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Una familia redimida.
A nuestro Señor le encantan las segundas oportunidades, es un experto en restaurar, sanar, es especialista en dar vida donde hay muerte

No te des por vencido, sigue a Dios, espera en Él.


Por: Maleni Grider | Fuente: www.somosrc.mx



Mi esposo y yo formamos una familia reconstituida (o “compuesta”), pues ambos padecimos la desgracia de un divorcio anterior, fuimos abandonados por nuestros respectivos cónyuges en el pasado y nos quedamos solos con nuestros hijos, como responsables únicos de todas sus necesidades: emocionales, materiales, económicas y espirituales. Durante varios años le hicimos frente a la vida como padres solteros.

 

Ninguno de nosotros deseaba el divorcio, ambos luchamos por nuestros ex matrimonios, pero al final dichos intentos no prosperaron. De modo que los dos experimentamos en carne propia lo que es la desolación, la traición, el abandono, el dolor del final de un matrimonio, y lo devastador que puede ser la decisión de una persona que con irresponsabilidad decide romper el convenio entre tres personas (Dios, el marido y la mujer) que es el matrimonio, destrozando el proyecto divino y arrojando a sus hijos a la disfunción de una estructura de familia diferente a la que Dios creó.


Años después, nuestro Señor tuvo misericordia de nosotros y, aunque vivíamos en países distintos, nos llevó a conocernos. En cuanto nos hallamos supimos que seríamos esposos. A las dos semanas de interactuar ya estábamos enamorados. El amor de Cristo fue el fundamento sobre el que basamos nuestra relación y nuestro matrimonio.

 



Sólo Dios puede hacer esas “diosidencias” que muchos conocemos. No fue coincidencia que nos conociéramos, era el plan de Dios. Él decidió escuchar nuestras oraciones, atender nuestra desesperación, bendecir a nuestros hijos, rescatarnos de la soledad, en una palabra: redimirnos. Él miró cada lágrima, cada noche en oración en el silencio de nuestra habitación, cada día trabajando duro por nuestros hijos, cada año de soltería luchando por sobrevivir al divorcio y esforzándonos por buscar de Su presencia en nuestra vida. El milagro se produjo, el día llegó, la respuesta vino: nos encontramos. Desde el primer día supimos que era algo diferente, único, y que venía de lo alto.


En total tenemos cinco hijos que viven con nosotros, tres niños y dos niñas. Convertirnos en una familia ha llevado, por supuesto, mucho tiempo, dedicación, sacrificio, amor incondicional, trabajo intenso, oración incesante, dependencia absoluta en Dios, compromiso extremo, devoción, consagración, paciencia, prueba, fe. Pero es el Señor quien ha hecho el cambio, la transformación, la renovación. De ser dos familias mutiladas, hemos pasado a ser una familia completa. Nuestros hijos han creado vínculos de amor entre ellos luego de instruirlos diariamente en la Palabra y el Reino de Dios; también desarrollaron el sentido de ser parte de una familia normal, en equilibrio, independientemente de que no sea la familia biológica original. Esta familia está basada en el amor y la lealtad, en los valores absolutos de Dios, en la Verdad.

 

Nuestros hijos han abandonado poco a poco los viejos hábitos de una familia disfuncional, han aprendido a ser obedientes, ordenados, respetuosos, y a ver la vida con más amor y felicidad. Su abandono ha sido llenado con la presencia de unos padres que se preocupan por ellos las veinticuatro horas del día. La iglesia es un punto de referencia importantísimo para ellos. Han sanado sus vidas.


Ellos ven tanto amor en nuestra pareja, tanta unidad, que no han tenido más remedio que unirse a nosotros en sumisión y armonía. El proceso de la restauración ha sido lento pero seguro, porque es Dios quien restaura, y lo hace de lleno, sin dejar huecos. Milagros han ocurrido muchos en nuestra historia. Nadie pudo haber sanado las heridas, nadie pudo habernos rescatado de tal forma como lo hizo Jesús. El testimonio de nuestra familia, nuestra bendición, es algo que queremos que todo el mundo conozca, queremos gritar a los cuatro vientos ¡Aleluya!, porque nuestro Redentor Vive… Él nos restauró.



 

No te des por vencido, sigue a Dios, espera en Él. Pídele que te dé una segunda oportunidad. A nuestro Señor le encantan las segundas oportunidades, es un experto en restaurar, sanar, es especialista en dar vida donde hay muerte, traer luz donde hay oscuridad, orden donde hay caos, consuelo donde hay dolor, paz donde hay angustia, provisión donde hay carencia, amor donde hay odio, perdón donde hay culpa. No le creas a la desgracia, no le creas al pasado, no le creas a la dificultad de cada día, créele a Él y pronto te rescatará. Abrirá las compuertas de los cielos y te dará una bendición increíble. Como dicen los jóvenes: ¡No te la vas a acabar!





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