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El fundamento del valor
La voluntad es la columna vertebral del carácter: en el plano humano, una persona vale lo que vale su voluntad


Por: Thomas Williams | Fuente: .



¿Recuerdas el cuento del águila que creció en un corral de gallinas? En una ocasión, alguien encontró un huevo de águila y lo colocó en una jaula de gallinas para ver si alguna de ellas lo empollaba. Cuando nació, el aguilucho se adaptó rápidamente a la vida del corral, comportándose como una gallina.

Un día, otra águila, que la vio en el corral con las gallinas, decidió bajar a conversar con ella: «¿Qué estás haciendo aquí con el pico en el cieno? Tú estás hecha para empresas más altas: encumbrarte por los cielos, ser experta cazadora, contemplar la tierra desde muy, muy alto». La convenció de que por lo menos lo intentara. Hizo que la observara despegar y aterrizar, y le invitó a probar la capacidad de sus propias alas. De este modo, el águila del corral aprendió a volar.

La moraleja de este cuento es muy sencilla: la altura que alcancemos en la vida depende de nuestros ideales y del empleo que hagamos de nuestro potencial. Para marcarse metas es preciso ante todo saber de qué se es capaz. De este modo, conocer nuestra naturaleza será de gran ayuda para fijar los valores que nos son propios.

Hemos dicho que un valor es un bien reconocido y apreciado. Pero ¿cómo descubrir lo que es verdaderamente bueno para un hombre? Para llegar a la raíz de los valores humanos necesitamos dejar de lado las idiosincrasias personales y enfocar nuestra atención en la naturaleza que los hombres tienen en común. Sólo así podremos encontrar los bienes universales de la humanidad.

Llamamos «bien» a aquello que mejora o perfecciona algo. Para nosotros, una cosa es buena si nos convierte en mejores personas. Esto puede ocurrir de dos maneras: por convenir a nuestra naturaleza, o por convenir al propósito o fin que tenemos en la vida. Es decir, una cosa es buena para mí según lo que soy cuando me ayuda a ser más perfectamente lo que se supone que soy; pero también puede ser buena para mí según para qué soy, cuando me ayuda a alcanzar el fin de mi existencia. Esta distinción nos permitirá descubrir la infraestructura de los valores humanos.


Naturaleza



Todos sabemos que un motor de combustión interna no funciona bien con leche, mientras que un gatito sí. Ello se debe a que tienen constituciones o naturalezas fundamentalmente diferentes. Para un árbol es bueno que lo poden, lo rieguen y lo abonen con estiércol, debido a su naturaleza. Sin embargo, no todas las criaturas se beneficiarían si se les amputaran sus miembros, y muchas se resistirían a ser anegadas en estiércol. Necesitamos primero descubrir qué es un determinado ser para poder determinar lo que es bueno para él.

La naturaleza de algo es sencillamente lo que eso es. Los seres humanos, a pesar de nuestras numerosas diferencias, compartimos una naturaleza común. Tenemos algunas características que nos identifican como personas humanas y nos distinguen de todas las demás criaturas. Por ejemplo, tú podrás ser mucho más inteligente que yo, pero ambos tenemos un intelecto. Los geranios no tienen intelecto. Tú y yo somos realizaciones concretas, individuales y distintas de la naturaleza humana. Así pues, la naturaleza no excluye la individualidad. Cada persona es en verdad única, individual y no tiene precio. Y, sin embargo, cada una es, ante todo, un ser humano.

Hay algunas características especiales de nuestra naturaleza que nos separan radicalmente del resto de la creación. Estos rasgos nos llevarán a descubrir el cimiento de nuestros valores humanos comunes. Pero antes de examinarlos con detalle, consideremos la otra dimensión del bien.


Finalidad u objetivo



Ciertas cosas son buenas para nosotros porque nos ayudan a alcanzar nuestro fin u objetivo. Si acertamos a descubrir a dónde vamos como hombres, cuál es nuestro objetivo, podremos entonces saber qué es bueno para nosotros en este sentido.

Puedes observarlo fácilmente cuando se trata de tus metas personales y podemos aplicar este mismo principio al hombre en general. En este contexto, no hay que atender tanto a las metas individuales, sino al objetivo y destino universal de todos los hombres. Una vez más, conviene recordar que cada uno de nosotros tiene un destino y objetivo específico y único en la vida. Al mismo tiempo, todos tenemos un objetivo común que deriva de nuestra naturaleza común. Los valores verdaderos nos ayudan a alcanzar este objetivo.


