Entrevista a un Misionero de la Misericordia
Por: Dr. José Mª Montiu de Nuix | Fuente: Catholic.net

Centrando la cuestión: ¿cuál es el “cuándo” de un Misionero de la Misericordia?
Nos encontramos precisamente en el tiempo de la misericordia. Época en la que la fantástica santa polaca, Faustina Kowalska, y la devoción a la misericordia divina, tienen mucho que decirnos. Estamos en el jubileo extraordinario, Año de la Misericordia, ocasión extraordinaria de renovación de la Iglesia. Año Santo que tiene unos objetivos muy claros. Así, el querido Papa Francisco, en su libro-entrevista, preguntado por las experiencias principales que un creyente debería vivir en el Año Santo de la Misericordia, respondió: “Abrirse a la misericordia de Dios, abrirse uno mismo y abrir el propio corazón, permitir a Jesús que le venga al encuentro, acercándose con confianza al confesonario. Y, procurar ser misericordioso con los demás”. Una respuesta que, como es evidente, pasa especialmente por el confesonario, por el perdón sacramental. En “Misericordiae Vultus”, 17, el Vicario de Cristo, Francisco, ya había afirmado: “Ponemos de nuevo en el centro con convicción el Sacramento de la Reconciliación, porque permite tocar con la mano la grandeza de la misericordia”. Sacramento de la Reconciliación, Sacramento de la Confesión de los Pecados, Sacramento de la Misericordia, Sacramento de la Paz y de la Alegría, lugar privilegiado del encuentro con el amor misericordioso de Dios, donde se toca con la mano el corazón llagado y amoroso de Cristo Jesús, amor que perdona, que perdona amando. En suma, ahora es el tiempo en el que la Iglesia ha de anunciar el Perdón, la Misericordia divina. El tiempo de Francisco, Sumo Pontífice, es el tiempo de la Misericordia infinita, el tiempo del Perdón.
¿“Qué” y “quién” de un Misionero de la Misericordia?
Todos los cristianos hemos de ser mensajeros de la misericordia. Pero, además, el Santo Padre Francisco a algunos sacerdotes nos ha hecho un nombramiento especial, el de “Misionero de la Misericordia”, enviándonos, y, dándonos, durante el Año de la Misericordia, la potestad de perdonar directamente pecados que estaban reservados a la Santa Sede. El Papa Francisco, en la basílica vaticana de san Pedro, rogó paternalmente por los Misioneros de la Misericordia. Tenemos, pues, la ayuda de su valiosísima oración. Un Misionero de la Misericordia es, por tanto, un chico del Papa. Más concretamente, es alguien que, en debida comunión con el Romano Pontífice, debe estar disponible a servir a los Obispos y a Párrocos que le llamen, a fin de predicar la misericordia y confesar misericordiosamente. Servir que sólo encuentra su sentido dentro de una vida que quiere ser una vida de amor a la persona de Cristo. Parafraseando a la santa albanesa-yugoslava, madre Teresa de Calcuta: ¡lo hacemos por Jesús!
¿Nos puede contar algo más personal como Misionero de la Misericordia?
Sí, claro. Esto es, que tengo muchos pecados. Por esto mismo cada semana digo mis pecados a un sacerdote, también le cuento aquellos pecados que me son más penosos de decir. Cada semana me confieso, cada semana pido la absolución sacramental. Son, pues, más de medio centenar de confesiones al año. El perdón recibido me da un cariñoso y muy apreciable impulso en el camino del seguimiento del adorable redentor, Jesús, el Amado, Amor infinito, tan bueno, tan hermoso.
¿Les han dado algunas indicaciones sobre cómo realizar la misión de confesores?
El Papa, Francisco, nos ha empapado con la lluvia de una bella idea: confesar misericordiosamente, confesar como madres. Nuestro modelo general es, pues, el cariño de las madres. Esto es, nuestro paradigma es una de las mayores maravillas del mundo. ¡Cuán hermosos sentimientos deja en el alma el recuerdo de nuestras buenas, benevolentes y tan acogedoras madres! También se nos ha venido recordando, como modelos, a infatigables e infatigables confesores como los capuchinos italianos san Pío de Pietrelcina y san Leopoldo Mandic, así como al santo francés, san Juan Mª Bautista Vianney, el santo cura de Ars. La idea es muy clara, muy evidente: hay que ir a las periferias existenciales, y la peor de ellas es estar en pecado mortal. Resulta muy importante procurar robar las almas al demonio, devolvérselas a Dios. Al mismo tiempo, dado que todos somos pecadores, a todos nos hace mucho bien el sacramento de la confesión. Este sacramento renueva el mundo haciendo hijos de Dios, ayudando a ser más buenos hijos de Dios, y, también, haciendo herederos del cielo. Ya al inglés Chesterton lo que especialmente le atrajo de la religión católica fue el sacramento del perdón de los pecados.
¿Recuerda alguna anécdota de su ministerio como Misionero de la Misericordia?
Sí. Prediqué que es en el sacramento de la confesión de los pecados donde de modo muy especial el amor misericordioso de Dios se vierte en nuestras almas. El confesonario es, pues, un lugar privilegiado del encuentro con el amor de Dios, amor que perdona. Comparé pues confesarse con recibir un beso de Dios, o mucho más. Sé que hubo persona que, como bella flor, vivamente emocionada, decidió que se confesaría para recibir el beso del buen Jesús.


















