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El que recibe al que yo envío, me recibe a mí
Reflexión del evangelio de la misa del Jueves 11 de Mayo de 2017

Servir a los demás pero viendo en ellos el rostro de Jesús es la misión del discípulo.


Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo de la Diócesis de Irapuato |



Hechos 13, 13-25: “Del linaje de David Dios hizo nacer un Salvador”
Salmo 88: “Proclamaré sin cesar la misericordia del Señor. Aleluya”
San Juan 13, 16-20: “El que recibe al que yo envío, me recibe a mí”

 

En un Jueves Santo tuve la oportunidad de celebrar la Eucaristía de la Cena del Señor en un reclusorio. Aunque alguna vez lo había pensado, casi nunca había tenido la oportunidad de palpar tan de cerca la presencia de Jesús en la cárcel. Miraba los rostros de aquellos hombres y mujeres que trataban de disimular su tristeza pero que siempre una sombra de dolor y una mueca de nostalgia asoman a sus rostros. ¿Cómo estaría Jesús en la cárcel el jueves Santo? ¿A cuál de estos presos se asemejaría? Aunque todos se dicen inocentes, cuesta trabajo descubrir el rostro de Jesús a través de ellos. Cuando íbamos a hacer la ceremonia del lavatorio de los pies, pedimos que algunos de ellos  pudieran representar a los discípulos para que se les lavaran los pies. Con dificultad logramos completar el número. Pero cuando me acercaba al primero y más anciano de ellos, y me incliné para lavar sus pies, se sonrojó, y se oponía enérgicamente. No había entendido lo que se le pedía y creía más bien que él debía lavar los pies. A duras penas logramos convencerlo y aceptó recibir el signo. ¿Será más fácil lavar los pies o dejarse lavar por otro? Me quedé pensando que ambas situaciones puede resultar conflictivas, pues si es difícil ponerse como servidor de otro, también lo es manifestar la suciedad, la podredumbre y lo negativo de nuestra persona para ella lo sane. El pasaje de este día, está tomado de esa escena y Cristo aprovecha este signo para pedir a sus discípulos que sean verdaderos servidores porque en esto encontrarán la dicha. Servir a los demás pero viendo en ellos el rostro de Jesús es la misión del discípulo. Dejarse lavar, limpiar y purificar, será la tarea primera que nos levante y nos anime. Para ambas se requiere mucha sencillez y mucha humildad, pero ambas son señal del cristiano. Que aprendamos a vivir sirviendo, y a servir dejándonos amar, limpiar y levantar por Jesús.

 





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