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"Tiempos de fe" Libro 1
El Espíritu Santo es la tercera persona de la Santísima Trinidad, que llegamos a conocer por la revelación con la fe, con el corazón y con la ayuda de sus dones.


Fuente: Tiempos de fe, libro 1, año 1, No. 1, Noviembre 1998.



"Tiempos de fe"

Reciban al espíritu Santo

  • Descubre a los fieles el sentido profundo de las enseñanzas de Jesús.
  • El Espíritu Santo nos guía de manera segura por el camino que conduce a Dios.
  • Asiste a la Iglesia y a cada uno de sus miembros hasta el fin de los siglos.

La tarde del primer día de la semana, después de haber resucitado, vino Jesús con sus discípulos y les dijo: “La paz sea con ustedes.”

Diciendo esto, sopló sobre ellos diciendo: “Reciban al Espíritu Santo”.
(JN20,19-22)

El Espíritu Santo es la tercera persona de la Santísima Trinidad, que llegamos a conocer por la revelación con la fe, con el corazón y con la ayuda de sus dones. 



Sabemos que todas las obras vienen de Dios; sin embargo, fundándose en las Escrituras y la Tradición, los teólogos señalan a cada una de las Personas de la Trinidad, funciones y caracteres propios. Al Padre se le atribuye la Creación: dio al hombre el soplo de la vida; al Hijo la Redención; murió en la cruz para que nuestros pecados nos fueran perdonados, y al Espíritu Santo el camino por el cual llegaremos a nuestra salvación. 

Cuando Jesús resucitó abrió paso al Espíritu Santo, que en la fiesta de Pentecostés (fiesta agrícola que los judíos celebran cincuenta días después de su pascua) descendió sobre María, la madre de Jesús, y los Apóstoles, con un gran viento, y después, lenguas de fuego que se posaron sobre la cabeza de cada uno de ellos, llenándolos de sus dones y haciéndoles comprender todo lo que les había enseñado y que hasta ese momento entendieron plenamente. Ese día, gracias a la venida del Espíritu Santo, comenzó la evangelización y nació la Iglesia.

Cuando las virtudes, que se nos comunican con la gracia de los sacramentos o por cualquier otro medio, no son suficientes para encontrar el camino adecuado, el Espíritu Santo nos impulsa, nos ayuda y nos dirige con regalos especiales que llamamos “Dones del Espíritu Santo”, receptores sobrenaturales para captar las inspiraciones que Dios pone en nuestra alma para lograr nuestra santificación. El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia, es el que enseña a  los fieles el sentido profundo de las enseñanzas de Jesús.

Los dones del Espíritu Santo son siete:

  1. Don de entendimiento
  2. Don de ciencia
  3. Don de sabiduría
  4. Don de consejo
  5. Don de piedad
  6. Don de fortaleza
  7. Don de temor de Dios

Mediante el don de entendimiento nos permite descubrir con claridad la fe; con este don se nos da un conocimiento más profundo de los misterios revelados.

Para llegar a este conocimiento no bastan las luces ordinarías de la fe, es necesaria la intervención especial del Espíritu Santo que recibimos en la medida que se correspondamos a la gracia, a nuestra pureza del corazón y a nuestros deseos de santidad.

El don de entendimiento nos hace captar el sentido más hondo de las Sagradas Escrituras. Con este don contemplamos a Dios en medio de las tareas ordinarias y los acontecimientos agradables o dolorosos de la vida de cada uno y nos ayuda a descubrir a Dios en todas las cosas creadas. 

David, en el salmo 119, le pide a Yaveh este don: “Dáme entendimiento para que guarde tu ley y la cumpla de todo corazón”. 

No se trata de una ayuda extraordinaria que se concede únicamente a personas excepcionales, sino a todos aquellos que quieran ser fieles al Señor en cualquiera que sea su vocación, santificando sus alegrías y sus dolores, su trabajo y su descanso. 

Gracias al don de ciencia se hace más fácil al hombre ver las cosas creadas como medios para llegar a Dios, juzgar con rectitud las cosas y Mantener su corazón en Él.

Con el don de la ciencia, el cristiano percibe y entiende con toda claridad que toda la creación ha venido de Dios y de Él depende. Es una disposición sobrenatural por la que el alma participa de la misma ciencia de Dios, descubre las relaciones entre lo creado y su Creador y en qué medida sirven para la salvación del hombre.

Debemos aprender, con este don, a ver las cosas a través de Dios.

Mediante este don el cristiano, dócil al Espíritu Santo, sabe discernir con perfecta claridad lo que lleva a Dios y lo que le separa de Él en las artes, en el ambiente, en las modas, en las ideologías…. Se tiene verdadera necesidad de este don para convertir las actividades diarias, propias de nuestro estado, en medio santidad y apostolado.

El don de la sabiduría está íntimamente ligado a la virtud de la caridad y el Espíritu Santo lo pone al alcance de las almas que aman al Señor.

