducir” los contenidos de la fe podría darse en un grupo que tuviera otra Historia; pero no en la Iglesia, que se ha expresado plásticamente durante muchos siglos, animando a los artistas de todo tipo para que manifiesten los misterios del Dios hecho Hombre en mil formas diversas. Tales antecedentes no pueden sino animarnos a seguir adelante en ese camino de comunicación con nuestros contemporáneos.

- Insistamos, finalmente, en la necesidad de formar humana y profesionalmente a nuestros comunicadores. La calidad profesional incluye conocimientos, habilidades, ejercicio responsable y espíritu de entrega. Un gran periodista, creador de una de las agencias de noticias más relevantes del panorama actual, repite con frecuencia que la clave del triunfo de su agencia son las personas que la componen. ¡Las personas!, tan despreciadas por una sociedad que pone su esperanza en las cosas y en el dinero, son la fuerza de la Iglesia, que no cesa de proclamar la dignidad de cada ser humano. Así, ofreciendo espacios de crecimiento y valoración a las personas, éstas darán de sí mucho más y con mayor amor en el vasto campo de los medios de comunicación social.

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