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La formulación del dogma cristológico
Desarrollo del dogma cristológico: Jesus Dios y hombre verdadero


Por: n/a | Fuente: Mercaba.org



  1. Evolución doctrinal del siglo II al IV.

En este periodo se afirmó la perfecta divinidad y humanidad de Cristo, deduciendo de ello consecuencias de capital importancia; la escolástica, en la que principalmente se atendió a la sistematización de la cristología y finalmente, el periodo contemporáneo, caracterizado por un retorno más asíduo a las fuentes bíblicas, patrísticas y litúrgicas, y por una estimulante confrontación con la cultura moderna.

En el periodo de tiempo del que ahora nos ocupamos hemos de señalar fundamentalmente por su importancia, la enseñanza cristológica de los Padres de la antigüedad, de la controversia arriana, que condujo al concilio de Nicea, y de los primeros intentos de explicación del misterio de la unión de la humanidad y de la divinidad de Cristo.

I/ Evolución doctrinal antes de Nicea.

La evolución cristológica del periodo preniceno está orientada toda ella a afirmar la doble naturaleza: humana y divina de Jesús, es decir, a sostener que es verdaderamente hombre y verdaderamente Dios. De hecho en el siglo II se observa la aparición de errores doctrinales que negaban , bien la divinidad de Cristo, bien la realidad de su humanidad. Pudiéndose citar en tal sentido:

  • Ebionismo. herejía que presenta a Cristo como mero hombre, aunque ve en él un gran profeta, rechazando la trascendencia de su persona.
  • Adopcionismo. Ve en Jesús un hombre moralmente unido a Dios, o sea un hombre divinizado; se habría convertido en hijo adoptivo de Dios.
  • Docetismo. que niega la verdadera humanidad de Cristo (en la encarnación el Hijo habría asumido un cuerpo aparente) ya que para esta herejía era absolutamente inconcebible que Dios pudiese nacer, padecer y morir.

Los principales defensores de la fe de la Iglesia frente a estas herejías fueron Ignacio de Antioquía e Ireneo de Lyón, defendiendo principalmente la necesidad de que el Salvador fuese Dios, ya que el hombre no puede aproximarse a Dios si Dios no se acerca a él; pero también que fuese hombre, para ejercer su misión de mediador, para la salvación de los creyentes.



En el siglo III comienzan a difundirse otros errores como el subordinacionismo y el modalismo, que aunque son herejías trinitarias, tienen notables repercusiones cristológicas, pues terminan negando respectivamente la perfecta divinidad de Cristo y la encarnación del Verbo. Enfrentándose a dichos errores, principalmente Tertuliano y Orígenes

Ii/ La cristología arriana y la defensa del dogma.

La doctrina de Arrio (s. IV) se examina en el contexto trinitario, porque al sostener que el Hijo no es Dios sino una criatura, niega de hecho la realidad de un Dios en tres personas. Sin embargo, la herejía arriana tiene tambien aspectos cristológicos importantes.

Según Arrio, el Hijo es una criatura; no es engendrado desde la eternidad por el Padre y no es de la misma sustancia que el Padre. Según esta cristología, el Verbo -que no es Dios, sino un demiurgo- se encarnó en un hombre, Jesucristo, el cual, sin embargo, es una "carne sin alma", o a lo sumo, posee un alma humana no racional. Luego en Cristo falta el alma intelectiva humana, que es suplida por el Verbo. Por tanto este, "en su estado de encarnación, es en sentido estricto sujeto de la condición humana, de las pasiones y de las debilidades del espíritu humano. Se encontraba reducido al rango de un alma humana y desempeñaba propiamente su función en Cristo".

Habiendo asumido el Verbo sólo una carne o un cuerpo humano, se puede hablar de una especie de monofisismo ante litteram. En realidad, en esta perspectiva el Verbo encarnado no asumió una naturaleza humana, y en él sólo está presente la naturaleza creada que le es propia (que no es la divina). Por eso, la negación de un alma humana en Cristo por los arrianos es la raíz profunda de la que brotará tanto la herejía de Apolinar como la de Eutiques.