Este don nos hace aprovechar las ocasiones de mostrar amor a nuestro prójimo y acercarlo eficazmente a Dios; nos hace entender que aún lo inexplicable coopera al bien de los que lo aman; entendemos mejor, poco a poco, el plan providencial de Dios, precisamente en las cosas que antes no entendíamos, en los casos dolorosos o imprevistos, permitidos por el señor en vista de un bien mayor.

“Preferí la sabiduría a los cetros y a los troncos y en comparación con ella, tuve en nada la riqueza. Todo el oro es ante ella como un grano de arena. La amé más que a la salud y a la hermosura y antepuse a la luz su posesión. Todos los bienes me vinieron juntamente con ella, porque la sabiduría es quien los trae. Es para los hombres un tesoro inagotable y los que de este tesoro se aprovechan, se hacen partícipes de la amistad de Dios”. (sab 7, 8-14)

Como una madre conoce a su hijo a través del amor que le tiene, así el alma mediante el amor, llega a un conocimiento profundo de Dios que permite a quien lo ama comprender mejor sus misterios.

Es un don del Espíritu Santo porque es fruto de la caridad infundida por Él en el alma, a la que hace participar de su sabiduría infinita.

El don de la sabiduría nos trae una gran paz, nos ayuda a llevar la alegría allí donde vamos y a encontrar esa palabra oportuna que ayuda a reconciliar a los que están desunidos. A este don corresponde la bienaventuranza de los pacíficos, aquellos que teniendo paz en sí mismos, la comunican a los demás.

En muchas ocasiones nos desviamos del sendero que nos conduce a Dios. Pero el Señor nos ha asegurado. “Yo re haré saber y te enseñaré el camino; seré tu consejero y estarán mis ojos sobre ti”. El Espíritu Santo es el mejor guía, el más sabio maestro. Jesús prometió a sus Apóstoles: “No se preocupen de qué o de cómo hablarán, porque se les dará en aquella hora lo que deban decir. No serán ustedes  los que hablarán, sino el Espíritu del Padre será el que hable por ustedes”.

El Espíritu Santo, mediante el don de consejo, nos guía de manera segura por el camino que nos conduce a Dios, nos hace prudentes al escoger los medios que debemos emplear en cada situación difícil y nos ayuda a tomar la decisión que más nos beneficie, con rectitud y rapidez. Infunde el amor en nuestros corazones, nos da paz, alegría; hace en nosotros mayor el espíritu de sacrificio, nos auxilia en el cumplimiento de nuestro deber. En fin, insinúa el camino que debemos tomar en cada circunstancia, sobre todo si tenemos duda. Este don es particularmente necesario a quienes tienen la misión de orientar a otras personas. 

El don del consejo está íntimamente ligado con la prudencia que necesitamos en cada acto de nuestra vida; nos hace prever las posibles consecuencias de nuestras acciones, echar mano de la experiencia, pedir consejo oportuno cuando lo necesitemos.

Es la prudencia natural que cada quien tiene, agudizada por la gracia. 

El sentirnos hijos de Dios, efecto del don de piedad, nos enseña y nos facilita tratar a Dios como a un padre y a nuestro prójimo como hermano.

En el Antiguo Testamento se nos enseña cómo el pueblo manifiesta este don de muchas maneras: sacrificios, actos de satisfacción por las faltas cometidas, alabanzas, salmos…. En el Nuevo Testamento, Jesucristo mismo nos enseñó cómo debemos dirigirnos a Él : “Cuando oren, deben decir: Padre….” Y nos dejó la más bella oración que puede haber: el Padre nuestro, oración que rezamos tanto en alegrías, como en tristezas y dificultades, cuando andamos de viaje, cuando damos gracias…. Es una de las primeras oraciones que nos enseñaron nuestros padres y una de las primeras que enseñamos a nuestros hijos.

El don de piedad nos une a Dios por nuestras oraciones y demás actos de adoración.

Con este don, oramos a nuestro Padre de muchas formas: a veces, quizá nos quejemos con Él, otras le demos gracias, o le pedimos que tenga paciencia con nosotros, que estamos luchando por portarnos como verdaderos hijos suyos. Hay mil maneras de hablar con un padre y, si algunas veces no sabemos qué pedir o cómo hacerlo, el Espíritu Santo pedirá por nosotros. Debemos pedir insistentemente, hasta que nos escuche, sin olvidar decirle que si esto que pedimos es también su voluntad, nos lo conceda. 

La confianza que sentimos al sabernos en manos de Dios, nuestro Padre, nos hace sentirnos seguros, firmes; aleja de nosotros la angustia y la inquietud, nos ayuda a estar serenos ante las dificultades y nos impulsa a tratar a los que están cerca de nosotros con respeto, a compadecernos de sus necesidades y tratar de remediarlas. La piedad hacia los demás nos hace juzgarlos sin dureza y nos dispone a perdonar con facilidad las ofensas recibidas.

