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La Belleza de la Familia (2/3)
Toda persona necesita amar y ser amada

La relación única y preciosa que guarda el amor con la familia.


Por: Estanislao Martín Rincón | Fuente: Catholic.net



 

Doy por hecho, lector, que has oído en muchas ocasiones y quizá hayas dicho también, eso de que toda persona necesita amar y ser amada. Es un lugar común muy transitado, una verdad tan evidente y tan compartida que resulta difícil encontrar quien la conteste. A causa de este consenso generalizado y de su uso repetido, es muy probable que le prestemos escasa atención y nos detengamos poco en su contenido. Ahora bien, no por oída se convierte en superficial y no por repetida debemos dejar de considerarla; al contrario, es una verdad de tanto peso que bien merece que la examinemos con cierto detenimiento. Al menos por dos motivos: uno, por su relación con la familia, y dos, porque siendo cierto que toda persona necesita amar y ser amada, también es cierto que no necesita de ambas cosas de la misma manera.

Comienzo por este segundo motivo. Toda persona necesita amar y ser amada. Estamos ante una afirmación doble, cuyas partes son una activa: “toda persona necesita amar”, fundamentada en el verbo dar, y otra pasiva, “toda persona necesita ser amada”, fundamentada en el verbo recibir. En realidad se trata de dos afirmaciones que solemos pensar unidas, cada una con el cincuenta por ciento del valor total, conviviendo ambas en un supuesto equilibrio igualitario. Pues bien, hay que decir que esto no es así. Esa supuesta igualdad entre amar y ser amado solo cabe imaginarla teóricamente, pero está lejos de encontrarse en la práctica, en la vida habitual de cada día. Dicho esto, aparcamos de momento esta idea para retomarla de inmediato.

Vamos ahora con el primer motivo antes señalado: la relación única y preciosa que guarda el amor con la familia. Es una relación que podemos abordar desde diversos puntos de vista. Yo quiero introducirme en ella echando mano de un principio que he visto tratado muchas veces, y al que yo mismo recurro con frecuencia cuando tengo que hablar de educación. Ese principio es la idea de que la persona humana es perfectible. El hombre es un ser progresivo. Toda vida arranca desde un alto grado de inmadurez en el nacimiento y a la vez está llamada a una perfección que prácticamente no conoce límites. ¿Cómo se realiza este perfeccionamiento? En el plano meramente humano, desde lo que podemos hacer con nuestras fuerzas está en la educación, la cual a su vez está basada en el aprendizaje. Venimos a este mundo con una dotación de instintos mínima, importante pero muy precaria, que por sí misma no nos asegura la supervivencia. Como compensación de esta dotación deficitaria está la capacidad para el aprendizaje ya que del mismo modo que apenas podemos echar mano de nuestros instintos, a la vez tenemos una altísima capacidad para aprender. Este es el gran fundamento humano de la educación, su fundamento antropológico, que posemos una amplísima capacidad para aprender, si bien tenemos que aprenderlo todo.

Pues bien, dentro del inmenso repertorio de cosas que hemos de aprender (conocimientos, actitudes, estrategias, habilidades, normas, etc.) también está el amor. Tenemos que aprender a amar. El amor no es una cosa instintiva, aunque haya diversos impulsos instintivos que concurren en él. Pero no se ama por el solo hecho de haber nacido hombre, se ama si se aprende a amar. El amor es pluridimensional porque así es la persona humana; podría compararse con una cuerda formada por varias hebras, de las cuales la más importante es la voluntad. Que la voluntad sea la dimensión fundamental para amar es lo que hace que haya que aprender a amar ya que nadie nace con su voluntad bien educada. Cualquiera que haya tenido que participar de la tarea educadora, aunque haya sido en escasa medida, desde los primeros lances de esta tarea habrá experimentado que la educación de la voluntad exige de un esfuerzo continuado, paciente y lento, lleno de impedimentos que surgen por todas partes, desde el exterior y desde el interior de la persona (digamos de paso que estos, los impedimentos interiores, son los más correosos y los más resistentes), de inumerables contratiempos, caídas, recaídas y levantamientos. Todo ello evidencia la relación directa de la educación en el amor con el dominio de la voluntad.



Por eso, mientras que la voluntad no esté afianzada, la capacidad para amar será muy escasa, y la necesidad de ser amado muy grande. Esto es lo propio de una persona que aún está por hacer, un niño o un adolescente, que por una parte muestre una alta necesidad de ser amado y que a la vez tenga muy escasa capacidad para amar. Y es lo que suele ocurrir también en personas adultas que no han llegado al grado de madurez esperable, sea cualquiera la causa.

En la infancia esta necesidad de ser amado se manifiesta de manera egocéntrica (conviene no confundir el egocentrismo con el egoísmo). Cualquier niño normal todo lo interpreta en función de sí mismo, para el niño toda su vida gira en torno en torno a él, buscando satisfacer lo que él entiende como el propio bien. Así es y así debe ser. Conviene aprovechar esa tendencia para que la persona aprenda a amarse a sí misma correctamente porque ese será el cimiento sobre el cual poder edificar más adelante el amor verdadero, el amor excelso, el amor de donación sin intereses egoístas.