El Fundamento de los valores



El ser humano es un misterio todos intentamos descubrir de algún modo. ¿Qué es el hombre? ¿Quién soy yo? Este interés no nace de una simple curiosidad académica; ni siquiera de un legítimo deseo de conocer más sobre nosotros mismos. Lo que aquí nos interesa es la base objetiva de los valores humanos. Cuando hablamos de valores, la clave para descubrir nuestro verdadero bien consiste en examinar nuestra naturaleza humana. No podemos soñar en descubrir lo que es bueno para el hombre hasta que no hayamos afrontado el problema de quién es el hombre.

Un rápido paseo a través de la historia, nos maravilla ante la nobleza y la miseria del hombre y puede dejarnos pasmados de asombro. ¿Es posible que José Stalin, san Francisco de Asís, Nerón y la madre Teresa de Calcuta pertenezcan todos a la misma especie humana?

¿Dónde podemos buscar una respuesta al enigma del hombre? Disponemos de dos fuentes principales para conocer lo que somos: la experiencia y la revelación divina. La experiencia es una observación continua y un contacto de primera mano con nosotros mismos y con los demás. La naturaleza del hombre se manifiesta a través de sus acciones, habilidades y tendencias espontáneas. Gracias a nuestra inteligencia podemos reflexionar sobre ellas y descubrir datos muy significativos.

Al mismo tiempo, hay muchos secretos y misterios que van más allá de nuestra experiencia, pero que conocemos por el don de la revelación divina. El misterio de la persona se nos descubre en Jesucristo. La revelación es como un «manual del divino diseñador». Dios, que nos conoce por dentro y por fuera, no ha querido dejarnos en la oscuridad; nos manifiesta lo que somos y hacia dónde vamos; nos brinda la clave de lectura del plan divino y nos da las «instrucciones y reglas de mantenimiento» para llevarlo a cabo. Ha sido un gesto muy noble de su parte, pues muchos enigmas que nos atañen profundamente -como la muerte, el sufrimiento y el sentido final de la vida- escapan a la simple observación.


¿Quién es el hombre?



Si nos atenemos a estas dos fuentes -la experiencia y la revelación-, podemos distinguir cuatro características fundamentales de nuestra naturaleza humana. Éstas nos dan ya una imagen clara de lo que somos en el corazón mismo de nuestro ser:
1) Somos creaturas
2) hechas a imagen y semejanza de Dios (racionales y libres)
3) compuestas de cuerpo y alma
4) con una naturaleza herida por el pecado original.

Ante todo, somos creaturas. No imaginemos con este término ese repugnante lagarto verde que salía de una laguna negra para agredir a gente inocente. Una «creatura» es, simplemente, lo que ha sido creado.

El hecho de que seamos creaturas lleva consigo algunas conclusiones muy interesantes. Para empezar, nuestra vida depende de Aquél que nos introdujo en la existencia y que nos mantiene en ella. Y esto lo compartimos con toda creatura: piedras, minerales, arbustos, peces, cometas y ángeles. No surgimos de nosotros mismos, sino de Dios.

En segundo lugar, el hombre es racional y libre. Hay aquí algo inédito en toda la creación: hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. Somos, más que ninguna otra creatura, un reflejo de Dios. Es cierto que no siempre actuamos racionalmente, pero por naturaleza tenemos la capacidad para pensar y conocer. Somos seres racionales. Esta cualidad es, de hecho, la que nos asemeja a Dios y nos separa del mundo de los demás seres vivientes. Nos otorga, además, la dignidad de personas. Yo no soy un «algo», sino un «alguien».

Porque somos racionales, somos también libres. Esta cualidad, que nos abre un horizonte infinito de posibilidades y nos confiere una dignidad especial por encima de todas las creaturas no racionales, deriva de la dimensión espiritual de nuestra naturaleza. Reflexionamos, ponderamos, deliberamos y actuamos. Planeamos y programamos para el futuro. La libertad no es sólo un valor en sí mismo, sino también la condición necesaria para entrar en el mundo de los valores. Porque somos libres, somos capaces de reconocer los valores y de luchar por ellos voluntariamente.

En tercer lugar, somos personas compuestas de cuerpo y alma. No se trata de dos partes distintas unidas artificialmente, sino de dos dimensiones inseparables de nuestra naturaleza unitaria. Somos una unidad. Tú y yo no tenemos un cuerpo y un alma; sino que somos cuerpo y alma.

