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Manuel López Álvarez y 2 comapañeros, Beatos
Mártires, 20 de agosto


Por: n/a | Fuente: diocesisalmeria.es



Un Sacerdote y Dos Laicos, Mártires

Beato José Álvarez-Benavides y de la Torre y 114 compañeros asesinados por «odio a la fe» entre 1936 y 1939, en diversos lugares de Almería, España.

Fecha de beatificación: 25 de marzo de 2017, durante el pontificado de S.S. Francisco.

Breve Biografía

Manuel López Álvarez

Nacido en el mismo pueblo que Gonzalico, el célebre niño mártir de las Alpujarras, fue bautizado en la Iglesia Parroquial del Cristo de la Luz el mismo día de su nacimiento. Sus padres, humildes labriegos, lo enviaron al Seminario de Gracia de Granada y fue ordenado presbítero el dieciséis de julio de 1905.

Como Párroco de Alcolea, tuvo que hacer frente a violentas ofensivas laicistas. En una ocasión tuvo que pasar toda la noche en el templo, pues habían amenazado con prenderle fuego durante las celebraciones del ejercicio de las flores a la Santísima Virgen. Dos meses antes de su martirio, mientras oficiaba un responso ante el ataúd de una joven, lo encañonaron con una escopeta.



Obligado a marcharse por la Persecución Religiosa, al atravesar el puente dijo: «¡Adiós Alcolea!» y bendijo al pueblo. Se refugió en casa de unos amigos en Picena y, cuando se dirigía a Granada con otros dos presbíteros, un ataque al corazón detuvo su marcha. Doña Isabel Fernández, antigua feligresa, narraba así lo ocurrido: «Se encaminó solo y lentamente a un cortijo que aparecía a lo lejos con una luz en la puerta. Era tan bueno y sencillo que no ocultó su condición de sacerdote a los que allí estaban. Éstos resultaron ser espías rojos y llamaron a gente de Berja que lo apresó.»

En la madrugada del veinte de agosto, junto a ocho prisioneros, fue arrojado a un camión y conducido al cementerio de Berja. Al negarse a bajar del vehículo, allí mismo fue tiroteado. Arrastrado hasta la fosa, advirtieron que aún vivía y musitaba: «¡Ay Dios mío!». Con el azadón del sepulturero machacaron su cráneo y alcanzó el martirio a sus cincuenta y cinco años de edad.

Enrique Rodríguez Tortosa

Nació a la vida cristiana en la Iglesia Parroquial de Santiago de su pueblo natal (Terque, Almería). Su tía Araceli se encargó de su crianza por su pronta orfandad. Honrado y humilde obrero, fue un ejemplo para todo el pueblo por su pureza de vida.

Verdaderamente piadoso y asiduo al culto litúrgico, siempre estaba dispuesto a prestar su ayuda ante cualquier necesidad. Comprometido con su fe cristiana, se afilió a la juventud de Acción Católica para encauzar su afán apostólico.



El veinte de agosto de 1936, durante la Persecución Religiosa, unos milicianos los abordaron en la plaza del pueblo junto al siervo de Dios don José Tapia Díaz. Los amenazaron con matarlos sí no blasfemaban y, como se negaron resueltamente, los arrestaron en una camioneta hasta la cuesta de la rambla de Gérgal. El Siervo de Dios contaba con veintisiete años de edad.

De esta manera narraba el párroco de Terque, don Antonio Martínez Caparrós, lo referido al martirio del Siervo de Dios: «Los milicianos, al regresar de darle muerte, dijeron que habían muerto diciendo “¡Viva Cristo Rey¡”. El día anterior a su muerte, fue a Íllar, donde estaba don Francisco González Garrido, párroco de Terque, para confesarse, pues decía que presentía su muerte. Dicen en el pueblo que era un persona noble, que no tenía maldad, respetuoso que se portaba bien con todos.»

José Tapia Díaz de Villachica

Hijo de una familia de honrados comerciantes, sus padres lo llevaron a bautizar a la Iglesia Parroquial de Santiago Apóstol de su pueblo natal (Terque, Almería). Amante y cariñoso con sus padres, siempre tuvo un carácter alegre y pacífico. Buen estudiante, pronto comenzó a trabajar como escribiente.

Para vivir su testimonio cristiano ingresó en la juventud de Acción Católica. Un amigo de aquella época recordaba: «Como hecho significativo de su vida, digno de destacar, quiero decir que en varias ocasiones él me confesó que le agradaría, y le pedía al Señor, morir mártir de la religión. Y dos o tres días antes de que lo mataran, cuanto ya habían comenzado a fusilar a algunas personas, me volvió a repetir que deseaba que Dios le concediera el deseo.»

El veinte de agosto de 1936, se encontraba en la plaza de su pueblo con el Siervo de Dios don Enrique Rodríguez Tortosa. Los milicianos hicieron acto de presencia y querían obligarlos a blasfemar. Ante las amenazas de asesinarlos sí se negaban, contestó el Siervo de Dios: «Nada malo me ha hecho el Señor, pues debo darle gracias por tanto bueno como me concede. Por nada puedo ofender al Señor y menos aún blasfemar contra él.»

A sus veintitrés años, lo obligaron a subir a una camioneta y los arrojaron en la cuesta de la rambla de Gérgal. «Dicen que durante el viaje les hablaba a los milicianos, manifestándoles su perdón ante la muerte que sabía próxima. Alguno de los milicianos lo contó después. Murió gritando: “¡Viva Cristo Rey¡”.»

 





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