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La Belleza de la Familia (3/3)
Que la familia encierra belleza es evidente.

El ser humano encierra en su cuerpo y en su alma muchísima más belleza que la que podamos encontrar en el rincón más asombroso de la naturaleza.


Por: Estanislao Martín Rincón | Fuente: Catholic.net



Que la familia encierra belleza es evidente. La sola estampa de unos padres con sus hijos, es portadora de una belleza que merece ser destacada. Ya lo es en el mundo animal, cuando vemos a una pareja con sus crías, cuanto más en el humano.

Digamos de paso que en esta época actual no está de más hacer notar la diferencia abismal entre la belleza animal y la humana, a favor de esta última. Creo que se hace preciso llamar la atención en este punto porque dada, por una parte la bajísima natalidad que padecemos y, por otra, la presión animalista que nos envuelve, podemos acabar encontrando más complacencia en una mascota que en un niño o en una pareja de animales con sus crías que en un matrimonio y su prole.

Digamos, de paso también, que conviene no confundir belleza con vistosidad. Si esta diferencia está lo suficientemente clara, no será difícil entender que no hay ningún ser vivo en este mundo que contenga más belleza que el ser humano. El ser humano encierra en su cuerpo y en su alma muchísima más belleza que la que podamos encontrar en el rincón más asombroso de la naturaleza, muchísima más belleza que en el más atractivo de los animales y muchísima más que la que pueda darse en la mayor obra de arte salida de la cabeza y/o de las manos del artista más sublime de toda la historia humana. Mucha belleza hay en la naturaleza y en las criaturas animales. Es verdad que en el mundo animal, por ejemplo, podemos encontrar ejemplares más llamativos que el hombre por diversos motivos: por su colorido, por sus formas, por su exotismo, por la exactitud de sus movimientos, etc., pero por mucha belleza que tengan, ninguno de ellos, ni todos juntos pueden irradiar tanta como el hombre, por más que las diferencias no siempre nos entren por los ojos.

Al tiempo hay que decir que no debe extrañarnos que haya quien se encuentre con dificultades para distinguir entre la belleza animal y la humana. Cuando esto se da, cuando no es tan evidente que haya más belleza en el hombre que en cualquier animal, entonces, tal vez haya que examinar los conceptos y revisar qué entendemos por belleza, qué entendemos por hombre y qué entendemos por animal. Es una tarea larga y compleja, por eso, como no se trata ahora de ir viendo uno por uno todos estos conceptos, nos vamos a fijar solo en algunos aspectos del concepto de belleza y a la vez añadiremos algo sobre la situación de alejamiento en que puede encontrarse el hombre respecto a la belleza. Comenzamos por el primero: ¿A qué llamamos belleza?

Una manera de acercarnos al significado de las palabras es hacerlo a través de sus sinónimos. Por esta vía, el término “belleza” es equivalente al de perfección. Cuanta más perfección encontremos en algo, más belleza hay.



Una segunda manera se encuentra en las resonancias sensibles que despierta su contemplación o su disfrute. Esta vía es válida, pero es muy relativa porque depende de la subjetividad de cada cual. Según ella, bello sería lo que nos atrae a cada uno o a muchos a la vez. De aquí al relativismo hay un solo paso. Por eso hay que seguir indagando, a ver si somos capaces de encontrar un concepto de belleza por el cual lo bello sea bello porque sí, por sí mismo, independientemente de qué nos parezca a unos y a otros. ¿Existe ese camino? Sí existe, lo que pasa es que se encuentra en otro concepto aún más escurridizo, el concepto de ser.

Vamos a intentar explicarlo de manera sencilla. Todo lo que existe tiene ser, pero no todos los seres son iguales, no en todos se da la misma concentración de ser. No es lo mismo ser piedra que ser árbol. Tanto la piedra como el árbol son (son seres), pero el árbol tiene más ser que la piedra; el árbol tiene vida, la piedra es inerte. Tampoco es lo mismo ser árbol que ser caballo. Los dos tienen vida, pero hay más excelencia en la vida del caballo que en la del árbol. Así podríamos seguir en la escala de los seres hasta llegar a Dios, “el-que-es”, el que es el Ser con mayúsculas, el que tiene y retiene su propio ser sin dependencia de nadie y es además la fuente, el origen y el destino de todo cuanto existe. Pues bien, a mayor excelencia en el ser, mayor belleza. ¿Dónde habrá más belleza objetiva? Respuesta: donde objetivamente haya más intensidad de ser. A mayor excelencia en el ser, más belleza, que en grado sumo y absoluto es en Dios. Dios, que es el Supremo Ser, es también la Suprema Belleza, la “Belleza Infinita” que dice San Agustín en sus Confesiones.

