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Ser papá, ser joven… un reto, una oportunidad
La relación padre-hijo es tan fuerte que hace falta vivirlo a plenitud para entenderlo

No se trata de abandonar las actividades de “cuando eras joven”, sino que se vuelve una aventura en la que subes a tu tren de vida a nuevos pasajeros que compartirán contigo nuevos retos


Por: Saulo Meis | Fuente: yoinfluyo.com



Se define como juventud al periodo que se ubica entre la infancia y la adultez. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) ha definido a la juventud como la etapa que comienza a los 15 y se prolonga hasta los 25 años de vida de todo ser humano, aunque no existen límites precisos al respecto. Las mayores expectativas de vida hacen que, en ciertos aspectos, personas de 40 años sean consideradas como jóvenes.

 

A continuación expongo los motivos.

Ser joven hoy implica una serie de retos sociales, de acomodo estructural, de comportamientos esperados, de expectativas culturales… Un sinnúmero de variables que recaen sobre una persona. Se podría ampliar el tema hacia la paternidad en la actualidad (responsabilidades, tendencias, expectativas y otro raudal de variables).

Ser joven da a las personas toda la oportunidad de realizar actividades con pleno uso de sus facultades casi a plenitud, de entregar físicamente un porcentaje mayor en el quehacer diario en comparación con la niñez y la adultez o incluso la vejez. Pero, dado que ser joven no es una cuestión de edad sino de mentalidad, una persona puede desempeñarse con la fuerza y pasión que concede la juventud en cualquier etapa de su vida, si se entiende con claridad este concepto.



 

Ser padre te obliga, te responsabiliza. Pero este proceso de crianza-enseñanza es totalmente recíproco en el entendido de que un padre va aprendiendo de la relación que construye con sus hijos, por tanto, y con mucha verdad se dice que “cualquiera puede tener hijos, pero no cualquiera puede ser padre”.

Ser padre tiene repercusiones sobre el hijo, pero de igual manera una transformación sobre quienes aceptan la paternidad.

 

Desde mi posición como padre joven, quisiera que el lector encuentre que así como la juventud no está peleada con la experiencia, la vejez tampoco está ligada obligatoriamente con ella. Tener hijos no te hace padre, tener entre 12 y 29 años de edad no te hace joven, la capacidad que desarrollas en el aprendizaje personal hace la diferencia. No se trata de abandonar las actividades de “cuando eras joven”, sino que se vuelve una aventura en la que subes a tu tren de vida a nuevos pasajeros que compartirán contigo nuevos retos propios de la relación padre-hijo, pero también de la relación adulto-joven-niño.

 

De ésta relación podremos ahondar con mucho más detalle en entregas posteriores, pero me detengo en el detalle: relación padre-hijo, misma de la que sólo quiero puntualizar que en la medida que el padre vive y se realiza en esta labor se hace más padre; en cambio, un hijo no puede hacer más por ser más hijo, por eso digo que hay una palabra para quien se queda sin padre o madre: Huérfano. Sin embargo, el dolor de la pérdida de un hijo es tan grande que en nuestro vocabulario no existe la palabra. Por esto, la relación padre-hijo es tan fuerte que hace falta vivirlo a plenitud para entenderlo, y mientras mejor lo sepamos hacer, más será nuestro disfrute y gozo personal.

 

Además de lo que uno debe hacer como padre, se debe entender que, si para ejercer una profesión pasamos casi 20 años de nuestras vidas en la academia sólo para recibir un título y ejercerla, cuánto y más debemos trabajar en nosotros mismos para enseñar a ser humanos, que en última tarea es la única que tenemos con nuestros hijos.

 

Quisiera cerrar proponiendo al lector que nunca deje de ser joven, y nunca deje de aprender a ser persona a cualquier edad. Sea cual sea ésta posición en la vida, siempre tendremos algo que dar y siempre algo que recibir… Y qué mejor si viene de nuestros hijos.





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