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¿Qué mueve a una persona a acabar con su vida?
No se trata de echarle la culpa a nadie, pero sí se trata de reconocer que hay historias


Por: Antonio Gutiérrez Trejo | Fuente: yoinfluyo.com



El suicidio, como tal, representa un tema delicado en la sociedad, a través del cual se vislumbra normalmente un acto de cobardía, toda vez que en la mayoría de los casos se pretende evadir problemas, ya sea de tipo económico, como de salud o sentimental.

 

La Organización Mundial de la Salud (OMS) señala que cada año se suicidan casi un millón de personas, lo que supone que, por cada 100 mil habitantes, 16 se quitan la vida.

En México, la publicación de datos sobre intentos de suicidio y suicidios consumados comenzó en la década de 1930, mientras que en 1995 inició su publicación detallada en un cuaderno específico que elabora el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI).

De acuerdo con al INEGI, en 2012 se registraron 5 mil 549 suicidios en territorio nacional (15 por día, en promedio), de los cuales 80.6 por ciento fueron consumados por hombres y 19.4 por ciento por mujeres, lo que significa que ocurren cuatro suicidios de hombres por cada suicidio de una mujer.



 

Un estudio socio antropológico del suicidio

 

Para el doctor Víctor Alejandro Payá Porres, quien junto a su equipo de trabajo analizó cerca de 700 expedientes de suicidas proporcionados por el Servicio Médico Forense (Semefo) del Distrito Federal, todo suicidio comunica algo más que el hecho mismo: por una parte es un analizador social que deja ver elementos grupales y, por otra, es una manera de hablar del suicida.

El doctor en Ciencias Sociales con especialidad en psicología social de grupos e instituciones por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), aseguró que al igual que ocurre con el nacimiento de un hijo o con el matrimonio, la muerte modifica la dinámica grupal familiar o social.



 

En el caso del suicidio, quien lo comete puede observarse como el individuo que se sacrifica por el grupo y hace rituales para cambiar una dinámica que –desde su perspectiva– no funciona.

De acuerdo con el sociólogo, hay una historia en el suicida que se logra ver a través de su actuar: la manera en cómo prepara la escena no es casual. A través de objetos, fechas, la manera de vestir, la decisión de cómo morir y los posibles mensajes póstumos dan cuenta de la historia familiar.

 

Para el especialista, la persona que se da muerte también trata de saldar una cuenta pendiente en la estructura familiar: reprochar algo, agredir a alguien o simplemente demostrar que perdió por completo el sentido de la existencia; pero siempre busca comunicar lo que en vida no logró transmitir.

La investigación sobre este tema realizada por el doctor Payá Porres y su grupo de colaboradores culminó con la publicación del libro El don y la palabra. “Estudiamos al interior de los expedientes los testimoniales de la familia, la escena del crimen, las cartas póstumas y los peritajes, para tratar también de mirar la relación que existía en estos discursos”, indicó.

 

El don y la palabra, expresó su autor, quien además es profesor de la Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán, es un estudio socioantropológico de los mensajes póstumos del suicidio, que se realizó con una mirada interdisciplinaria: qué decían los análisis de sistemas, algunos planteamientos psicoanalíticos, y la teoría antropológica.

“Tenía que ver con el análisis de la dinámica de la familia y ver cuál era esta dinámica, cuál era el conflicto y cuáles eran las formas de comunicación que se podían dar al interior de la familia, en principio, para que alguien pudiera tomar la decisión de salir de la estructura”, abundó el especialista.

 

Destacó que “don” en antropología significa “regalo”, un regalo que muchas veces es imperceptible y se transmite a través de afectos y objetos; es lo que establece el vínculo con el otro.

“A veces esos dones no son bondadosos y el cuerpo aparece sacrificado dejando ese legado que, por mucho que se quiera olvidar, es una de las situaciones más difíciles para el ser humano, porque la muerte retorna. Es lo que nos permite ver el psicoanálisis: hay cosas que no se olvidan, se reprimen, pero todo lo que se reprime retorna”, explicó el sociólogo.

 

El cuerpo y su actuar

 

Como en todo ritual, lo que no se dice se actúa, afirmó Payá Porres, al referir que el suicida comunica el porqué de su decisión mediante una especie de rito. “Podían dejar actas de nacimiento, álbum de fotografías, cuadernos, etcétera, más la escena como ellos la preparaban. Llegamos a ver que había gente que utilizaba el cuerpo como una manera de reprochar al otro, como proyectil hacia el otro; esto está fundamentado por la teoría psicoanalítica”, dijo.

Según el experto, algunos postulados criminológicos y psicoanalíticos hablan de que todo suicidio puede ser un homicidio psicológico hacia otra persona: “Yo me daño para dañar a otra persona, pero siempre en un campo en donde la comunicación verbal se apaga y actúa mucho más el cuerpo en esa historia”, enfatizó.

 

Como lo refirió el investigador, quien con sus colaboradores analizó detalladamente los expedientes, las escenas estaban “obsesivamente descritas”; gracias a eso encontraron diversos escenarios. “Por ejemplo, el escenario de la vejez y la enfermedad es muy diferente al escenario del reproche y la venganza, y este último, al de la niñez y la adolescencia”, mencionó.

