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Dostoievski: Un autor para todos los tiempos
Moscovita de nacimiento, Dostoievski se ha consolidado en el imaginario de los lectores y de los no lectores como un referente obligado

Reflexiones sobre el humanismo a partir de la novela El idiota


Por: José Antonio Forzán Gómez | Fuente: Catholic.net



Pensar, seleccionar y hablar sobre el mítico libro total resulta una tarea compleja. Ningún buen lector puede decir con precisión qué obra debe ser la que podría llevarse a una isla desierta o con la cual le gustaría quedarse si tuviera que deshacerse de toda su biblioteca.

Los lectores cambian, crecen o decrecen, se preocupan por temas que antes no tenían contemplados o dejan de ser los que antes fueron. Por tanto, cada libro tendría que ser valorado en el acto de lectura preciso. Incluso, ninguna lectura va a ser igual a la otra, aunque sea la misma persona, aunque sea el mismo título.

Desde luego, hay libros que bien valen la pena enlistarse y que nos orientan a identificarlos dentro de nuestro plano existencial. Ya Ítalo Calvino en su magistral Porqué leer a los clásicos nos señalaba todas estas causales y las buenas relaciones con los textos que no morirán jamás.

Corren tiempos en que los libros se vuelven un bien preciado (tanto por el valor económico como por los complejos dilemas morales que buscamos resolver), por lo que  habría que apelar con un mayor ímpetu a los clásicos, a los textos en los cuales la tradición se ha desenvuelto de mejor manera. Un clásico no es sinónimo de obsolescencia. Al contrario, trasciende las épocas porque habla de la profundidad del espíritu humano.

Los autores de los libros clásicos son seres únicos, quienes, entre las miles o decenas de páginas que nos regalan, nos redescubren como seres humanos y nos permiten mirar al otro. Por señalar a uno de los casos más destacados y destacables podemos referir al genial Fiodor Dostoievski.



Moscovita de nacimiento, Dostoievski se ha consolidado en el imaginario de los lectores y de los no lectores como un referente obligado, como una piedra angular del pensamiento universal. Y no es exageración. Citas laudatorias a Dostoievski las encontramos en voces tan disímiles como Frederich Nietzsche o el Papa Francisco. Ambos apuntan a la forma en que Dostoievski nos hace conocer la frágil interioridad del ser humano.

Es difícil saber cuántas páginas se han escrito en relación a su obra, cuántos cursos universitarios, cuántos debates filosóficos. Porque, además de la profundidad de sus textos, Dostoievski era un autor de obras extensas a lo largo de su muy prolongada carrera.

Hombre de contrastes y de sufrimientos, Dostoievski encontró en su vida una fuente de inspiración inmejorable. Condenado a muerte, absuelto al borde del paredón, preso en Siberia, manipulado por su primera esposa, viajante en Europa, ludópata al borde de la quiebra, padre con un hijo muerto, gloria nacional, epiléptico, la dinámica de su biografía impediría resumirla en unas pocas líneas.

Si bien no murió en la opulencia, ya su obra recibía los mejores halagos de sus contemporáneos y de sus sucesores, como el también magistral Tolstoi. Sus títulos monumentales, Crimen y castigo y Los hermanos Karamazov, se han convertido, desde su aparición, en motivos de miles de comentarios.

Por ello, retomar una obra casi olvidada en el parnaso dostoievskiano como lo es El idiota resulta un acto de sorpresa continua. La intención de esta magnífica novela es hacer una síntesis de dos figuras fundamentales en la historia espiritual de la humanidad. La tarea de Dostoievski es llevada a cabo con una precisión inaudita, y más porque lo que buscó fue reunir narrativamente a Jesús y a Don Quijote y hacer que sus pasos sean en el convulso siglo XIX, tan parecido a nuestros tiempos, la opción para la franca transformación social.



Desde luego, no es una ficción de carácter imposible. Es una obra realista que, a partir de un personaje, logra descubrir el sentido que compartían Jesús de Nazareth y el hidalgo caballero fruto de Miguel de Cervantes. Entre las páginas del libro, nos encontramos a un hombre extraordinario, víctima de los prejuicios y de su propia bondad, que es marginado por una sociedad envuelta en la vanidad, el nihilismo, la opulencia, la frivolidad y demás detalles propios de las acciones irreflexivas de cualquier persona común.

Con la locura del Quijote, el príncipe Mishkin defiende sus ideales. Con la capacidad de entrega a los demás, esencial en el cristianismo, es capaz de renuncias inexplicables llegando a hacer de la tragedia el paso previo a cualquier redención. Por ello, es juzgado como un idiota, como un hombre que es incapaz de alcanzar las grandes esferas de lo que hoy conocemos como éxito. Porque es esa sociedad, vacía y corrupta, la que ve en las personas buenas a idiotas, locos y fracasados.

Sin querer entrar en los detalles propios del libro, para no arruinar la sorpresa al lector, podríamos subrayar que en El idiota Dostoievski nos ofrece parte de su genialidad, tan ampliamente comprobada en cada una de sus páginas. Una genialidad que da paso a la novela psicológica y realista pocas veces superada. Cada página envuelve en un estilo trepidante, cada acción de los personajes refleja un poco de nuestro ser y de nuestra necesidad de decidir por el bien, a pesar de que la sociedad precie lo contrario.

Dostoievski es un autor que está en la cúspide de las plumas universales. Son los nombres de un universo luminoso que bien podría conjuntar nombres como los de los autores de la Biblia, las literaturas sagradas asiáticas, Homero, Sófocles, Séneca, Virgilio, Dante, Rebalais, Shakespeare, Cervantes, Quevedo, Sor Juana, Milton, Goethe, Poe, Tolstoi y más recientemente Kafka, Joyce, Saint-Exupéry, Tolkien,  Borges, Paz y un etcétera de fondo más que de extensión. Y esto solo apelando a una especie de canon occidental ampliado.

Aunado a ello, Dostoievski tiene el valor de reconocer la voz del marginado, del excluido, del indefenso. No es solo la voz consagrada por la aristocracia o el remedio para consolidar el bien decir de la burguesía. Su obra le pertenece a todos, pues es el alma humana la que lo habita, independientemente de su adscripción a programas curriculares.

La obra de Dostoieski es necesaria para configurar nuestra existencia cotidiana, para comprender el dolor en este mundo, para entender la búsqueda de Dios y para entender la fragilidad humana que compartimos y que amerita una atención a favor de la unidad.

Si un libro es un amigo en quien confiar, la obra de los clásicos es, parafraseando a Harold Bloom, el templo, la casa, en donde se encuentra la sabiduría. En un tiempo donde se buscan respuestas, Dostoievski tendría más que decirnos que cualquier buscador cibernético, que cualquier sustancia psicotrópica o que cualquier autor de poca monta y mucha venta.

 

Ponencia presentada en el Día del Libro Anáhuac, 30 de marzo de 2017.

El autor es Coordinador del Centro en Doctrina Social de la Iglesia. Facultad de Humanidades, Filosofía y Letras. Universidad Anáhuac México.





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