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Dios es mi Padre ¿de verdad?
“Dios es mi Padre”. Tan hijo suyo como lo fue Cristo, tan amado como él.

Deberíamos caer de rodillas llenos de inmensa gratitud al constatar que el Creador del Universo, me ama con un amor infinito.


Por: H. Roberto Allison, LC | Fuente: elblogdelafe.com



“Dios es mi Padre”. Primera cosa que aprendemos cuando vamos al catecismo. Y enseguida nos viene a la mente las típicas comparaciones de su amor paternal con el de nuestros papás, así como su infinita paciencia y  el sacrificio que han hecho por nosotros, etc. En resumen Dios nos ama como nos quieren nuestros padres pero a la infinitésima potencia, es con lo que salimos del catecismo. Y terminan los niños su lección de catecismo coloreando a un Señor majestuoso de barbas largas cogiendo de la maño a un niño.

 

“Dios es mi Padre”. Y lo decimos con la misma naturalidad con la que decimos “Hoy hace calor”, “el Barça ganó este fin de semana pasado”, “Tengo ganas de comer pizza”, sin detenernos un instante en la profundidad que contiene esta frase. Una frase bonita como las que se ponen en los perfiles de Face o Whatsapp.

 

“Dios es mi Padre”. Sí, es lo que los católicos piensan de la misma manera que un hippie puede decir “mi Madre es la naturaleza” o un azteca “el sol es mi padre”. Una metáfora más en una religión más de una persona más. Una bella idea más de las tantas que han venido diciendo generaciones de escritores, filósofos, cuando no de algún iluminado inspirado.



 

Pero en realidad, no debería ser así…

El ser humano es capaz de acostumbrarse a todo. Posee la habilidad de caminar encima de carbones encendidos sin quemarse los pies o de habituarse a vivir en los climas más inhóspitos. Podemos decir que lo mismo sucede en el ámbito espiritual. Nos hemos acostumbramos a escuchar verdades asombrosas. Tenemos entre nuestras manos el fuego ardiente del Evangelio y ya ni siquiera nos calienta.

 

¡Y es que el pensar que Dios es mi Padre no puede ser algo indiferente! Deberíamos caer de rodillas llenos de inmensa gratitud al constatar que el Creador del Universo, la Bondad Suma, el Ser más poderoso del Mundo, me ama con un amor infinito, con un amor que sólo es digno de Él. Lo peor de todo es que nos hemos habituado ya a escuchar el mismo discurso una y otra vez. No nos lo podemos imaginar de otra forma hasta el punto de que lo extraño ya es imaginar a un Dios lejanos, que no tuviera nada que ver conmigo.



 

Sin embargo, insisto, al principio no fue así. Esta verdad escandalizaba. La principal razón de la condena de Cristo fue esta: “considerarse Hijo de Dios” (Mt 63-66). Pues no lo decía en un sentido metafórico o simbólico, sino de manera real. La palabra con la que se dirigía a Dios en su oración: “Abbá”, era la expresión con que los niños llamaban a sus padres. Algo así como papi o papaíto en traducción actual. Y esto los judíos no lo pudieron tolerar pues no comprendían cómo Dios se podía dignar amar a alguien como a su Propio Hijo. Y ya sabemos como terminó todo.

 

“Dios es mi Padre”. Tan hijo suyo como lo fue Cristo, tan amado como él. Somos hijos en el Hijo. Este es el centro del Evangelio, la Buena Nueva que Jesucristo nos vino a revelar. El hombre ya no estará nunca más a merced de las desgracias del destino o de su pecado.  “Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre!” (Rm 8, 15) A partir de ahora podremos alzar  siempre la mirada al cielo seguros de que tenemos un Padre que me cuida y ama incondicionalmente. Y esta es una verdad infinitamente más significativa que el clima o si el Barca perdió el juego pasado…


“¡Dios es mi Padre!” ¡Qué don tan grande! Hace falta sólo dejar que estas palabras penetren hondamente en nuestra alma en medio del silencio y de la dicha de ser su hijo.





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