Gracias a esta dualidad presente en nuestra naturaleza, echamos raíces tanto en el mundo material como en el mundo espiritual. Tenemos algunas cosas en común con las plantas y con los animales; en otras cosas nos parecemos más bien a los ángeles. Esto es muy importante porque nos permite entender que el hombre es algo más que materia orgánica. Por lo mismo, nuestros valores tendrán que ir más allá de lo que es bueno para el cuerpo o placentero para nuestros sentidos.

Por último, nuestra naturaleza ha sido dañada, inclinada al mal por el pecado original. Por experiencia sabemos que hay una cierta división dentro de nosotros. Así se explica por qué a menudo nos resulta tan difícil hacer lo que debemos, aunque sepamos que es nuestro deber. Con frecuencia nuestro cuerpo nos sugiere algo, pero nuestra razón propone exactamente lo contrario. No resulta fácil hacer lo que se debe en cada momento; tenemos que luchar duro para vencer y dominar nuestras tendencias.

Esta grieta interna en el núcleo más profundo de nuestro ser es otro aspecto clave de nuestra naturaleza, que arroja luz para comprender el origen de muchas de nuestras dificultades. Al entender esto descubrimos, además, que uno de los más grandes valores consiste en reconquistar la armonía de nuestro ser. Tenemos que señorear y organizar nuestras facultades según una recta jerarquía.

Estas cuatro características de la naturaleza humana nos ofrecen la llave para entender lo que nos conviene como personas creadas a imagen y semejanza de Dios, dotadas de inteligencia y de libre voluntad, de cuerpo y alma, y heridas en nuestra naturaleza por el pecado. Esta descripción, sin embargo, es aún parcial. Debemos todavía examinar la otra dimensión de nuestro ser: nuestra finalidad o destino.


El significado de la vida



La vida está llena de sentido. Los mil y un episodios que componen nuestra existencia encajan unos con otros en un cuadro más amplio. La vida no es una serie inconexa de experiencias y sensaciones, sino una trama; la vida no es un episodio estático, sino un viaje. ¿Por qué estamos aquí? ¿Hacia dónde vamos? Podemos ofrecer tres respuestas que están relacionadas entre sí.

1. Conocer y amar a Dios: para eso estamos aquí; éste es el sentido y la finalidad de nuestra vida sobre la tierra. Esto no es una actividad más junto a otras, sino el marco y la motivación de fondo de todo lo que hacemos.

2. Somos mortales. Todos y cada uno de nosotros morirá algún día. Sin incurrir en pensamientos obsesivos, como los que gustaban a Edgar Allan Poe y a Stephen King, hemos de reconocer que la muerte es algo real, importante y digno de consideración. Nuestra visión de la muerte condicionará mucho nuestra visión de la vida y, por consiguiente, nuestra visión sobre el verdadero bien del hombre. Si la muerte fuese el fin absoluto de nuestra existencia, la vida sería un absurdo.

Por fortuna, la muerte no tiene la última palabra; sólo abre la compuerta que lleva a la nueva vida. Fuimos creados para una felicidad eterna, inalcanzable en esta vida; junto a ella, la dicha terrena no es más que un reflejo, un entremés, un parpadeo.

3. El juicio final es la última característica de nuestro destino humano. La muerte no es la última palabra, pero tampoco es cierto que la vida terrenal y la vida eterna son dos hechos inconexos. Nuestra vida terrena afecta e incluso decide nuestro destino eterno. Cada acto, cada buen o mal ejemplo, cada palabra tiene consecuencias eternas. Somos responsables de nuestras opciones, y un día rendiremos cuenta de ellas. Jesús asemeja el cielo a una recompensa, y el infierno a un castigo.

El hecho de considerar que después de la muerte nos aguarda el juicio final, nos ofrece todavía más material para desentrañar nuestro fin último. Nuestro verdadero bien, aquí y ahora, es aquello que podamos considerar como bueno en vista de la eternidad.


Mantener el orden



Además de examinar las características esenciales de nuestra naturaleza y de nuestro destino, conviene hacer un inventario de las herramientas que tenemos a mano para conseguir nuestras metas, es decir, nuestras cualidades, talentos y capacidades. Este inventario de nuestro mundo interior será una magnífica ayuda en nuestro proyecto de forjarnos como hombres y mujeres de sólidos valores.

