Menu

El peor enemigo: ¿La familia?
La amabilidad y la generosidad son la clave para romper con el mal esquema.

La guerra está entrando en nuestras casas sin que nos demos cuenta siquiera.


Por: Luz del Carmen Abascal Olascoaga | Fuente: yoinfluyo.com




Hace no mucho leí un artículo estupendo sobre las dos características, desde el punto de vista científico, que hacen que un matrimonio perdure. El artículo es un poco largo y en inglés, pero sumamente interesante.

 

La familia

 

Básicamente dice que en los matrimonios desastrosos, ambos cónyuges presentan reacciones fisiológicas correspondientes a un estado de alerta y de peligro, como si se estuvieran enfrentando a un tigre. Esto los hace estar permanentemente a la defensiva contra el otro y, por lo tanto, más agresivos. En cambio, las reacciones fisiológicas de las parejas exitosas revelan tranquilidad, lo que los hace cálidos y afectuosos, aun cuando pelean. Los dos ingredientes secretos, según la ciencia, son: la amabilidad y la generosidad.



 

No quiero hacer una traducción del artículo completo, que vale la pena leer AQUÍ, sino que quisiera ampliar la reflexión a todas las relaciones humanas, no sólo las relaciones conyugales.

 

Me he dado a la tarea de observar, por ejemplo en restaurantes, a la gente que ahí "convive". Lo escribo entrecomillado porque me he dado cuenta de que la mayoría de las personas ya no conviven en realidad, simplemente coexisten. Mucho hemos escuchado criticar el uso de celulares en las mesas y cómo nos separan de aquellos más próximos a nosotros; lo realmente impactante es que ya ni siquiera necesitamos usar el teléfono para abstraernos de los demás, sino que estamos viviendo –quizá por costumbre– hacia adentro, sin darnos al prójimo.

 

Familias comiendo juntas en el más completo silencio, caras de aburrimiento, de hastío, personas que no tienen nada que decirse las unas a las otras, miradas perdidas en "el infinito y más allá" pero que no se encuentran con otras miradas, con otros ojos con los que hablar. No todos, no siempre, pero cada vez hay más de esto, y lo curioso es que, de la gente que yo observé, pocos se distraían con el teléfono: la mayoría se limitaba a estar con una presencia hostil, casi violenta.

 

¿Qué nos está pasando? ¿Por qué una madre puede pasar una hora sentada a la misma mesa que su hija de 16 y su hijo de 14 sin dirigirles la palabra en absoluto como si fuesen extraños o, peor, enemigos? ¿Por qué en una mesa enorme, como de veinte personas, hay tanto silencio? ¿Por qué en una taquería llena de personas, apenas en tres mesas parece haber una convivencia afable? No lo sé, pero quizás tenga que ver algo con la falta de amabilidad y de generosidad.

 

Estoy segura de que son dos ingredientes que están faltando, no sólo en los matrimonios (tanto divorcio, o tantos matrimonios que perduran pero rotos, sin chispa), sino también en el resto de nuestras relaciones interpersonales: en la familia, en el trabajo, con los amigos.

 

Si no nos interesamos genuina y amablemente por las cosas que son importantes para los demás, si no nos damos a los demás con generosidad, si no cedemos nuestro tiempo, nuestra atención, nuestro cansancio, y sí, por qué no, nuestras ganas de hacer cualquier otra cosa menos escuchar a nuestros hijos, a los amigos, a los familiares, entonces cada vez tendremos menos relaciones duraderas; cada vez habrán más familias rotas, hermanos distanciados cuando no francamente peleados, amigos convertidos en enemigos...

 

¿Les suena de algo? La guerra no es algo que pase sólo en Medio Oriente, allá lejos, tan lejos que nos damos el lujo de ignorarla, de olvidar a todos los hermanos que sufren persecución... La guerra está entrando en nuestras casas sin que nos demos cuenta siquiera.

 

La amabilidad y la generosidad no son dones que unos tienen y otros no, son músculos de la personalidad que hay que trabajar y fortalecer. Podemos empezar por cosas sencillas, como por ejemplo, involucrarnos en los gustos e intereses de nuestros hijos, de nuestros hermanos, escucharlos y darles la oportunidad de escucharnos. Los padres podrían esforzarse en corregir a sus hijos con amor y misericordia; los hijos, que naturalmente analizarán las acciones de sus padres para ponerlas en perspectiva, podrían evitar juzgarlos con excesiva dureza. Los hermanos deberían ser los mejores amigos, creando un ambiente de calidez y confianza, en lugar de envidia y competencia.

 




Compartir en Google+




Consultorios
Maria Isabel Álvarez Gaitán
Asesorías familiares, cursos prematrimoniales
Ma. Luisa Gabriela Deras Malacara
Consultoría y ayuda personal y familiar
Francisco Mario Morales
Problemas con hijos incrédulos. Educación sexual en familia.
Salvador Casadevall
Espiritualidad conyugal, etapas del matrimonio, perdón, solidaridad y educación de los hijos
Javier Mandingorra Gimenez
Orientador Familiar
Estanislao Martín Rincón
Educadores católicos – Orientación Familiar – Apologética
Enrique Santiago Ellena
Especialidad en temas de familia, especialmente en la relación de las personas
Francisco Mario Morales
Problemas con hijos incrédulos. Educación sexual en familia.
Marta Grego
Consultora Familiar. Aborto, post aborto, adicciones
Rosa María Villegas-Smith
Acompañamiento a mujeres con embarazos no deseados
[+] Ver más consultores
Reportar anuncio inapropiado |