En la historia del pueblo de Israel se habla de la continua protección de Dios. La misión de los que los conducían a la tierra prometida era superior a sus fuerzas. Así cuando Moisés le dice al Señor que él no es capaz de liberarlos de Egipto, el Señor le contesta: ”yo estaré contigo”. Esa misma ayuda la da a los Profetas y a todos los que reciben misiones especiales, que no pueden llevarse a cabo sin la fortaleza que han recibido de Dios. Yaveh es la Roca de Israel, su fortaleza, su seguridad.

El Señor promete a sus Apóstoles “que serán revestidos por el Espíritu Santo, de la fuerza de lo alto”. Él asistirá a la Iglesia y a cada uno de sus miembros hasta el fin del mundo. La virtud de la fortaleza, la ayuda de Dios, es necesaria al cristiano para vencer los obstáculos que se le presentan en el cumplimiento de su deber y en aumentar cada día su amor a Dios.

Esta virtud se refuerza con el don de la fortaleza.

Con este don, nos sentimos capaces de las acciones más difíciles y de soportar las penas más duras por amor a Dios, sabiendo que no lo logramos por nuestro propio esfuerzo sino por la ayuda que se nos da; casi oímos, en estas pruebas, que Dios nos dice al oído. ”Estoy contigo”, y si Él está con nosotros, ¿a qué le vamos a temer? quién podrá separarme del amor de Cristo? ¿A caso la tribulación o la angustia, o el hambre, o la desnudez, o el riesgo, o la persecución, o el cuchillo.

De todo esto triunfamos por virtud de Aquél que nos amó”. Seguramente san Pablo, al escribir esta carta, había recibido del Espíritu Santo una buena dosis del don de Fortaleza, que realmente necesitaba, y termina diciendo: “Todo lo puedo en aquél que me conforta”. Y así pudo sembrar la palabra de Dios entre los gentiles y finalmente, morir por amor a su Maestro, porque el Espíritu siempre lo acompañó prodigándole sus dones.

Ante tantas tentaciones y pruebas a las que tendremos que enfrentarnos, santa Teresa decía que Dios nos había puesto dos remedios: “amor y temor; el amor nos hará apresurarnos los pasos y el temor hará ir mirando para no caer”. Santa Teresa habla del temor de Dios, temor que nace del amor que se le tiene a Dios y el temor de ofenderlo; temor de un hijo que teme causar dolor y tristeza a su Padre; es la conciencia de saber la distancia infinita que existe, entre nosotros pecadores y Él, nuestro Creador, es el deseo de “quedar bien” con el que tanto nos da. Quien teme al Señor se aparta del mal camino. Este hace al hombre precavido y vigilante para no pecar.

Cuando se pierde el temor de Dios, se pierde también el sentido del pecado; se pierde el sentido de la Majestad de Dios y del honor que se le debe; se olvida quien es Dios y quienes somos nosotros. 

Entre los efectos principales que genera el temor de Dios, está una actitud interior de vigilancia para evitar las ocasiones de pecar, deja una particular sensibilidad para detectar lo que puede entristecer al Espíritu Santo.

Del don de temor nace la humildad, ya que el alma se da cuenta de su lugar ante la Majestad de Dios, sin querer ocupar el de Dios, sin desear recibir honores que sólo a Él corresponden. Una de las manifestaciones de la soberbia es el desconocimiento de este don.

Nuestra vida es un camino que nos lleva a Dios, un sendero corto. Importa, sobre todo, que al llegar se nos abra la puerta y entremos. Para lograrlo debemos, mientras caminamos, buscar la voluntad de Dios y en esa búsqueda, nos serán de gran ayuda los dones del Espíritu Santo.

Nuestra pentecostés personal 

  • La Confirmación es uno de los siete sacramentos que Cristo instituyó. 
  • La Confirmación es necesaria para vivir rectamente la vida cristiana.
  • El día de la Confirmación recibimos el don del amor eterno de Cristo.

Nos encontramos en el segundo año de preparación para el Gran Jubileo del año 2000, año dedicado al Espíritu Santo.

Durante este tiempo debemos de meditar sobre el Espíritu Santo, para conocerlo mejor y así fomentar una unión más íntima con Él. Como parte de este acercamiento, necesitamos tomar en cuenta el Sacramento de la Confirmación, ya que el Espíritu Santo está muy ligado a este sacramento, puesto que por medio de Él, los bautizados se fortalecen con sus dones.

El día de Pentecostés –cuando se funda la Iglesia – los apóstoles y discípulos se encontraban reunidos junto a la Virgen. Estaban temerosos, no entendían lo que había pasado –creyendo que todo había sido un fracaso se encontraban tristes.

De repente, descendió el Espíritu Santo sobre ellos –quedaron transformados y a partir de ese momento entendieron todo lo que había sucedido, dejaron de tener miedo, se lanzaron a predicar el Evangelio y bautizar.