 

El suicidio adquiere un sentido diferente para el hombre viejo y/o enfermo. Una persona cuyo cuerpo se convierte en un enemigo a través del dolor y la incapacidad, y para quien el abandono juega un papel muy fuerte, está fuera de cualquier tipo de juego del deseo familiar o social. No tiene ningún anclaje de sentido con respecto a la vida. No hay nada que saque a flote a esa persona, ni cultural ni deportiva ni afectivamente hablando, expresó Víctor Payá.

Refirió que el escenario del reproche se da sobre todo dentro del grupo cuando hay conflicto o abandono: “Había personas que se suicidaron el día del aniversario en que se conocieron afectivamente, y lo hacían a veces en el barandal de la exnovia, por ejemplo, dejando una carta póstuma y un legado terrible”.

 

Indicó que en cuanto al escenario de la niñez y la adolescencia, es de arrebato, en donde los sujetos no tienen mucha capacidad: los dejan muy carentes de símbolos y palabras para poder interactuar. “A nosotros nos sorprendía mucho que a veces el pleito (de niños o adolescentes) era porque los mandaban a la tienda y no querían ir, o porque no los dejaban jugar. Pero eso es algo que simplemente cataliza toda una historia de carencias y de falta de comunicación”, abundó.

 

Cómo surgió y se desarrolló el proyecto

 

El doctor Payá Porres planteó que la familia es una institución muy importante que ha llevado a reflexionar y a preguntarse constantemente a antropólogos, psicoanalistas y sociólogos qué es lo que construye a un ser humano, cuáles son esas formas de socialización temprana, cómo se transmiten para que alguien en un momento determinado llegue a ser profesional, músico, artesano o criminal, o llegue a estar dentro de la locura, o inmole o sacrifique su cuerpo en aras de algo.

La pregunta para la investigación era cómo ese legado podía dejar algo en el grupo y de qué manera podía modificar su dinámica, expuso el investigador: “Tú no me quieres en vida; aunque esté no represento un lugar y una posición en la estructura grupal o familiar en vida, a ver si en la muerte logro eso”.

 

El experto narró que a pesar de que él y su equipo tuvieron acceso a los expedientes, estaba prohibido fotocopiarlos, escanearlos o tomarles fotografías; lo que les permitieron fue apuntarlos a mano con la finalidad de que se cambiaran nombres. “Nos decían que tuviéramos cuidado, por eso cambiamos nombres. A veces las cartas (póstumas) tienen teléfonos, y hay un seguimiento de la justicia cuando la carta acusa directamente a alguien”, indicó.

Asimismo, el especialista y su equipo realizaron seminarios de discusión teórica donde examinaban las cartas y los discursos, y donde leían textos que les permitieran discernir frases y complicaciones. “Por ejemplo, todas las cartas son ambivalentes: hablan de amor y odio. ¿Cómo desentrañar ese discurso paradójico? ¿Cómo darle una interpretación teórica a alguien que ama tanto pero que a la vez detesta? Eso nos llevaba a la teoría”, destacó Payá Porres.

 

Sobre El don y la palabra

 

Respecto a si el libro de su autoría da luz para evitar el suicidio, el también miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) con el nivel II respondió: “Más allá de saber si se puede evitar (el suicidio), lo que creo es que el libro trata de reconocer de manera explícita lo que a veces han apuntado de forma muy temerosa los médicos: en la historia de la familia podemos consciente e inconscientemente hacer cosas y producir cosas que en un momento determinado lleven a la actuación violenta, llámese abuso sexual, agresión, homicidio o suicidio”.

Según el sociólogo, no hay familia que esté vacunada contra cuestiones de violencia. “No se trata de echarle la culpa a nadie, pero sí se trata de reconocer que hay historias. Cuando los médicos hablan de enfermedad mental o de suicidio, siempre reconocen la historia de los sujetos, siempre están presentes las dinámicas de familia”, advirtió.

El sujeto, por mucho que tenga una depresión crónica endógena, tiene una historia; y la historia de la familia muchas veces puede alimentar esa depresión, si no es que la generó, concluyó el doctor Payá Porres.

 

Contexto

 

De acuerdo con el INEGI, de 1990 a 2012, la tasa de suicidios en México presentó una tendencia creciente de 114 por ciento, al pasar de 2.2 a 4.7 casos por cada 100 mil habitantes. Los registros administrativos en 2011, señalaron al país con uno de los niveles más bajos mundialmente, con una tasa de suicidios de 4.9.

Ese dato aumentó para 2012 ya que se registraron 5 mil 549 suicidios, de los cuales 80.6 por ciento fueron consumados por hombres y 19.4 por ciento por mujeres, lo que significa que ocurren cuatro suicidios de hombres por cada suicidio de una mujer.

El principal método utilizado para cometer el suicidio, tanto en hombres como en mujeres, fue el ahorcamiento y el estrangulamiento, con 79.5 y 68.4 por ciento, respectivamente.

En 2012 se registraron 826 suicidios en adolescentes de 15 a 19 años, lo que representa una tasa de 7.4 muertes por cada 100 mil adolescentes.

 

Por su parte, la Secretaría de Salud dio a conocer en enero de 2014 que en los últimos 30 años el número de suicidios en el país aumentó 300 por ciento. De hecho, la dependencia federal alertó que este fenómeno se incrementa con rapidez entre los adolescentes y constituye una de las primeras causas de muerte en este sector.





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