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Sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto
Reflexión del evangelio de la misa del Sábado 11 de Marzo de 2017

Esto no quiere decir que estemos de acuerdo con todos o que todos estén de acuerdo con nosotros, pero la diferencia no debe hacer odios ni enemistades. Contemplemos a Jesús.


Por: Mons. Enrique Diaz, Obispo Coadjutor de la Diócesis de San Cristobal de las Casas |



Deuteronomio 26, 16-19: “Serás un pueblo consagrado al Señor, tu Dios”

Salmo 118: “Dichoso el que cumple la voluntad del Señor”

San Mateo 5, 43-48: “Sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto”

 

Quizás el principio de donde brota la ley que ordena amar al  prójimo y odiar al enemigo, tenga sus razones. El pueblo de Israel al relacionarse con otros pueblos puede olvidar su alianza con un único Dios y pervertir su corazón. Al mezclarse con los adoradores de otros dioses, puede caer en la fascinación de ídolos construidos por manos de hombre. Conservar la unidad del pueblo cuando está tan frágil, suscitar el amor a la tierra que apenas han conquistado, parecerían razones suficientes para no mezclarse con los otros pueblos, y de ahí pasar al siguiente escaño: adoptar una fobia en contra de los que no son del pueblo y mirarlos siempre como enemigos que hay que destruir. La ley que pretendía guardar la pureza del corazón se convierte en actitudes de rechazo y franco odio a los pueblos vecinos.



 

Cristo quiere romper con esta falsa interpretación de lo que Dios quiere y busca para su pueblo. Y confronta esta ley con la verdadera imagen de Dios y con la misión de todo hombre: ser perfecto como el Padre Celestial es perfecto. ¿En qué consiste esta perfección? En el amor a todos, sin condiciones; en hacer salir su sol sobre buenos y malos.

 

Hay quienes se han declarado enemigos de Dios, pero podemos estar plenamente seguros que Dios no los tiene por enemigos, sino que los ama, los perdona y los busca. Me da tristeza cuando encuentro personas que dicen que tienen muchos enemigos y que viven angustiados imaginando males futuros, porque quien quiere parecerse a Dios Padre tiene la seguridad del amor, la fuerza del perdón y la esperanza de una vida nueva. El odio a los “enemigos” se vuelve contra nosotros y nos hace daño en el corazón. La mejor forma de convivir con los enemigos es hacerlos nuestros amigos, y la única solución para enfrentarlos es no tener enemigos.

 



Esto no quiere decir que estemos de acuerdo con todos o que todos estén de acuerdo con nosotros, pero la diferencia no debe hacer odios ni enemistades. Contemplemos a Jesús. Algunos, no pocos, lo odiaban; algunos, de los más cercanos, lo traicionan… y sin embargo no puedo imaginarme el corazón de Jesús lleno de odio sino dispuesto siempre al perdón, claro que defendiendo su verdad pero sin intransigencias ni rencores. Hace realidad sus palabras: “Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian…” 

 





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