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Habeís sido llamados a la libertad.
Dios nos quiere libres ¿y yo también quiero serlo?


Por: H. Roberto Allison, LC | Fuente: elblogdelafe.com



Libertad de expresión, libertad de culto, libertad de asociación, etc. Todos queremos ser libres. Todos deseamos gozar una vida en la que la libertad individual no sea amenazada. La libertad es uno de los ideales al que todo ser humano aspira y desea obtener al precio que sea.

 

Pero, ¿qué significa ser libre? En un primer instante podríamos decir que la libertad consiste en la capacidad que tiene el hombre de escoger y que es fruto de su intelecto y voluntad. Es decir, hago un acto libre cuando escojo, sin ningún tipo de coacción, hacer esto o aquello, comerme una manzana porque quiero, en vez de una pera. En cambio decimos que no es libre una persona a la que se le priva de esta capacidad de escoger, cuando le obligan a comer una manzana, y lo que quiere es comerse la pera. Y a lo largo de estos tres últimos siglos la humanidad ha luchado, a veces a precios muy altos, para garantizar este derecho fundamental. Nos sentimos orgullosos pues hemos roto las cadenas de la esclavitud, hemos expulsado a los explotadores y hemos concientizado a la gente de la importancia de hacer valer su libertad. Finalmente, creamos instituciones y leyes consagradas a defender nuestro derecho de ser libres.

 

¿Pero, podemos decir que el hombre contemporáneo es más libre que sus antecesores? ¿Hemos hecho bien en creer que sólo es esclavo el que posee cadenas y grilletes de hierro?
¿No existe acaso una esclavitud más profunda, una servidumbre del espíritu,  que ata al hombre con sogas de diversa especie?



 

Paradójicamente los hechos muestran que sí. El hombre del Siglo XXI no es un ser libre. El hombre contemporáneo ha logrado al fin poderse expresar públicamente, pero ha acabado amordazado por el miedo de decir lo contrario de la opinión dominante: la libertad de expresión ha socavado cualquier expresión de libertad. Nunca como antes había tenido un abanico tan amplio de diversiones y entretenimientos, sin embargo, le tiranizan terriblemente el aburrimiento y el hastío. Ha garantizado la posibilidad de vestirse y actuar como le venga en gana, pero ¡cuántas veces sólo hace lo que la moda le manda! Ha eliminado, gracias al internet y a la tecnología, los límites de la distancia, pero depende ahora más que nunca de ellas. Se vanagloria de haber superado la represión asfixiante de la moral y de cualquier tipo de dogmatismo religioso… para finalmente quedar sujeto a la tiranía, más cruel por cierto, de sus pasiones y vicios.

 

¿Qué queda ahora de nuestra pretendida libertad? Si somos sinceros, veremos que era sólo una ilusión, pues parece que el hombre sólo ha pasado de una esclavitud, a otra, quizá más sutil pero permanece esclavo de todas formas. Es igualmente esclavo el que se encuentra atado por una cadena de púas que por una de terciopelo. Es por eso que no nos sentimos libres y las voces que ansían una liberación más profunda no se dejan de sentir todavía.

 

¿En dónde está el error? En haber creído que la libertad sólo era una cosa externa, que se debía proteger por leyes y constituciones. En haber confundido la verdadera libertad con una caricatura de ella. Y en pensar que sólo es libre el que carece de límites para satisfacer todos sus deseos.

 

Pues la libertad no es hacer todo lo que yo quiero, esto es más bien libertinaje. “Libertad (decía Martín Descalzo) sólo puede ser la posibilidad de hacer aquello que me permite ser más hombre, más grande, más completo”. Es elegir el bien, apostar por lo recto y lo justo.

“Habéis sido llamados a la libertad” (Gal 5,13) Dios quiere que el cristiano sea libre. El Evangelio es un mensaje liberador que eleva al hombre a realizarse plenamente como hombre en Jesucristo, el Hombre por excelencia. Dios quiere liberarnos del peso de nuestros pecados, de nuestro pasado, de  nuestros miedos y complejos. Quiere darnos una vida nueva.
Dios nos quiere libres ¿y yo también quiero serlo?




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