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Inmanencia de Dios y transcendencia del hombre en Las Confesionesde San Agustín
Reflexiones sobre un aspecto del humanismo cristiano

El deseo de lo absoluto y la unión con lo divino de los antiguos pensadores y poetas, se hace real en el hombre cristiano


Por: Bruno Do Spirito Santo, L.C. | Fuente: Revista In Formarse / Información y Cultura humanista No.56



Cumbre y gloria de la cultura clásica son los elevados ideales de su humanismo: «Muchas cosas hay portentosas, pero ninguna tan portentosa como el hombre» (Sófocles, Antígona, v. 332), y el hombre clásico ha alcanzado su grandeza cuando ha tocado con su cabeza el sublime vértice de lo divino (Horatius, Carmina I, 1, v. 36: Sublimi feriam sidera vertice).

 

Lo que el hombre clásico deseaba con un no sé qué de júbilo y de melancolía, lo que anhelaba con la mente y con el espíritu, lo que buscaba en el arte, en la sabiduría, en el amor; todo eso que para el hombre antiguo era un impulso y una proyección de su ser, el humanismo cristiano lo encuentra, lo realiza y lo abraza. El deseo de lo absoluto y la unión con lo divino de los antiguos pensadores y poetas, se hace real en el hombre cristiano, «en efecto también nosotros somos de su estirpe» (Arato, Fenómenos 5, en Hch17, 28).

 

La literatura cristiana, que persiste a lo largo del tiempo y en el espacio, ha tenido también ella su período clásico y, si de definir se trata, su «siglo de oro» coincide con la época de las lenguas clásicas. En cuanto a la forma, en nada es inferior al clasicismo antiguo; en cuanto al contenido y a la realidad que representa, lo supera infinitamente. En materia de transcendencia, pues, ¿quién hay entre los griegos o entre los romanos que la dibuje, que la describa de un modo más sublime y perfecto que Plotino?



 

En efecto, en el capítulo VI del primer libro de las Enéadas el filósofo alejandrino conduce al lector, a través de las bellezas materiales, hasta la cumbre invisible de la belleza divina, mientras en el libro quinto habla del Logos.

 

Es aquí cuando cierto joven de corazón inquieto, de cuna cristiana y cuya fe él había bebido con la leche materna (cf. Conf. III, 4, 8), cansado de errar por diversas sectas materialistas, por fin comienza a elevar la mirada de su alma hacia lo invisible. Tal fue Agustín de Hipona. Para superar el materialismo de la secta maniquea y transcender lo sensible, Agustín se encontró con los escritos del neoplatonismo, como él mismo narra: «Me procuraste, por medio de un hombre hinchado con descomunal soberbia, ciertos libros de los platónicos, traducidos del griego al latín. Y en ellos leí —no ciertamente con estas palabras, pero sí sustancialmente lo mismo, apoyado con muchas y diversas razones— que en el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y Dios era el Verbo» (Conf. VII, 9, 13). Era la primavera del 386 d.C. Posiblemente, este «hombre hinchado con descomunal soberbia» debe ser identificado con Manlio Teodoro, cónsul en el 399, que Agustín había conocido durante su estancia en Milán y a quien él había alabado como a un gran intelectual cristiano en el prólogo de su diálogo De beata vita. Con todo, la lectura de los platónicos le fue a Agustín insuficiente para transcender, aunque su alma estaba ya sanada y preparadas estaban las subidas en su corazón (cf. Sal. 83, 6), que lo acompañarán toda la vida.

 



Para que el encuentro se diera y para que el hombre pudiera elevarse de las cosas materiales hasta lo más sublime era necesario que Dios mismo se hiciera su auxilio (cf. Sal. 29, 11), como él mismo nos lo narra: «La humildad de nuestro Señor Dios, que descendió hasta nuestra soberbia» (Conf. I, 9, 17). La grandeza del humanismo cristiano consiste precisamente en que, lo que no alcanzaron los filósofos griegos y lo que los antiguos saludaron desde lejos (cf. Heb. 11, 13), en el cristiano se realizó de un modo más excelente de lo previsto por la pluma de tales escritores y poetas.

 

El hombre cristiano transciende, porque Dios descendió hasta lo íntimo del hombre para elevarlo, y Agustín lo expresa por medio de esta elocuente y vigorosa antítesis por la cual la humildad, que está en lo alto, baja hasta la soberbia que está abajo. Por eso, la transcendencia del hombre cristiano no se da a través de prácticas ascéticas o a través de preceptos morales, sino que se trata de un intercambio de ser: lo eterno aparece en el tiempo para que el hombre temporal entre en la eternidad; lo infinito llena lo finito para elevarlo; lo transcendente se hace inmanente al hombre para que el hombre transcienda todo lo creado. No se trata de un esfuerzo moral o ascético, sino que es Dios quien diviniza al hombre: «Contienes todas las cosas, puesto que las que llenas las llenas conteniéndolas» (Conf., I, 3, 3).

