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No es el tiempo el que cura las heridas
Si el tiempo lo curara todo, no tendríamos que preocuparnos por nuestras heridas, pues sabríamos que muy pronto se borrarían y dejarían de doler


Por: Maleni Grider | Fuente: www.somosrc.mx



"Sáname, oh Señor, y seré sanado; sálvame y seré salvo, porque tú eres mi alabanza". Jeremías 17:14

"He aquí, yo le traeré salud y sanidad; los sanaré y les revelaré abundancia de paz y de verdad".

Jeremías 33:6

 

Todos hemos oído la frase “el tiempo todo lo cura”. Y quizá la mayoría de las personas consideran esto verdad, pero si el tiempo lo curara todo, no tendríamos que preocuparnos por nuestras heridas, pues sabríamos que muy pronto se borrarían y dejarían de doler; los psicólogos y psiquiatras no tendrían pacientes, los consultorios médicos estarían más vacíos y no habría necesidad de dar consejería a nadie.



 

En primer lugar, podemos asegurar que en la vida emocional no hay tiempo ni espacio, todo ocurre en un ámbito invisible y permanente. Nos toca a nosotros identificar, atender y trabajar en nuestras emociones. Las experiencias que vivimos, buenas y malas, se quedan en la memoria de nuestra alma, y nos provocan diversas consecuencias.

 

"...viven atrapados en sus problemas..."

Si el tiempo lo curara todo, no existirían los traumas, las enfermedades mentales, las adicciones, los resentimientos, la amargura ni la depresión. O existirían de manera pasajera, luego se disolverían y ¡adiós al problema! Sin embargo, muchos creyentes viven atrapados en sus problemas financieros, familiares, laborales, psicológicos, emocionales, físicos, etcétera. Esto se debe a que han dejado germinar la raíz de la amargura dentro de sí mismos. El resentimiento y la decepción los hacen olvidarse de todo lo bueno que han recibido de Dios y de otras personas.



 

Reflexionemos: el tiempo no borra las heridas, de hecho, en muchísimos casos, las intensifica o empeora. No podemos esperar a que el tiempo borre nuestras heridas, porque esto no sucederá. Creerlo provoca resignación, y la resignación produce apatía, vulnerabilidad. Empezamos entonces a vivir la victimización, a veces por muchos años o para siempre, y no vemos nunca el milagro de la sanidad en nuestra vida.

 

"...nos harán libres a través de la verdad..."

La única forma pronta y segura de sanar interiormente es por medio de la Palabra de Dios, la unción del Espíritu Santo y la fe en Jesucristo, que nos harán libres a través de la verdad (Juan 8:31-36). Él es el verdadero sanador, médico, psicólogo, amigo, consejero. Pero debemos recordar que vivir en el Espíritu implica plena confianza, sacrificio, disciplina, entrega. Si Dios nos libera interiormente es necesario llenarnos de su presencia para que el pasado ya no tenga poder sobre nosotros y el dolor no vuelva.

 

La pasividad, la falta de perdón, son una carnada para el enemigo. Abrimos la puerta a las fuerzas del mal y podemos desarrollar disfunciones, comportamientos, actitudes o decisiones autodestructivas. Asimismo, la falta de perdón es desobediencia a Dios. Fe y amor son aniquilados cuando no perdonamos a otros. Dios no puede perdonarnos y sanarnos si decidimos no perdonar.

 

"...la guía necesaria y perfecta..."

Ahora bien, el perdonar debe incluirnos a nosotros mismos. La culpabilidad es una de las trampas más tóxicas para nuestra vida. La Palabra de Dios es viva, meditar en ella nos ayuda a desarrollar los frutos del Espíritu en nuestro corazón, nos transforma, nos moldea y nos provee la guía necesaria y perfecta para superar toda atadura.

 

La sanidad espiritual no sustituye el hecho de que debamos crucificar nuestra carnalidad. Jesús nos explicó que debemos negarnos a nosotros mismos (es decir, nuestro ego) todos los días de nuestra vida. Podemos volver a recordar ciertos dolores, o experimentar nuevas ofensas, pero si queremos permanecer en paz y cerca de Dios, el perdón tiene que ser un estilo de vida para nosotros, un ejercicio diario, una convicción profunda, una decisión firme y permanente.

 

La amargura es un veneno progresivo, expansivo e invasivo. Va tomando terreno y se va arraigando de tal manera en nosotros que en determinado momento contamina todas nuestras acciones, además de que no podemos reconocerla, pero sí sufrir su devastación. La amargura proviene de las heridas que otros nos han hecho, o de las malas experiencias que hemos vivido. Pero, nada se cura con el tiempo, Dios quiere intervenir y ayudarnos a superar todo dolor profundo, toda pérdida… ¡y restaurarnos por completo!





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