La Confirmación es “nuestro pentecostés personal”. El Espíritu Santo actúa continuamente sobre la Iglesia de modos muy diversos. La Confirmación –al descender el Espíritu Santo sobre nosotros –es una de las formas en que Él se hace presente al pueblo de Dios.

La misma palabra Confirmación afirmar o consolidar, nos dice mucho. Por medio de este sacramento estamos afirmando lo que  en el Bautismo recibimos. Es decir, todos los bautizados se consolidan como cristianos. El Catecismo de la Iglesia lo llama junto con el Bautismo y la Eucaristía, Sacramentos de la Iniciación Cristiana, porque son los que ponen las bases para la vida cristiana. Lo que nos lleva a no menospreciar este sacramento, si queremos ser verdaderos cristianos.

La Confirmación es uno de los siete sacramentos que Cristo instituyó. En este sacramento, Cristo nos otorga la gracia de la madurez cristiana y nos hace testigos de Él. 

El Nuevo Testamento nos narra como los apóstoles, en cumplimiento de la voluntad de Cristo, iban imponiendo las manos, comunicando el Don del Espíritu Santo, destinado a complementar la gracia del Bautismo. En hechos “ al enterarse los apóstoles que estaban en Jerusalén de que Samaria había aceptado la palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan”.

Estos bajaron y oraron por ellos para que recibieran al Espíritu Santo; pues todavía no había descendido sobre ninguno de ellos únicamente habían sido bautizados en nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían al Espíritu Santo “(Hch 8, 17;19,6): Aquí vemos como se habla de la Confirmación de una manera clara y explícita. Cristo había anunciado la necesidad de la venida del Espíritu Santo completar su obra. Igualmente, este pasaje nos indica un sacramento distinto al Bautismo.

Por este sacramento, al ser ungidos con el aceite-símbolo de fortaleza, abundancia, plenitud-junto a las palabras que el (obispo dice mientras pone el sacramento, el bautizado alcanza un arraigo más profundo a la filtración divina, se une más íntimamente con la Iglesia, y se fortalece para ser testigo de Jesucristo, de palabra y obra. Por Él es capaz de defender su fe y de transmitirla.

La persona humana nace, crece, y llega a una madurez biológica. Desgraciadamente en muchas no, sucede lo mismo con la vida espiritual. 

La Confirmación es el sacramento que nos convierte en cristianos maduros que nos convierte en cristianos maduros y nos hace posible llevar una vida cristiana más perfecta. Como sacramento de la madurez cristiana que nos hace capaces de ser testigos de Cristo. 

Son muchos los efectos que produce en nosotros la Confirmación, el efecto principal es que recibimos al Espíritu Santo en plenitud. Además de que recibimos una fuerza especial del Espíritu Santo, tal como la recibieron los apóstoles el día de Pentecostés, que nos permite defender y difundir nuestra fe con mayor fuerza y ser verdaderos testigos de Cristo. Nos une profundamente con Dios y con Cristo. Aumenta en nosotros los dones del Espíritu Santo. 

Nos une con un vínculo mayor a la Iglesia, lo que nos conduce a querer participar intensamente en ella. Aumenta la gracia santificante, por ser un sacramento que se recibe en estado de gracia. Se recibe la gracia sacramental propia que es la fortaleza, que nos lleva a no ser temerosos en lo que a nuestra fe se refiere. Imprime carácter, la marca espiritual indeleble, que nos marca con el Espíritu de Cristo. Es un sumergirse de manera más profunda en la comunidad cristiana. En él recibimos muchos auxilios sobrenaturales.

El bautismo es el único sacramento absolutamente necesario para la salvación. La Confirmación, no es absolutamente necesaria para la salvación, pero sí para vivir correctamente una vida cristiana, ya que da las ayudas necesarias para lograrlo. Por eso, el derecho vigente, prescribe que todos los bautizados, deben recibir este sacramento.   

El no hacerlo por desprecio o por no darle importancia, será matería grave de pecado.

La Iglesia es una Iglesia misionera, porque Cristo así la fundó, dándole el mandato a los apóstoles de “Ir y predicar…..”. A partir de Pentecostés, con la venida del Espíritu Santo los apóstoles se lanzaron a predicar sin miedo, movidos por la fuerza del Espíritu Santo.

Nosotros, por medio del Bautismo, entramos a formar parte de la Iglesia, del Cuerpo Místico de Cristo. Con la Confirmación somos llamados a vivir como miembros responsables de este Cuerpo.

Como fruto de este sacramento, al recibir el Espíritu Santo podemos construir el Reino de Dios en la tierra, a través de nuestras buenas obras, de nuestras familias, haciéndolas un semillero de fe, ayudando a nuestra parroquia, venciendo las tentaciones del demonio y la inclinación al mal.

El Espíritu Santo nos mueve seguir las huellas de Cristo, tomándolo como ejemplo en todo momento, ya sea pública o privadamente. Nos ayuda a ser perseverantes, luchadores, generosos, valientes, amorosos, llenos de virtudes y en caso de ser necesario, hasta mártires.