 

El hombre así transformado contiene en su interior todo lo que necesita para su felicidad. «Omnia mecum porto mea», dijo otrora Bías de Priene (Cicero, Paradoxa stoicorum I, 8) y, en efecto, el hombre es capaz de transcendencia, porque lo infinito se hizo inmanente al hombre para divinizarlo. De este modo, Agustín desarrolla toda una doctrina de la interioridad: «Omni luce clarior, sed omni secreto interior; omni honore sublimior, sed non sublimibus in se» (Conf. IX, 1). Por eso, el empeño principal debe ser buscar a tal lugar de refugio: «Yo caminaba por tinieblas y resbaladeros y te buscaba fuera de mí, y no te hallaba, ¡oh Dios de mi corazón!, y había venido a dar en lo profundo del mar, y desconfiaba y desesperaba de encontrar la verdad» (Conf. VI, 1). Quien busca transcender, tiene ya una semilla de transcendencia en su interior: «¿Y dónde estaba yo cuando te buscaba? Tú estabas, ciertamente, delante de mí, mas yo me había apartado de mí mismo y no me encontraba. ¿Cuánto menos a ti?» (Conf. V, 2, 2).

 

La experiencia de encontrarse en la propia interioridad e ir más allá de uno mismo lleva al encuentro del amor. Sólo el amor saca al hombre fuera de sí y lo hace transcender a sí mismo. Es la experiencia del eros de Platón que conduce al éxtasis en el sentido griego de la palabra: estar fuera de sí. Se pierden los sentidos del cuerpo, o más bien, se saborea el amor con unos sentidos diversos de aquellos del cuerpo: «Amo una especie de luz, de voz, y de fragancia y de alimento y de caricia, cuando amo a mi Dios, que es luz, voz, fragancia, alimento y caricia del hombre mío interior, donde resplandece a mi alma lo que el espacio no contiene; resuena lo que no arrebata consigo el tiempo; exhala sus perfumes lo que no se lleva el viento; saborea lo que no se consume comiendo, y donde la unión es tan firme que no la disuelve el hastío. Esto es lo que amo cuando amo a mi Dios» (Conf. X, 6, 8). Así, es evidente que el hombre es un ser-para- la-transcendencia, pero ahora, debemos preguntarnos, ¿transcender hasta qué punto? ¿Cuándo puedo dejar la búsqueda y reposar?

 

En esto consiste la gran paradoja del hombre: de un lado su deseo de amor infinito lo empuja a amar infinitamente, pero de otro, su limitación no lo permite abarcar todo lo infinito. Es aquí cuando entra en juego el papel del arca de la memoria memoriae thesaurus: «¿Qué amo, pues, cuando yo amo a mi Dios? ¿Y quién es él sino el que está sobre la cabeza de mi alma? Por mi alma misma subiré, pues, a él. Trascenderé esta energía (vis) mía por la que estoy unido al cuerpo y llena su organismo de vida, pues no encuentro en ella a mi Dios [...]. Y entro en los campos y anchos palacios de la memoria, donde están los tesoros de innumerables imágenes de toda clase de cosas acarreadas por los sentidos» (Conf. X, 7, 12. 8, 13).

 

Es el eros que el hombre cristiano recibió y fue derramado en su corazón que le hace salir de sí mismo y transcender hacia lo divino. Para Agustín, no se puede no amar, porque somos hechos por amor y la existencia humana se mueve hacia donde le arrastra su amor: Amor meus, pondus meum (cf. Conf. XIII, 9, 10).

 

La miseria del hombre no es no amar –lo que no se da en ningún sitio– sino amar mal, amar de forma desordenada.

 

Según Agustín, el verdadero amor que nos lleva fuera de nosotros mismos tiene un orden que es en sí mismo también amable. El ordo amoris desempeña un papel fundamental en los escritos del Hiponense, «porque menos te ama quien ama algo contigo y no lo ama por ti» (Conf. X, 29, 40).  El eros cristiano aportó al mundo tal novedad de vida en el orden del amor a punto de conducir a la humanidad a su cumbre más sublime: «¿A quién hablaré yo y cómo le hablaré del peso de la concupiscencia que nos arrastra hacia el abrupto abismo, y de la elevación de la caridad por tu Espíritu, que se cernía sobre las aguas? ¿A quién hablaré y cómo hablaré? Porque aquí no se trata de lugares donde somos sumergidos o emergidos. ¿Qué cosa más semejante y más desemejante a la vez? Se trata de afectos, se trata de amores. De un lado, la inmundicia de nuestro espíritu corriendo a lo más ínfimo por amor de los afanes; y de otro, tu santidad elevándonos a lo más alto por amor de la seguridad, para que tengamos nuestros corazones arriba hacia ti, allí donde tu Espíritu se cierne sobre las aguas, y de este modo vengamos al descanso sobreeminente» (Conf. XIII, 7, 8). El hombre quiere transcender, pues él es pesado y fastidioso a sí mismo. Él siente que, por sí solo, tiende al abismo y lo más bajo, aunque desee las alturas del cielo.

 

El hombre, todo hombre, quiere transcender, pero pocos quieren ordenar su amor. Por eso, es importante la buena voluntad. Quien lo hace, experimenta inmediatamente lo que Agustín afirma: «Las cosas menos ordenadas se hallan inquietas: se ordenan y descansan. Mi peso es mi amor, él me lleva doquiera que soy llevado. Tu Don nos enciende y por él somos llevados hacia arriba: nos enardecemos y caminamos; subimos las ascensiones dispuestas en nuestro corazón y cantamos el Cántico de las gradas o subidas. Con tu fuego, sí; con tu fuego santo nos enardecemos y caminamos, porque caminamos para arriba, hacia la paz de Jerusalén, porque me he deleitado de las cosas que aquéllos me dijeron: Iremos a la casa del Señor. Allí nos colocará la buena voluntad, para que no queramos más que permanecer eternamente allí» (Conf . XIII, 9, 10).

 

 



• Revista In Formarse, número 56, marzo 2017



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