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Enrique María Gómez Jiménez, Beato
Sacerdote y Mártir, 12 de agosto


Por: n/a | Fuente: diocesisalmeria.es



Sacerdote y Mártir

Beato José Álvarez-Benavides y de la Torre y 114 compañeros asesinados por «odio a la fe» entre 1936 y 1939, en diversos lugares de Almería, España.

Fecha de beatificación: 25 de marzo de 2017, durante el pontificado de S.S. Francisco.

Breve Biografía


En la Iglesia Parroquial de santo Domingo de Silos de la ciudad conquense recibió el Santo Bautismo a los dos días de nacer. Impulsado por su vocación ingresó en el Seminario de san Julián en 1883. Recibió la ordenación presbiteral el veintiséis de mayo de 1888.

Coadjutor de Villaescusa de Palositos, en agosto fue nombrado Cura Regente de Valdeganga y, en 1890, Capellán del Convento de san Clemente. En 1897 tomó posesión de la Parroquia de Villar de Cantos y, a los tres años, de un beneficio en la Colegiata de Belmonte. Cura Ecónomo de Collega, en 1901 pasó a la Catedral de Cuenca como Salmista. A los dos años tomó posesión de su oficio de Sochantre en la Catedral de Almería.

Para satisfacer su afán misionero marchó a Argentina en 1910, sirviendo a la capellanía de san José de san Nicolás y a la Parroquia de Chivilcoy. Regresó a Almería siete años después, ocupándose primero de la capellanía del Hospital de Cuevas del Almanzora y de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados después. En 1918 retornó a tierras argentinas, volviendo definitivamente en 1923. Desde entonces sirvió en su beneficio catedralicio, como confesor de las Siervas de María y de las Hijas de la Caridad y adscrito a la Parroquia de san Pedro de la ciudad.



Residente en Cuenca desde 1933 por su mala salud, allí le sorprendió la Persecución Religiosa. A la señora que lo cuidaba le advirtió: « Mire, cuando vengan a buscarme, no hable mal a los milicianos, ni le diga que no estoy, pues yo no quiero defenderme, porque el Señor tampoco se defendió cuando lo iban a matar. »

En la noche del doce de agosto de 1936 irrumpieron en su hogar y se lo llevaron detenido. A pesar de su ancianidad, pues contaba con setenta y un años, forcejeó con sus verdugos que pretendían simular su suicido en las aguas del Júcar. En la plaza de Toros lo martirizaron, fundiendo con el sonido de los disparos el de su virtuosa voz: « ¡Viva Cristo Rey!, Perdón, Señor, por los que me matan por ti... »

 





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