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El Rosario, Evangelio hecho oracion
"¿Queremos ser cristia­nos, es decir, imitadores de Cristo? Contemplemos a María

Esta hermosa forma de devocion a la Virgen es el Distintivo y compendio del culto Mariano


Por: P. Florian Rodero, Catedratico del Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, en Roma, Italia | Fuente: Tiempos de Fe, Anio 2 No. 12, Septiembre - Octubre 2000



El mes de octubre nos ofrece la oportunidad, una vez más, de invitar a todo el pueblo cristiano a practicar una forma de ora­ción que es, justamente, muy amada por la piedad católica y que no ha per­dido nada de su actualidad, en medio de las dificultades de la hora presente: me refiero al rosario de la santísima Vir­gen María (Pablo VI, exhortación apostólica Recurrens mensis october, 7 de octubre de 1969).

Cuatrocientos veintinueve años han pasado desde que las tropas aliadas de España, Venecia, Génova y otras repúblicas italianas, alentadas por el Papa Pío V, infligieran una pesada de­rrota a los ejércitos de la Media Luna en el golfo de Corinto: victoria de las armas cristianas más conocida con el nombre de Lepanto, 7 de octubre de 1571. Ese día, primer domingo de oc­tubre, las campanas de la Ciudad Eter­na anunciaron ruidosa y alborozadamente la alegre y trascen­dental noticia. Rezaba toda la cristiandad. Rezaba el Papa Pío V; el primer Papa del rosario, que el 7 de octubre de 1572 instituyó la fiesta de Santa María de la Victoria. Gregorio XIII, un año después, sustituyó el nombre de esta fiesta por el de la Virgen del Ro­sario. Estas fueron las palabras de la bula "Cayendo en la cuenta también de que el mismo día 7, que entonces fue primer domingo de dicho mes de octubre, todas las cofradías, establecidas por todo el mundo bajo la advocación de dicho Rosario, saliendo procesionalmente, según sus laudables normas y cos­tumbres, elevaron a Dios piadosas oraciones, las cuales hay que creer que fue­ron muy provechosas para conseguir dicha victoria por la intercesión de la Santísi­ma Virgen, hemos juzgado que haríamos una buena obra si, para conservar el re­cuerdo de tan gran victoria, evidentemente concedida por el cielo, y para dar gra­cias a Dios y a la Santísima Virgen, instituyésemos una fiesta solemne denominada del Rosario, que habrá de celebrarse el primer domin­go del mes de octubre" (Monet Apostolus, 1 de abril de 1573).

"¿Queremos ser cristia­nos, es decir, imitadores de Cristo? Contemplemos a María" (Pablo VI, 24 de abril de 1970). Cualquier consideración, ya sea dog­mática, litúrgica, pastoral o espiritual con respecto a María debe estar relacionada con Cristo. No hay culto mariano verdadero, no existe devoción auténtica a la Madre de Jesús si no está fundada y se origina en Cristo. Y el rosario es el "distintivo y compen­dio del culto mariano" (León XIII Optimae quidem spei, 21 de julio de 1891). No debe, pues, esta devoción desligarse del auténtico culto cristiano, que es trinitario y cristológico (significados en el rosario por el rezo del Padre nuestro y del Gloria).

El rosario debe, por ello mismo, estar íntimamente unido a Jesús, porque el ro­sario es eminentemente evangélico. El rosario es el Evangelio hecho oración.

Una oración contemplativa



Es la contemplación no solamente de las maravillas realizadas por Dios en Ma­ría, sino, sobre todo y principalmente de los eventos salvíficos de Cristo, enuncia­dos en expresiones sencillas y sintéticas: en esos acontecimientos de la historia de la salvación la presencia de María es obligada, por cuan­to su actuación en los misterios de la redención fue históricamente determinante.

La Perfectae caritatis afirma que la contemplación es una adhesión a Dios con la mente y con el corazón (cf. n. 5). Es una forma de oración que tiene como contenido el misterio del reino de Dios, presente en el alma, y que pretende e invita a adherirse con mayor firmeza y de forma personal a él por una profundización en la fe. Pero la contemplación no debe reducirse a un mero ejercicio silencioso de la inteligen­cia ni a una mera ráfaga de sentimientos y afectos: comprende todo la persona y debe, al mismo tiempo, con­cluir en un compromiso concreto de santidad, de vida de gracia, porque María, libre de todo pecado, quiere condu­cirnos al apartamiento del pecado (perdona nuestras ofensas, ruega por nosotros pecadores). Ambas di­mensiones de la contemplación están presentes en el rosario. Por una parte, se afirman las verdades más esenciales del evento redentor de Cris­to y, por otra, el corazón suplica repeti­da y ardientemente a María que esta verdad fundamental -que no es otra que el kerigma de la primera comuni­dad-, es decir, la salvación, se realice por medio de su poderosa y maternal intercesión.