En el Concilio de Nicea (325) se condenó la doctrina trinitaria de Arrio, limitándose Nicea a enseñar que, por nuestra salvación, el Verbp "se encarnó y se hizo hombre".

Defensores de la fe de la Iglesia contra la herejía arriana fueron Eustaquio de Antioquía y S. Atanasio.

  • La doctrina de Apolinar.

Apolinar, obispo de Laodicea, recoge sustancialmente las afirmaciones arrianas, pero intentando a la vez salvaguardar la consustancialidad proclamada en Nicea. El resultado de su investigación es una especie de monofisismo, que será puntualmente condenado. Si bien hay que reconocerle el mérito de haber planteado con claridad el problema de la unión de lo divino y de lo humano en Cristo, allanando el camino a las profundizaciones del siglo siguiente.

El punto central de la cristología apolinarista es la negación de un alma humana racional en Cristo. Siguiendo una concepción antropológica tricotomista, hay que afirmar en él tres componentes: un cuerpo y una psique humanos, y un alma racional, que es el Verbo mismo.

Las expresiones de Apolinar: una sola naturaleza, una sola hipóstasis, una sola persona, una sola sustancia, un solo sujeto, se convertirán en patrimonio común y servirán de gran ayuda para la formulación del dogma.

Más por desgracia, en la cristología apolinarista están ya presentes en ciernes también los errores que afligirán a la Iglesia durante los siglos siguientes, concretamente el monofisismo, el monotelismo y el monergetismo.

Iv/ Reacciones contra el apolinarismo.

  • El Sínodo de Alejandría (362). se declara que "el Salvador no tuvo un cuerpo sin alma, sin sentidos, sin espíritu; y ello porque no es el cuerpo solamente, sino también el alma la que en el Verbo ha sido salvada".
  • Concilio de Roma (377). condenó el apolinarismo, recogiendo el argumento soteriológico, afirmando que el hombre entero ha sido asumido por el Verbo. Condena que se reiteró en el Concilio Constantinopolitano I (381) y en el Tomus Damasi (382).

También acometieron la defensa de la fe contra el apolinarismo, autores como Gregorio Nacianceno y Gregorio de Nisa, Teodoro de Mopsuestia, y S. Agustín.

En conclusión, a finales del S.IV la cristología se encuentra en punto muerto, ya que el problema del modo de unión de las dos naturalezas de Cristo está claramente planteado, pero la solución apolinarista, que niega la realidad del alma humana en Cristo, es rechazada en nombre del principio soteriológico; la solución que habla de dos naturalezas mezcladas entre sí resulta insuficiente; sin embargo, tampoco el intento de solución que afirma en Cristo la presencia de dos naturalezas unidas en una sola persona, parece por ahora ir más allá de la pura formulación verbal.

 

  1. El dogma cristológico: Efeso y Calcedonia.

 

El S. V se caracteriza por el enfrentamiento y el choque entre dos orientaciones cristológicas opuestas: la antioquena y la alejandrina, y por el intento de conseguir un acuerdo en una doctrina tan importante para la unidad de la Iglesia como la de la unión de la realidad humana y de la divina en Jesucristo.

El devenir de los primeros decenios del siglo hizo que estas orientaciones se radicalizaran hasta el punto de que el debate teológico terminó en un choque entre Nestorio, obispo de Constantinopla, y Cirilo, patriarca de Alejandría, alineados en frentes opuestos, fueron sus principales protagonistas. El desenlace de la controversia debía venir por una solución capaz de conjugar los aspectos positivos de la cristología alejandrina y de la antioquena. Ello se realizará por fin, no sin ciertas consecuencias, en el Concilio de Calcedonia.