¿Qué instrumentos tenemos a disposición para alcanzar nuestros objetivos? Nosotros, que estamos compuestos de cuerpo material y alma espiritual, poseemos ciertos poderes o facultades. Una facultad es simplemente una capacidad para llevar a cabo un determinado tipo de acción.

No todas las facultades están en el mismo nivel. Puesto que somos una unidad, todas nuestras facultades trabajan juntas y todas son importantes, pero guardando cierto orden.


Las pasiones



Un primer elemento que conviene tomar en cuenta son nuestras pasiones. Ellas nos impulsan a la acción como el viento hincha las velas y empuja la barca hacia adelante. Algunas veces los vientos son fuertes como un huracán e impulsan la barca con increíble vigor. Otras veces son suaves y permiten que el velero avance con serenidad.

Ocurre con cierta frecuencia que el viento no sopla en la misma dirección en la que nosotros queremos ir. Esto significa que mientras algunas pasiones son positivas, otras pueden arrastrarnos fuera de ruta y obligarnos a avanzar en una dirección diferente de la planeada.

Las pasiones son tendencias naturales que tienen una fuerza especial para impulsarnos hacia algo o alejarnos de algo. En sí mismas no son buenas ni malas, como el viento tampoco lo es. Todo depende de la ayuda o del impedimento que ellas nos ofrezcan en nuestro viaje. Hay pasiones corporales, como el deseo sexual, el apetito y el instinto de conservación; y pasiones del espíritu, como el amor, el odio, la ambición, el temor, el orgullo, la envidia y la ira.

Algunos psicólogos dicen que no es saludable controlar nuestras pasiones; que nos sentiremos mejor si les damos rienda suelta. Pero es precisamente en el dominio de la razón sobre el instinto donde manifestamos nuestra superioridad sobre los animales y alcanzamos nuestra verdadera dignidad. Encauzar nuestras pasiones no es lo mismo que reprimirlas. Si siento hambre a la 1.00 de la tarde es inútil tratar de convencerme de que no la siento. Sería, en cambio, un ejercicio muy provechoso continuar trabajando una hora más, hasta el momento de la comida, en lugar de levantarme del escritorio y buscar instintivamente el refrigerador más cercano. Es preciso que enlacemos bien nuestras pasiones y las dirijamos hacia nuestras metas.


Sentimientos



Los sentimientos son una segunda fuerza que actúa en nosotros, que puede compararse con la corriente del mar. La corriente también puede ser favorable o desfavorable. Algunas veces es una corriente cruzada o empuja nuestra barca hacia peligrosos escollos. Otras veces va en la misma dirección de nuestro objetivo y añade un feliz impulso en el rumbo correcto.

Los sentimientos actúan del mismo modo. Algunas veces sentimos que estamos haciendo lo que debemos. Otras veces nuestros sentimientos obstaculizan el logro de los objetivos. Los sentimientos son reacciones personales, puramente subjetivas, espontáneas y psicológicas ante ciertos estímulos. Puesto que se trata de reacciones, son ciegos, pasivos y fuera de nuestro control. No está en nosotros el sentirnos felices o tristes, alegres o deprimidos.

Al hablar de sentimientos es importante no perder de vista que son irracionales: no siempre corresponden a nuestro verdadero bien. Por lo mismo, a veces será necesario ir contra ellos. Si el capitán permite que su velero sea arrastrado por la corriente, seguramente está en camino de naufragar.


Tipos de personalidad



Hay que considerar un tercer factor: nuestro tipo de personalidad, que es una dimensión del carácter con que hemos nacido. El tipo de personalidad -o temperamento- es como el modelo del barco en que navegamos. Existen canoas, piraguas y pequeños veleros, y también grandes embarcaciones como los cargueros y los trasatlánticos. Unas naves son ligeras y fáciles de maniobrar, como el catamarán. Otras son lentas, pero más estables, seguras y duraderas.

Nuestro temperamento es la suma total de nuestras disposiciones y tendencias naturales. Algunas personas son optimistas, extrovertidas, francas y sinceras por naturaleza. Otras son más introvertidas, pensativas y sentimentales. Algunos individuos son activos, otros son pasivos. Algunos tienden a ser más emotivos; otros menos.

Lo importante aquí consiste en que cada uno se conozca a sí mismo y sepa cómo sacar el mayor provecho posible de su temperamento. Formamos nuestro carácter a partir de este material «en bruto». El capitán debe tomar en cuenta el tipo de embarcación que está dirigiendo, sus peculiaridades, sus desventajas y puntos fuertes. De este modo podrá llegar a su destino con mayor probabilidad.