Si se suprime este carácter de contemplación así entendida, el rezo del rosario puede correr el riesgo de recitarse de forma mecánica, superficial, como mera repetición de unas fórmulas que se aprendieron de memoria, pero carentes de un auténtico espíritu de oración.

El rosario es, a su vez, una ora­ción he­cha súpli­ca. Cuando Clemente VII aprobó en 1534 las cofradías del Rosario, justificaba su institución por­que consideraba que el rosario era una oración muy "saludable y fructuo­sa" y su rezo "ha obtenido grandes bienes" (Etsi temporatium).

Grandes bienes y saludables frutos pueden considerarse: la victoria contra las herejías, la extensión de las fronteras del Reino, el restablecimiento y conservación de la fe, el rechazo de las tentaciones, la paz entre las naciones y la concordia familiar, el aumento de la piedad, el alejamiento de los peligros de la Iglesia, el detenimiento de la justificada ira de Dios, la apertura de las almas al arrepentimiento y a la conversión, la exhortación a la confianza en Dios, la aceptación del sufrimiento, el alivio es­piritual y confianza en Dios de los mo­ribundos, la liberación de las almas del purgatorio.



Estos y otros muchos frutos son enumerados en las numerosas intervenciones de los Sumos Pontífi­ces, que con constante solicitud han impulsado el rezo del rosario.

Para la sociedad actual, tan pragmática y positivista, toda esta enu­meración de bienes -que no son fruto de épocas pasadas; todo lo contrario, la historia actual de la Iglesia avala ri­camente la potencia del rosario-, po­dría parecer exagerada. Sin embargo, tiene su garantía en la misión medianera de María que "la ejerce continuamente en nuestro favor delan­te del trono de Dios" (León XIII, lucunda semper, 8 de septiembre de 1894).

Para muchos de nuestros fieles es una de las prácticas de devoción que alimenta diariamente su vida cristiana. Con razón se llama al rosario la ora­ción de los pobres, del pueblo humil­de, de quienes no alcanzan otros ni­veles de oración, o no saben o no se atreven a otras formas de piedad.

A este respecto me permito contar algo que me ocurrió el mandar, a un penitente, como satisfacción por sus pecados, dos Ave Marías y dos Gloria al Padre. El penitente me respondió que el Ave María sí lo sabía, pero que no se acordaba del Gloria al Padre. Sin duda que el penitente no se habla olvi­dado el Ave María por las innumera­bles veces que la habla repetido en el rezo del rosario. Dejo entre admiraciones el que no se acordara que todo misterio concluye con el Gloria el Pa­dre.

Rezar el rosario como oración de in­tercesión es recordar nuestra fe en la vida eterna, creer en la comunión de los santos y sobre todo es tener la certeza de que "la maternidad de María per­dura sin cesar en la economía de la gracia, desde el consentimiento que dio fielmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la cruz, hasta la realización plena y definitiva de todos los escogidos. En efecto, con su Asunción a los cielos, no abandonó su misión salvadora, sino que continúa procurándonos con su intercesión los dones de la salvación eterna" (Lumen gentium, 62).

Por todo esto, Juan Pablo II con­tinuamente nos propone, como Maestro y Pastor de todo el rebaño de Cristo, el rezo del rosario, dado que contiene tantos valores evangélicos y espirituales que conservan y fortalecen el camino del cristia­no.

Si en el rosario encontramos a Jesús, a través de los misterios de su encarnación, en este mes de oc­tubre del Año jubilar, por medio del rezo del rosario, debemos también encontrar a María. Es de desear que, entre los frutos de este año de gracia, juntamente con un amor más fuerte por Cristo, también esté pre­sente el fruto de una renovada pie­dad mariana. (Juan Pablo II, homi­lía de la santa misa como conclu­sión del XX Congreso mariológico­mariano internacional y del jubileo mundial de los santuarios marianos).





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