Otro fruto de sacramento es que sostiene e ilumina nuestra fe. Cuando lo recibimos estamos afirmando que creemos en Cristo y su Iglesia, en sus enseñanzas y exigencias y que, por ser la Verdad, lo queremos seguir libre y voluntariamente.

También sostiene y fortalece nuestra esperanza. Por medio de esta virtud creemos en las esperanzas de Cristo, sus promesas y esperemos alcanzar la vida eterna haciendo méritos aquí en la tierra.

Así mismo, sostiene e incrementa nuestra caridad. El día de la Confirmación recibimos el “don del amor eterno” de Cristo como un regalo de Dios. Este amor nos protege y defiende de los amores falsos, como son el materialismo, el placer, las malas diversiones, los excesos en bebidas y comida. 

Cuando recibimos algún sacramento de alguna manera nos comprometemos a algo. El día de la Confirmación, el confirmado se convierte en apóstol de la Palabra de Dios. 

Desde ese momento recibe el derecho y el deber de ser misionero. Lo cual no significa que tenemos que ir lejos, sino que desde nuestra propia casa debemos ser misioneros, llevando la palabra de Dios a los demás. Tenemos la obligación de ser misioneros en el lugar que Dios nos ha puesto.

La Iglesia de hoy necesita de todos sus miembros para conocer a Cristo por medio de la palabra  y con el ejemplo, imitando a Cristo. No nos dejemos llevar por el egoísmo o la comodidad.

Los Confirmados debemos de compartir los dones recibidos y al compartirlos estamos cumpliendo con el compromiso adquirido en la Confirmación de hacer “apostolado” sirviendo a los demás en nombre de Dios y transmitiendo la Palabra de Cristo. Se puede hacer todas las circunstancias de vida: en la vida familiar, en el trabajo, con los amigos. Es algo que todo confirmado tiene la obligación de hacer. No procede el decir: ”yo no puedo”. Se nos ha dado todo lo necesario, nosotros sólo tenemos que responder.

Ser “confirmado” significa darse por amor a los demás. Sin fijarse en su sexo, cultura, conocimientos y creencias. Se necesita una actitud de, disponibilidad para dar a conocer en todos lados.

En la Iglesia, el apostolado de los laicos es indispensable. Cristo vino a servir, no a ser servido.

También la Confirmación nos compromete a la santidad. Tenemos la obligación de ser santos, el mismo Cristo nos invita: “ sed pues perfectos como vuestro padre celestial es perfecto”. La santidad es una conquista humana, ya que Dios nos da el empujón, pero depende de nuestro esfuerzo y nuestro trabajo el alcanzarla.

El Espíritu Santo es el empujón que Dios, nos manda, por lo tanto, si lo tenemos a Él, no hay pretextos para no ser santos y no ponernos al servicio de los demás. La lucha es difícil, pero contamos con toda la ayuda necesaria.

¿Porqué confiar en Dios?

  • Dios siempre es fiel a sus promesas
  • La esperanza responde al anhelo de felicidad del hombre
  • El horizonte de la esperanza es la vida eterna

La seguridad es nuestra vida moral nos viene de la esperanza, la segunda virtud teologal, un don muy importante para el cristiano. Gracias a ella, muchas realidades dolorosas de esta vida: la muerte, el sufrimiento, la traición de los hombres, adquieren un nuevo sentido, se convierten en medios de salvación, en pasos para llegar a Dios, Por ella vivimos en esta vida con la certeza de que un día vamos a recibir la felicidad eterna del encuentro definitivo con Dios. Padre amoroso que nos está esperando y nos ayuda de diversas formas a llegar hasta Él.

Esperanza: es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo.

La virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva de egoísmo y conduce a la dicha de la caridad.

La esperanza es la virtud sobrenatural infundida por Dios en el momento del bautismo por la que tenemos firme confianza en que Dios nos dará, por los méritos de Jesucristo, la gracia que necesitamos en esta tierra para alcanzar la vida eterna.

Cuando Dios se revela y llama al hombre, éste no puede responder plenamente al amor divino por sus propias fuerzas.

Debe esperar que Dios le dé la capacidad de devolver el amor y de obrar conforme a los mandamientos de la caridad. La esperanza es aguardar confiadamente la bendición divina y la bienaventurada visión de Dios; es también el temor de ofender el amor de Dios y provocar su castigo.

El fundamento de esta virtud lo encontramos en la bondad y el poder infinito de Dios que siempre es fiel a sus promesas.

Dios ha prometido el cielo a los que guardan sus mandamientos y ha prometido además, que Él ayudará a los que se esfuercen en guardarlos. Dios nos da la gracia divina que nos permite hacer obras meritorias y, a través de ellas, alcanzar la gloria eterna.

