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Un Angel en la tierra
Testimonio de amor de una familia ante el dolor y el sufrimiento

Cuida a su marido amnésico, a su hijo con parálisis y a su padre enfermo, a pesar de todo, Ma. Ángeles sonríe y evangeliza.


Por: Fernando de Navascués | Fuente: Catholic.net



Cuida a su marido amnésico, a su hijo con parálisis y a su padre enfermo, a pesar de todo, Ma. Ángeles sonríe y evangeliza.

Es una de esas historias que te cuentan y te dejan una sensación extraña, a mitad de camino entre la admiración y la pregunta de cómo habría reaccionado yo en su lugar. La historia de Ma. Ángeles no deja indiferente a nadie. Ella tiene un hijo con parálisis cerebral y a su padre, ya mayor, enfermo y en su casa. Pero el Señor tenía para ella una nueva misión: este verano se quedó sin trabajo, y a la vuelta de vacaciones, en el tren, a su marido le dio un infarto. Estuvo bastante tiempo sin respirar, e incluso los médicos le sugerían que lo mejor era no seguir insistiendo en la reanimación: “Señora, en caso de despertar, ¿sabe cómo va a quedar su marido?” Al final, volvió a la vida, pero sufre amnesia y no recuerda nada, absolutamente nada de lo que vivió antes del infarto. Ahora Ángeles es la evangelizadora de su marido, su apóstol, y cada día le presenta a Jesús. Un Jesús que ya le había conquistado hace décadas en un Cursillo de Cristiandad -realidad eclesial de la que son coordinadores y responsables-, y el que tantas veces había predicado cuando en Semana Santa acudía con ella y sus hijos a Familia Misionera.

El 24 de agosto sus amigos recibieron este mensaje: “Agustín padre ha sufrido un infarto muy severo. Por favor, rezad por que la voluntad de Dios se cumpla, y si es posible podamos seguir disfrutando de él”.

El testimonio de Ma. Ángeles es el de la mulier fortis del que habla la Biblia, y se hace eco de él Alfa y Omega, el semanario de la diócesis de Madrid. Ella no renuncia a la esperanza y todo lo lee en esta clave: “Ahora puedo disfrutar de ir a los médicos con tiempo”. Es una forma de actualizar a san Pablo cuando éste dice a los romanos: “A los que aman a Dios, todo les sirve para el bien” (Rm 8, 28).

Cuenta Rocío Solís, la periodista de Alfa y Omega, que Ma. Ángeles habla pausada, sonríe –y no para de hacerlo–, mientras las lágrimas ruedan sin violentar. “Intuyes que son compañeras de camino y las responsables de que sus ojos grandes y profundos lean con tanta claridad la existencia”.



Mientras el matrimonio viajaba en tren, Agustín tuvo el infarto. Durante 40 largos minutos intentaron reanimarle. Primeramente por teléfono un médico de la familia hizo lo que pudo, les ayudó también un estudiante de Medicina y cuando, por fin, en algún punto del viaje, llegó el equipo sanitario, tras intentar reanimarle dos veces, le preguntaron a Ma. Ángeles: “Señora, en caso de despertar, ¿sabe cómo va a quedar su marido?”. En ese momento esa mujer fuerte y enamorada tuvo claras palabras: “Por favor, tengo a un hijo con parálisis cerebral, sé lo que es, no me asusta. Inténtelo. Somos una familia, le necesitamos. Inténtelo”.

En situaciones así sale lo mejor de uno mismo, y la esposa recuerda ante la periodista la oración que elevó: “Está medio muerto, pero Señor, que sea lo que tú quieras”. Y concluye su respuesta: “Bueno, el Señor es fiel…”.

Con todo, le avisaron que su marido fallecería camino al hospital. En ese momento para una madre católica y esposa de un hombre católico, su atención estaba en preparar a su hija María. Así que tuvo fuerzas para decirle: “María, venimos de unos días de vacaciones muy especiales en los que papá y yo hemos podido hablar mucho de vosotros. Me decía lo orgulloso que está de vosotros. Siempre hemos pensado que lo mejor de nuestra vida sois vosotros. ¡Qué suerte! Papá se irá directo al cielo”.

De los primeros días, Ma. Ángeles recuerda cómo rezaba con Agustín. Le ponía la cruz en la mano y le decía: “Cristo cuenta contigo, pero nosotros también. Agus, si puedes, aguanta”. Es verdad que mucha gente rezó por Agustín y por Ma. Ángeles, y por toda la familia, ¡claro! Es una familia muy querida y conocida, tienen amigos y, sobre todo, toda una comunidad de Cursillos detrás orando por ellos.

Ma. Ángeles recuerda una Eucaristía que pudo celebrarse en la unidad de cuidados intensivos. Aunque Agustín estaba en coma, pudo comulgar: el sacerdote puso en sus labios una gotita de la sangre de Cristo: “Fue impresionante contemplar toda la vida de un Dios en mi marido en coma”, recuerda su esposa.



Pasó algún tiempo y Agustín despertó. Sin embargo tiene amnesia y no es capaz de acordarse de quién es ni nada de su propia vida. Una vida en la que ha destacado por ser un abogado brillante, por tener una cultura extraordinaria, muchas habilidades sociales y, aún más importante, ser un hombre de profunda fe católica. Ma. Ángeles da prioridad a lo importante: “Ni recuerda su experiencia de Dios… Qué poco somos… Y aún así, ¡toda una vida! Me tiemblan las piernas pensando: ‘Señor, ¿cómo hago para que vuelva a saber de ti?”.

“¿A qué te agarras cuando te mira y no te ve a ti?”, le pregunta la periodista. “Es duro que no me reconozca. Es un sufrimiento que le pregunte a mi hija quién es. Pero Cristo está. Le pido consuelo y responde. Es una oportunidad para volver a construir lo que no estaba sólido. Uno mi cruz a la de Cristo para la salvación del mundo. Afuera hay verdaderas cruces. No la mía. A Dios le pides ayuda y te devuelve tarea. Pero gozosa. Nuestro precio, nuestro salario es ése”.



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