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Cómo entender a los nietos adolescentes


Lo más importante: Amarlos no es algo que se les debe dar como premio por la buena conducta.


Fuente: Catholic.net



Pretender abarcar el significado y los retos de la adolescencia en un artículo es una tarea imposible. Es más, cuando hablamos del rol de un abuelo cuando tiene que relacionarse con un nieto que está viviendo esa etapa, definir pautas es más complicado ya que habría que analizar cada circunstancia, cada relación, a cada ser humano.
 

Sin embargo, lo que sí podemos hacer es dar cuatro ideas generales sobre esta etapa de la vida, que invite a los abuelos de adolescentes a reflexionar y a investigar un poco más sobre lo que implica acompañar a un ser humano en este momento en el que se pone en juego algo tan importante como avanzar hacia la autonomía responsable, poner bases sólidas para la adultez psicológica y la adaptación social.

1.- La adolescencia no es un capítulo de reality

Hay una idea que, debido a la proliferación de contenidos mediáticos, pareciera que es universal: la crisis de la adolescencia es una etapa terrible en la que los que viven junto a los adolescentes deben tener escudos y lanzas listos para poder superarla. Eso no es cierto. La adolescencia no se manifiesta, necesariamente, en rebeldía cuasi delincuencial y demencial. Esos jóvenes perdidos que se ven en televisión, que llegan hasta agredir físicamente a los padres, son eso: casos sensacionalistas para la pantalla que no llegan al 15% de los adolescentes en general.

Es más, normalmente este tipo de conducta tiene correlación directa con problemas familiares más estructurales que no son tema de este post. Si se ha hecho un buen trabajo en formar a los chicos desde la infancia, lo más probable es que se tenga un adolescente viviendo su crisis de crecimiento y cuestionamientos personales sin sangre ni rejas. Considerar la adolescencia como una crisis con tintes patológicos sólo hará que se interpreten todas las conductas del nieto como algo negativo y generará una actitud defensiva por parte de los abuelos. La adolescencia sí es una crisis, pero de camino a la madurez, a ser mayores.



2.- Los adultos son los guías de montaña, no los montañistas

La adolescencia es un proceso de construcción personal. Esto quiere decir que nadie puede suplir el protagonismo del adolescente en esta etapa. Si bien los padres, principalmente, son artífices de la educación de sus hijos, los abuelos también pueden ayudar a ser una autoridad para ellos. Aquí nos referimos a autoridad de la misma manera que cuando decimos: “El doctor López es una ‘autoridad’ en pediatría”. Es decir, cuando confiamos plenamente en el criterio del doctor López para que trate a un niño. No porque López grita o impone, sino porque demuestra con su quehacer profesional que es competente.

En el caso de los abuelos, entendemos la autoridad como esa competencia que poseen para conducir a sus nietos a la madurez. Y para lograr esto no se puede esperar resultados a corto plazo ni vivir por los nietos. El rol de un abuelo es ser guía. “El guía de montaña no camina por los excursionistas, son ellos los que deben caminar hasta llegar al destino. Tampoco el guía puede quedarse en el refugio y decirles a los excursionistas que sigan sus indicaciones. El guía y los excursionistas caminan juntos, la diferencia es que éste tiene más experiencia que los otros”, dice Bárbara Sotomayor y Alberto Masó en su libro “Padres que dejan huella”

3.- La adolescencia y el tsunami afectivo

Si algo caracteriza a la adolescencia es el desborde afectivo que suele descuadrar a los adultos. Y no es para menos. El chico empieza a experimentar cambios físicos en la pubertad que luego se trasladan hasta la intimidad, generando crisis de personalidad, para terminar, si se hizo un buen recorrido desde el inicio, en una etapa de equilibrio y entusiasmo por la vida.
   Todo esto en un periodo de aproximadamente 10 años. En ese “tour de montañista” aparecen respuestas exageradas, gritos, portazos, llantos e ira que revolucionan la hasta entonces tan pacífica convivencia. Esta avalancha de emociones también se puede manifestar en retraimiento, incomunicación y abatimiento. O ensoñación.

Sea como sea, lo importante es saber que el adolescente no se ha vuelto loco ni lo ha poseído un ente desconocido que suplantó al tierno niño que teníamos hasta hace poco. Antes de llamar al exorcista del barrio, es más recomendable tratar de entenderlo, aceptarlo y saber guiarlo (acompañarlo, ayudarlo).

Para lograr esto, es responsabilidad de todo abuelo o formador informarse y buscar ayuda para dar los pasos certeros como guías, creando un ambiente que favorezca la adaptación del chico. Literatura sobre el tema, hay de sobra. Personas calificadas para dar consejo, también. Lo que no se debe hacer es pasar por alto esta etapa sin saber cómo actuar. Prevenir es mejor que lamentar.

4.-En la familia se ama por ser

En la familia se ama permanentemente por ser, por existir, sin importar el rol social o profesional. No es un amor condicionado. Es en la familia donde uno entra libremente y con confianza, dejando todas las máscaras afuera, porque dentro del hogar ya no son necesarias.

Y es con ese amor con el que se debe amar a los nietos adolescentes, a pesar de sus gritos, malcriadeces o crisis existenciales. Porque no se trata sólo de aceptarlos y por eso amarlos con resignación. Es algo más grande: es sólo a través de un amor incondicional —sin abandonar la firmeza y la exigencia— que ellos van a lograr ese gran paso de la infancia a la adultez de manera armoniosa, sintiéndose seguros de sí mismos, con una autoestima saludable y con ilusión por el futuro. Amarlos no es algo que se les debe dar como premio por la buena conducta

Al contrario. Sólo con un amor sereno y maduro por parte de sus padres y de sus abuelos es que ellos aprenderán, también, a amar de manera madura, completa e incondicional a sí mismos y a su prójimo. Algo, sin duda, imprescindible para alcanzar la verdadera felicidad.
                                                 

                                                





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