La esperanza cristiana recoge y perfecciona la esperanza del pueblo elegido del Antiguo Testamento, que tiene su origen y su modelo en la esperanza de Abraham, colmada en Isaac. Él esperaba el cumplimiento de las promesas de Dios y su esperanza fue purificada por la prueba de sacrificio. (cfr. Gn 17, 4-8;22, 1-18).

Dios además hizo una alianza con Israel en el Monte Sinaí y Él siempre se mantuvo fiel. El pueblo se dejó llevar por la desconfianza y llegó a adorar a otros dioses, pero Dios seguía conservando su fidelidad, su amor hacia ese pueblo elegido.

Éste es el fundamento de la esperanza: Dios siempre se mantiene fiel en su amor hacia cada hombre y, por eso, aunque los pecados sean muchos, siempre se puede acudir a Él con arrepentimiento para recuperar la relación del amor que el hombre rompe con su infidelidad.

A veces, la Iglesia se refiere a la Santísima Virgen como “Esperanza nuestra”. Esto lo decimos porque, siendo ella, Madre Nuestra, Corredentora y Medianera de todas las gracias, nos alcanza de Dios la perseverancia final y la vida eterna.  

La virtud de la esperanza es tan necesaria como la virtud de la fe para conseguir la salvación, pues el que confía llegar al fin prometido por Dios, fácilmente abandonará los medios que le conducen a Él. Es la virtud de la alegría, de la motivación de la fuerza ante la dificultad y heroísmo de los mártires. Sin ella, el hombre queda encerrado en los horizontes de este mundo sin posibilidad de abrirse a la vida eterna y esto puede llevarle a la desesperación pues no será capaz de resolver los enigmas de la vida y de la muerte, de la culpa y del dolor (cfr.  Gaudium et Spes,n 21, 3). Sin ella, el hombre cree que está solo ante las dificultades, que no cuenta con la ayuda de Dios. Esto, unido a la constatación de su propia fragilidad, le sume en el pesimismo y en la falta de ilusión por superarse. Gran parte de la filosofía moderna existencialista olvidada de Dios sigue esta línea con terribles consecuencias para el hombre: desesperación, absurdo, suicidio.

Junto a la esperanza suele mezclarse el temor a Dios pues el hombre, sabiendo que puede ser voluntariamente infiel a la gracia y comprometer su salvación eterna, a veces encuentra mayor motivación para ser fiel a Dios en el hecho de que si no lo es, puede condenarse. Este temor de Dios es un don del Espíritu Santo que no hay que despreciar pues una esperanza sin temor  engendra presunción. Tampoco hay que exagerar, pues un terror puramente negativo puede producir desconfianza o desesperación. En definitiva, no se trata propiamente de un temor a Dios sino de un temor a perder a Dios.

El cristiano, a pesar de sus muchas faltas y pecados, confía en el Señor, recurre a la oración y a los sacramentos, a sus medios de perseverancia es sabiendo que Él cumplirá la promesa de llevarle a la vida eterna en su presencia.

Hay tres formas de pecar contra la esperanza:

1.- Desesperación: que consiste en creer que Dios ya nos perdonará a los pecados o no dará la gracia y los  medios necesarios para alcanzar la salvación. Es el pecado de Caín (Gn 4, 13) y de judas (Mt27, 3-6).

Equivale a una negación de la misericordia de Dios y lleva casi naturalmente a la pérdida de la fe. Los hábitos de pecado, la pereza espiritual que no pone ningún medio para vivir intensamente la fe, la soberbia y autosuficiencia, llevan fácilmente al espíritu a desconfiar de la gracia. Un hombre de mentalidad cristiana sana prefiere desconfiar antes de sí mismo que el inmenso poder y de la inconmensurable misericordia de Dios que tantas veces se pone de manifiesto a lo largo de la Sagrada Escritura   (ej. Lc. 15).

2.- Presunción: es un exceso de confianza que nos lleva a persuadirnos de que alcanzaremos la vida eterna sin emplear los medios previstos por Dios (la gracia o las buenas obras).

En la presunción se puede incurrir de muchas formas como el que espera salvarse sólo por las buenas obras, el que cree que se salvará sólo por la fe, el que deja la conversión para el momento de la muerte y mientras, vive como quiere, confiando temerariamente sólo en la bondad de Dios a la hora de la muerte, el que peca libremente por la  facilidad con que perdona Dios o los que se exponen fácil a las ocasiones de pecado. Aquí, en todos estos casos, se pierde de vista la justicia de Dios que pedirá cuentas a cada uno del uso de los talentos que le dio (Eclo 5,6).

3.- El pecado más habitual contra la esperanza es la Desconfianza. No se pierde por completo la virtud, sólo se debilita al constatar los obstáculos y las dificultades que aparecen cuando se quiere vivir a fondo el cristianismo. También aparece por el cansancio en la lucha por vivir las virtudes o por el olvido de que Dios es el verdadero protagonista de la santidad queriéndolo hacer todo sólo por las propias fuerzas. Da lugar al desánimo, al pesimismo o al abandono de la vida espiritual combativa. La forma más adecuada de salir de esta situación es acudir a Dios a través de la oración, los sacramentos, etc.