Ahora estamos en condiciones de entender mejor la belleza en el hombre. Si Dios es la Belleza Infinita, y el hombre está creado a imagen de Dios, el hombre encierra más belleza de la que nos entra por los ojos y mucha más también de la que podemos imaginar. Algo podemos barruntar leyendo el salmo 8 donde se dice que Dios hizo al hombre poco inferior a los ángeles. “Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies” (Salmo 8, 6-7).

Añadamos, para que nuestra mente no se nos deslice a considerar al hombre en solitario, como si fuera un mero individuo, que el ser humano no fue creado como un ser solitario, sino llamado a la familia. Puesto que “no es bueno que el hombre esté solo”, Dios, “hombre y mujer los creó”.

Llevado el anterior esquema de pensamiento a la familia, hay que decir que su gran belleza reside en el hecho de que en ella está la fuente natural del ser humano, y el ser humano posee el más alto grado de ser entre las criaturas de este mundo. La familia es, literalmente, cuna del ser y santuario de la vida humana. Hay en la familia un buen repertorio de elementos que también contribuyen a su belleza, pero la raíz está aquí, en que en ella encuentra la vida humana su origen, y no solo su origen, sino también su cuidado y su perfeccionamiento a lo largo de los años. En ella se ponen las bases -y más que las bases- para que la persona aprenda a ser lo que es, a hacerse cargo cada uno de sí mismo y de los demás; en ella se aprende a pulir y a superar errores, a usar la libertad para obrar bien, a responder de los propios actos, a disfrutar del bien y a rechazar el mal, a mirar la vida con esperanza, a estar pendiente de las necesidades del prójimo y a vivir en sociedad.

En cuanto a la situación de alejamiento de la belleza, nada tiene de extraño que en muchas ocasiones no encontremos ningún rastro de belleza en el hombre porque el ser humano es el único ser de este mundo que puede afearse por sus errores y por su propia negligencia. Mucha belleza hay en el hombre por ser hombre, pero puede quedar muy oscurecida por su mal actuar, sea por las malas acciones de los demás, sea por el mal uso de su libertad, sea por la equivocada gestión que puede hacer de sí mismo. El hombre, de la misma manera que puede perfeccionarse alcanzando cotas muy elevadas, puede también deshumanizarse y degradar su propio ser hasta extremos en los cuales esa belleza no se vea por ningún lado. Ortega y Gasset decía algo muy parecido a esto con palabras que merece la pena considerar. Decía así: "¡...Ser hombre significa, precisamente, estar siempre a punto de no serlo, ser viviente problema, absoluta y azarosa aventura o, como yo suelo decir, ser, por esencia, drama! Porque solo hay drama cuando no se sabe lo que va a pasar, sino cada instante es puro peligro y trémulo riesgo. Mientras el tigre no puede dejar de ser tigre, no puede destigrarse, el hombre vive en riesgo permanente de deshumanizarse. No sólo es problemático y contingente que le pase esto o lo otro, como a los demás animales, sino que al hombre le pasa, a veces, nada menos que no ser hombre. Y esto es verdad no sólo en abstracto y en género, sino que vale referido a nuestra individualidad". Pues bien, cuanto estos riesgos amenazan con echar raíces en una persona, también la familia es el cauce idóneo para reconducir las cosas, para  curar las heridas, para enmendar errores y caídas.

Imagino, lector, que más de una vez habrás oído o leído una frase de Dostoiewski cuya cita se hace inevitable cuando se habla de estos temas. Me refiero a esta: “La belleza salvará al mundo”. Doy por hecho que está llena de verdad, pero dicha así, en abstracto, puede quedarse como flotando en el pensamiento, como si solo sirviera para embellecer el aire sin posarse en ningún sitio. Por eso creo que hay que hacerla descender a lo concreto y darle asiento en nuestra vida concreta, aplicándola en este caso a la familia. Si la belleza tiene la capacidad de salvar al mundo, será la belleza, sí, pero no cualquier atisbo suelto de belleza, no cualquier esquirla o brochazo desconectado de la vida real, sino la belleza de la familia, la de cada una de nuestras familias concretas vivida en el día a día sin renunciar a ella.

 




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