Ambas posiciones podemos referirlas según el siguiente esquema:

  • La del Logossarx, al concentrar su atención en el Verbo como sujeto del hombre Dios, descuida la importancia del alma humana de Jesús y, en general, de su humanidad.
  • La del Logosanthropos, en cambio, ilustra la plena realidad de la humanidad de Cristo, pero muestra algunos titubeos al afirmar el puesto central del Verbo como sujeto de la actividad divina.

Por su parte, abordada la cuestión en el Concilio de Efeso (431), lamentablemente no se dio en este una definición dogmática sobre la unión de las naturalezas de Cristo, de lo que se seguirán diversos equívocos, que harán necesarias las definiciones del Concilio de Calcedonia

En el Concilio de Calcedonia (451), después de una larga elaboración, llegó a una formulación dogmática que terminó estableciendo un acuerdo cristológico en la Iglesia. Se articula en tres partes:

  • Proemio. se enumeran los errores condenados por el concilio (nestoriano, apolinarista, y el de Eutiques).
  • Definición. en la cual se profesa la fe "en un solo y mismo Hijo, nuestro Señor Jesucristo". En él están presentes las dos naturalezas, la divina y la humana; exponiéndose seguidamente la misma enseñanza completada de Nicea: "Cristo es consustancial al Padre según la divinidad y consustancial a nosotros según la humanidad". Presentando el misterio del Verbo encarnado. Enseña que Cristo existe "en dos naturalezas que confluyen en una sola persona y en una sola hipóstasis".
  • Sanción. de condena para el que sostenga doctrinas diversas de la conciliar.

En conclusión, el alcance de la definición calcedonense puede expresarse en los siguientes términos: "Cristo es una hypósthasis, un prósopon, en dos naturalezas", significa según el sentido, que "Jesucristo, el Hijo del Padre hecho hombre, es una existencia concreta, un sujeto concreto, en la indivisa e inconfusa realidad de dos naturalezas perfectas". Con esta definición conciliar, la Iglesia poseía finalmente una formulación unívoca de la dualidad de Cristo, Dios y hombre, y de la unidad perfecta de su persona.

 

  1. Reacciones: Constantinopla II y III.

 

En los siglos VI y VII surgen problemas cristológicos nuevos y se inicia el debate que llevará a su solución. Así está siempre presente la cuestión de la unidad de la naturaleza humana y divina de Cristo, la de la terminología idónea para expresarla, y sobre todo como controversia se desarrolla coherentemente al tocar el tema del conocimiento humano de Cristo, el de su doble voluntad y actividad. Dos concilios jalonan este dificil camino: el Constantinopolitano II y el III, con el que prácticamente concluirá un debate cristológico ya secular.

  • El Concilio Constantinopolitano II (553) resalta el contenido de sus cánones V, VI, y VII que se distancian de la interpretación de los nestorianos, y el VIII rechaza la de los seguidores de Eutiques. Profundizándose a partir del mismo en el concepto teológico de persona en Cristo, destacando las aportaciones de Leoncio de Jerusalén, Máximo el Confesor, Severino Boecio y Rústico.

- El Concilio Constantinopolitano III (681) aborda dos temáticas relativas a la psicología de Cristo: la amplitud de su conocimiento humano, y la presencia en él de dos voluntades (la divina y la humana). Así pues, cierra la crisis monotelita, subraya que las dos voluntades de Cristo no son contrarias, y que la humana está sujeta a su voluntad divina y omnipotente. Concluyendo que tiene dos naturalezas que resplandecen en su única persona (hypóstasis, sustancia). Profesando dos voluntades y dos operaciones propias de la naturaleza, que adecuadamente concurren a la salvación de la humanidad. Con lo que así termina el período de las grandes controversias cristológicas. Si bien, los problemas no están definitivamente resueltos; pero en la Iglesia se ha encontrado ya una formulación común que servirá de plataforma para ulteriores profundizaciones

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