Curso básico de Evangelización

La propuesta es una ayuda sencilla y práctica para impartir un Curso Básico educación en la Fe, y una aportación metodológica y catequética para la formación de quienes vayan a usarlo.

Jesús, después de su resurrección, envió de parte del Padre, al Espíritu Santo para que llevase a cabo desde dentro, la  obra de la salvación y animase a los discípulos a continuar su propia misión en el mundo entero, como Él a su vez había sido enviado por el Padre.

El mandato de Cristo comporta cuatro aspectos íntimamente unidos entre sí: “anunciad”(Mc16,15), “haced discípulos y enseñad”(Mt28, 19-20) “ sed mis testigos”(Hch 1,8),que constituyen otros tantos elementos del largo proceso de la evangelización.

Ya en la práctica es fácil encontrar áreas más o menos extensas donde la Catequesis como parte de la evangelización, no está suficientemente estructurada. Muchos fieles reciben una formación cristiana ocasional, superficial y fragmentaria, donde los contenidos de la fe y de la moral flotan aislados y a la deriva en la conciencia de la gente. 

Como parte de la solución a este vacío, se hace indispensable, una vez más, partir de un núcleo básico, que como el Kerigma Apostólico, vaya expandiéndose cualitativa y cuantitativamente, hasta conformar una catequesis completa y sistemática que abarque el conocimiento y la vivencia de la totalidad del mensaje de Cristo.

Por eso, tiempos de fe, pretendiendo aliviar en algo esta necesidad de una forma práctica, presenta seriado, a partir de ese primer número, un Curso Básico ilustrado de educación en la fe, con su doble objetivo bien definido:

a.- Objetivo Doctrinal: Transmitir el mensaje básico de la fe a personas insuficiente formación religiosa.
b.- Objetivo Vivencial: Iniciarles en la vida cristiana promoviendo la vivencia práctica del Evangelio “en la casa del padre”, en el seno de la Iglesia Católica.

Características del Curso.

a. Es curso de iniciación, a partir del Catecismo de la Iglesia Católica, que sienta las bases necesarias para una ulterior formación más profunda y sistemática en la fe. 

b. Presenta los mínimos que el cristiano debe conocer a cerca de su fe y de las exigencias morales del Evangelio.

Presupuestos catequéticos del curso.

La propuesta es una ayuda sencilla y práctica para impartir un Curso Básico de educación en la fe, y una aportación metodológica y catequética para la formación de quienes vayan a usarlo.

El destinatario de la presente síntesis es el adulto con unos conocimientos doctrinales  elementales o con pocos recursos para preparar  adecuadamente un breve curso sistemático.

Por eso, el lenguaje es sencillo, evita todos aquellos términos de índole técnica, poco habituales para el cristiano común, sustituyéndolos por otros más accesibles. 

Aligeramos el rigor tecnicista  en función de la compresión sin perjudicar la propiedad doctrinal. 

Presentamos sólo los principales puntos doctrinales de cada tema: los fundamentales, sintéticamente y de forma clara. Pero eso sí, todos los necesarios para que el evangelizador los desarrolle del modo más adecuado a su capacidad, personalidad y a las necesidades de sus destinatarios y sus circunstancias.

Para que el evangelizador logre la finalidad propia de la catequesis, colaborando con el Espíritu para llevar a los hombres a la madurez en la fe, además de su testimonio y entusiasmo, le ayudará tener testimonio y entusiasmo, le ayudará tener en cuenta lo siguiente:

•    Guiar al destinatario a una integración activa en la vida de la comunidad cristiana, reflejada en el compromiso apostólico y la participación litúrgica.
•    Adaptar la explicación a la etapa de desarrollo cultural y espiritual del destinatario.
•    Favorecer el crecimiento de la fe en su dimensión objetiva y en su dimensión subjetiva: es decir, que sepan todo lo que deben saber y vivan de acuerdo a lo que saben.
•    El éxito de un evangelizador, es decir, que su labor produzca frutos de renovación de la fe, depende de su habilidad para motivar a sus alumnos para que se formen sólidamente para su propio bien y el de los demás.

Estructura de las lecciones.

a.    La planificación de las lecciones.
La planificación de lecciones exige desarrollar parte por parte, para que la lección quede completamente preparada.

Para entendernos, iniciemos un viaje fantástico. Lo primero que necesitamos es un mapa confiable, que brinde un alto grado de precisión y seguridad: que trace claramente el itinerario que permitirá llegar a donde queremos llegar.

La planificación de las lecciones es como preparar un viaje. Primeramente necesito definir el objetivo que espero alcanzar.

Sin tener una visión clara del objetivo, es muy probable que nunca llegue a mi destino. En cada lección los objetivos señalan el camino a seguir, y sirven como puntos de revisión en situaciones conflictivas.