También es egocéntrica la adolescencia, si bien en este período de la vida, el egocentrismo convive con el despertar a los grandes ideales y con las primeras inquietudes por el bien ajeno. Se trata de una etapa difícil y a menudo desconcertante porque el adolescente se encuentra sometido, en este campo, a dos fuerzas contrarias: por una parte no ha abandonado el egocentrismo de la infancia y por otra se ve llamado a abrirse a los otros, especialmente al grupo de iguales. Si el lector es padre o profesor de adolescentes se habrá encontrado con frecuencia con que sus hijos o alumnos se muestran en unas ocasiones extraordinariamente generosos, abiertos a los ideales más elevados, y en otras terriblemente egoístas, pasando de un extremo a otro con una facilidad pasmosa. La vivencia de estos dos tipos de conductas contrarias, una egocéntrica y otra altruista, puede producir interiormente una desazón del adolescente consigo mismo provocada por la falta de estabilidad interna, un no saber muy bien quién es y cómo es uno mismo y probablemente un no saber qué quiere ser. Todo esto desemboca en una identidad insegura, como si la persona estuviera en riesgo de dejar de ser quien todavía no sabe bien quién es. Es una etapa provisional, que en un proceso de normalidad viene a estabilizarse al final de la adolescencia, pero que mientras dura mantiene a los muchachos en una situación en la cual se hace prácticamente imposible que uno se ame a sí mismo porque cada vez que el adolescente, haciendo un ejercicio de introspección, vuelve sus ojos hacia su propia persona, no ve que haya nada de amable en ella. Digamos de manera resumida, para no alargar este punto, que el adolescente se percibe a sí mismo internamente como una maraña de sensaciones e ideas contradictorias cuya gestión resulta complicada y en la que el amor anda todavía muy inmaduro.

Por otra parte, este estado interior inseguro e inestable, exteriormente se manifiesta como una incesante búsqueda de reconocimiento por parte de los demás. Que los demás me quieran, que me lo hagan ver, que se me tenga en cuenta, que se me reconozca, que se cuente conmigo... Demos por bueno que esto ocurra en la adolescencia que es una etapa crítica, de apertura al mundo y de maduración intensa en la cual la identidad personal está cuajando, pero qué pena cuando nos encontramos con personas cargadas de años en las que se reproducen estas vivencias propias de la adolescencia. Cuántos adultos, hombres y mujeres, turbados con estos quebraderos de corazón que conducen forzosamente al hoyo de los quebraderos de cabeza. Cuánto desequilibrio entre la necesidad imperiosa de ser amados a toda costa y la menos imperiosa de amar desinteresadamente. Cuánta búsqueda ciega de uno mismo por caminos errados cuyo fin, archidemostrado, no es otro que un peregrinar de frustración en frustración y un lamento continuo. Cuánto sufrimiento inútil perfectamente evitable si nos hubieran enseñado a amar y/o nos hubiéramos empleado en aprender. Cuántas rupturas matrimoniales no tienen otra causa real, de fondo, que las consecuencias de estos desajuste afectivos.

He titulado esta serie de artículos SOBRE LA BELLEZA DE LA FAMILIA y aún no ha habido oportunidad de explicar la razón del título. Ahora llega el momento de hacerlo. Belleza de la familia por varios motivos, el primero de los cuales está en que es -debería ser- escuela de amor. Este es su cometido: enseñar a amar. Enseñar a amar de verdad, que no es lo mismo que alimentar las tendencias egoístas que todos llevamos dentro y a las que a veces disfrazamos con nombres pomposos: creatividad, filantropía, originalidad, bondad, etc.

La familia fundada en el matrimonio, especialmente cuando nos encontramos ante un matrimonio fecundo, es el gran escenario para el amor porque por su misma naturaleza es la única comunidad que ofrece las condiciones necesarias para ejercer el amor humano en sus distintas variantes: el amor conyugal bendecido y santificado con el sacramento del matrimonio, el amor de padres a hijos, de hijos a padres, entre hermanos, entre abuelos y nietos. Escuela de amor, escuela de virtudes, escuela donde se aprende a superar el egoísmo, a formar y fortalecer la voluntad.

En el artículo precedente, “Sobre la belleza de la familia (I)” dejé expresado el pesar que me produce ver que muchos de nuestros jóvenes están más interesados por la posesión de un curriculum apretado y brillante que por la formación de familias donde estas necesidades básicas de amar y ser amado puedan satisfacerse con naturalidad, con sencillez y alegría. Un buen curriculum no tiene nada de rechazable y es muy loable que quien pueda se empeñe en conseguirlo, pero por sí solo no tiene asegurados frutos de amor, mientras que de una buena familia sí cabe esperarlos. Un buen curriculum es un invento humano mientras que la familia es un invento divino y cualquier obra humana, por más valiosa que pueda ser, siempre estará por debajo de las obras de Dios y además a mucha distancia. Más aún, un buen curriculum o unas buenas perspectivas de éxito social y/o económico pueden poner a sus portadores en riesgo de inflar su vanidad de manera notable (que se hace notar fácilmente) pues no es difícil dejarse seducir por el lucimiento y por el aplauso que suele traer aparejado. Este riesgo es demasiado fácil como para no tenerlo en cuenta. En el reducido círculo de los personajes públicos sobran ejemplos conocidos de todos y en el círculo más amplio que es la sociedad en general tampoco costaría trabajo encontrar casos particulares de personas cuyos éxitos profesionales se han conseguido al precio de romper el matrimonio y dejar profundamente heridos a los hijos (y a los abuelos), a veces para siempre. El fenómeno es muy preocupante, cada caso es un drama y podemos encontrarlo repetido tanto en la realidad como en la ficción. El cine, que tanto podría contribuir a mostrar y difundir los grandes valores de la familia, ofrece un extenso repertorio de películas basadas en lo contrario.

Quienes apostamos por el matrimonio y la familia tenemos una gran responsabilidad para con los jóvenes. Mostrar su belleza, difundirla y defenderla es tarea para la cual no hay especialistas porque nos concierne a todos, al menos a todos los que compartimos estas ideas y creemos en ellas.





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