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Obediencia Interior
La obediencia, entendida como virtud, no es la sumision ciega del esclavo.


Por: Patricia Nieves Acosta | Fuente: Tiempos de Fe, Anio 3 No. 15, Marzo - Abril 2001



La obediencia, acepta, asumiendo como decisiones propias, las de quien tiene y ejerce la autoridad, con tal de que no se opongan a la justicia, y realiza con prontitud lo decidido, actuando con empeño para interpretar fielmente la voluntad del que manda.

La obediencia despierta en algu­nas personas la sensación incómo­da de tener la propia voluntad dominada por el poder de otra.

Al obedecer se piensa que se está sacrificando su propia personalidad, que es la negación de su libertad, de la iniciativa y la creatividad. Y por estas dudas de la justificación de la obediencia algunos padres permiten a sus hijos todo tipo de licencias.

La obediencia, entendida como virtud, no es la sumisión ciega del esclavo. Incluso, si la persona obedeciera exteriormente pero con la rebeldía interior, no habría virtud.

Estrictamente hay virtudes en obedecer cuando se cumple por que se reconoce la autoridad de la persona que manda.



La obediencia, entonces, única­mente tiene sentido en relación con los valores que se aceptan en la propia vida. En los valores inculca­dos desde la niñez, si esos valores han sido puramente materiales, lo más seguro es que se creará una sociedad como la que estamos viviendo ahora, donde todo es per­misible, y los jóvenes quizá, no reco­nozcan la autoridad de los padres o de las autoridades civiles, pero si obedecerán a la moda o a quienes dirijan grupos a los cuales ellos quieran pertenecer.

Los hijos que no aprenden a reco­nocer el valor de la obediencia cuan­do jóvenes, tendrán más dificultades de descubrirla después y de adqui­rirla como un hábito. Por lo tanto la obediencia, como todas las virtudes es para toda la vida.

La capacidad de asumir las deci­siones de otro estará en función del hábito desarrollado anteriormente, en función de haber reconocido a la otra persona como autoridad y por haber reconocido el mandato o la indicación como algo justo y razonable.

Para poder obedecer debemos reconocer la auto­ridad y saber dis­tinguir entre lo que es justo y lo que no lo es.

Existen perso­nas con autoridad y que la ejercen, personas con autoridad y que no la ejercen y personas sin autoridad con­ferida, pero con gran capacidad de influir.

Los padres te­nemos una autoridad conferida por Dios para ser una influencia positiva, para acrecentar en los hijos una autonomía y la responsabilidad. Cuando los padres no ejercen esa autoridad razonablemente es más probable que los hijos no crean necesario obedecerlos ni a ellos ni a ninguna otra autoridad.

Y por desgracia nos encontramos con personas que nadie les ha dado autoridad pero que tienen una gran capacidad para influir en los demás y a veces nos dejamos llevar por ellas sin darnos cuenta de que no son mas que manipuladores, pues influyen en nosotros con medias verdades, con información falsa pero muy bien presentada.

La persona tiene autoridad real cuando protege y hace vivir a los demás valores que valen la pena.

Por lo tanto, la obediencia es una parte potencial de la virtud de la jus­ticia que debemos practicar, por que los padres y las autoridades tienen el derecho a ser obedecidos, para luego cumplir por amor y por el sentido profundo del deber.

Como virtud cris­tiana, obedecer a la autoridad legítima es tanto como obe­decer a Dios. Y no existe un motivo superior para cumplir bien. El motivo es la certeza que mediante la obediencia no podemos equivocarnos, el que manda puede equivo­carse, el que obedece no, con tal de que cumpla con algo que no se oponga a la justicia.

Obedecer en la fe es someterse libremente a la palabra escuchada, porque su verdad está garantizada por Dios, la verdad misma. Por esta obediencia Abraham, es el modelo que nos propone la Sagrada Escri­tura. La Virgen María es su realiza­ción más perfecta.





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