Inteligencia



Estos tres elementos -pasiones, sentimientos y temperamento- forman parte de nuestra naturaleza corporal. Pero tenemos también dos facultades espirituales: nuestra inteligencia y nuestra voluntad. Estas dos facultades entran en acción cuando se trata de buscar nuestros valores; la inteligencia reconoce lo que es bueno y la voluntad lo escoge. El objeto de la inteligencia es la verdad, la realidad de las cosas. La inteligencia realiza esta tarea por medio de la reflexión, el razonamiento, la contemplación, el análisis y la síntesis.

«Todos los hombres desean conocer», decía Aristóteles. Nos interesa espontáneamente conocer cómo son las cosas, y por qué son de esa manera. Nuestra inteligencia jamás se satisface plenamente, sino que siempre tiende a más, al infinito.

La inteligencia es como el capitán del barco, que analiza la ruta que lleva la nave y da instrucciones al timonel. El capitán no trabaja solo, sino que se ayuda del vigía (los cinco sentidos), la brújula (la conciencia), los mapas y las cartas de navegación (fe).

El vigía es el ojo del barco e informa al capitán sobre la presencia de rocas, aguas poco profundas, arrecifes, tormentas y tierra. Él está muy alerta a las situaciones cambiantes. De modo similar, la persona recibe información del mundo exterior a través de sus cinco sentidos: vista, olfato, gusto, tacto y oído.

La brújula del barco señala al capitán el verdadero norte, de forma que pueda corregir la dirección. Así también, gracias a la conciencia, nuestra vida sigue el rumbo correcto y cuenta con una guía segura.

Todo capitán dispone de cartas de navegación y mapas para conocer con certeza lo que aún no ha aparecido en el horizonte. Hay escollos que no se ven a simple vista, estrechos peligrosos, atajos aprovechables. De forma semejante, la fe nos ofrece certezas que sobrepasan nuestra experiencia o las limitaciones del conocimiento empírico.


Voluntad



El último integrante de nuestro barco es el timonel. En fin de cuentas, él determina la dirección del barco. Esta tarea corresponde a la voluntad. Incluso cuando hay vientos contrarios, olas y corrientes, un buen timonel mantiene el barco en ruta y encauza las demás fuerzas hacia el destino escogido.

En el plano humano, una persona vale lo que vale su voluntad. La voluntad es la columna vertebral del carácter. Las personas de carácter se distinguen por su fuerza de voluntad. Si pensamos en los grandes protagonistas de la historia, incluso en los grandes hombres y mujeres de nuestro tiempo, encontraremos la fuerza de voluntad como elemento clave de su personalidad.

Ha habido grandes líderes y grandes santos que no han sobresalido por su inteligencia (recordemos al Cura de Ars), pero jamás los ha habido sin fuerza de voluntad. Se puede decir que una persona es más persona en la medida en que su inteligencia y su voluntad tienen el dominio sobre las tendencias más bajas. Nuestras pasiones nos llevan, nuestros sentidos nos ofrecen información, pero depende sólo de nuestra fuerza de voluntad el actuar como personas libres o no.

Tras este breve repaso «en cápsula» de nuestras facultades y de algunas de las fuerzas que intervienen en cada uno de nosotros, hay que añadir que el ordenarlas adecuadamente es un valor fundamental para toda persona. Tal como ocurre en los equipos deportivos, donde el éxito depende de la coordinación y del apoyo mutuo entre los miembros, así también la persona necesita coordinar estas fuerzas para poder alcanzar la madurez y alcanzar los más altos valores en su vida.

Esto exige tomar en cuenta todas las dimensiones de nuestra naturaleza humana: comprender lo que somos y para qué hemos sido creados. Sólo así podremos escoger buenos valores -aquéllos que nos ayudarán en nuestro proyecto vital.

De las diversas cualidades ya mencionadas, hay una que destaca por su particular importancia cuando se habla de valores: la libertad humana. Para buscar buenos valores, optar por ellos y vivirlos con coherencia, se requiere la libertad.

Es tan importante y, con frecuencia, tan descuidado este punto, que bien merece que le dediquemos más atención en "La libertad y los valores".


Este artículo es un extracto del capítulo del mismo nombre. Puedes leerlo en el libro"Costruyendo sobre roca firme"
 

 




 
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