Luego hay que pensar en los destinatarios. El aprender es algo muy personal. Cuando falta un conocimiento del destinatario ¿cómo podremos ayudarles a aprender? Debemos recordar que cada alumno es un individuo único con diferentes habilidades, actitudes, intereses y antecedentes.

La planificación es la forma de asegurar que se va presentar el material de una manera efectiva, completa y atractiva.
b.    Nuestro modelo de planificación.

Desde el punto de vista estructural, los elementos esenciales de cada tema son los siguientes:

1.    Título

El título es el resumen del mensaje contenido en todo el tema. Quien lo tenga en la memoria tendrá una llave importante para abrir camino hacia su apropiación y vivencia.

2.    Objetivo vivencial.

Sería bueno recordar que lo más importante de la educación en la fe es precisamente el efecto de cambio y conversión que produce en nuestra vida. Por eso en el orden de la evangelización el objetivo vivencial es el más importante.

Radicalizando un poco: si una sesión de catequesis produce la realización práctico o interior del objetivo vivencial, ha sido un éxito; y si no lo logra, por muchos valores que se le quieran encontrar, ha sido un fracaso.

3.    Objetivo Doctrinal.

Es el núcleo de la doctrina que se busca transmitir al alumno de forma que quede clara en su mente e integrada en sus conocimientos.

Es evidente que no basta tener sesiones muy motivantes, vivenciales y moralizantes si no se educa la otra vertiente de la fe: la recepción y la asimilación personal del mensaje de Cristo.

Por eso se insiste tanto en el objetivo doctrinal, que no es otra cosa que el contenido que el alumno comprende y aprende.

4.    Enlace.

El ser humano se introduce en un tema y recibe motivaciones de una sesión educativa en la medida que dicho tema toca existencialmente su vida.

En cada tema proponemos un problema humano que provoque el interés y estimule el esfuerzo por adentrarse en el tema y así el oyente se haga protagonista de su propio crecimiento en la fe. 

Es necesario elegir problemas humanos de fondo, que respondan a la realidad del oyente, no de simple actualidad.

Claro que se trata de una propuesta. El catequista puede elegir una mejor opción, siempre y cuando interesen y lleven a personalizar la doctrina.

5.    Dinámica

Es la técnica que se usa para iniciar la clase, captar la atención de los alumnos, hacerlos participar, despertar su interés o presentar más eficazmente determinados contenidos.

El Curso Básico plantea el tema en el póster  de la página ilustrada. El evangelizador puede simplemente hacer leer a los alumnos esa página, y preguntarles: ¿Les han gustado? ¿Qué les llamo más la atención, qué menos? ¿Qué le añades o qué le quitas, qué sugieres? 

Estas u otras preguntas semejantes van dirigidas a introducir en el diálogo y provocar la reflexión.

Luego se pregunta sobre el contenido del tema. Es una gimnasia obligada  de la comunicación humana para iniciar la participación antes de entrar en el núcleo de la cuestión, donde el alumno es mas pasivo; por eso se favorece su receptividad.

A continuación se harán preguntas más profundas, como por ejemplo: ¿Ves alguna relación entre los dibujos y la vida que nos rodea? ¿Qué acontecimientos de la vida real tiene parecido con las ilustraciones? ¿Los personajes qué nos enseñan?

6.    Puntos Doctrinales.

Contienen el verdadero esquema doctrinal del tema. Presentarlos de un modo tan simple y esquemático tiene el objeto de ayudar al catequista a sintetizar muy clara y sencillamente los puntos que el alumno debe aprender y él explicar.

Queda más claro ahora cuando decíamos sobre el objetivo doctrinal: todo se reduce a tener unos conceptos claros, pero esenciales que vayan dando a la mente del alumno una visión global y precisa de su fe.

Es evidente que el evangelizador debe desarrollar tales puntos. Para ayudar a la explicación puede elegir el estilo de preguntas y respuestas porque la fe es siempre el trayecto de la oscuridad a la compresión, de la duda al gozo de encontrar la verdad, del interrogante a la respuesta luminosa.

5. Propuestas Erróneas.

Son las equivocadas más comunes difundidas entre la gente. A modo de muestra hemos elegido solamente algunos de los errores estrictamente relacionados con el tema, sin perder en lo mínimo ser exhaustivos y para que el evangelizador enriquezca la sección con su propia experiencia y creatividad.

Pueden servir también como método interactivo para que el alumno reflexione, participe y profundice. En todo caso es un material adicional para redondear la explicación.

6.    Respuestas Válidas. 

Son el necesario complemento a la sección anterior. Para cada propuesta errónea ofrecemos la respuesta correcta como material de apoyo, utilizable según las necesidades.

En todo caso constituyen un modelo de prontuario para respuestas breves e inmediatas.

En la medida de lo posible enriquecemos con una cita bíblica para dar mayor solidez a la respuesta.

7.    Aplicaciones.

Ofrecemos algunas aplicaciones prácticas para la vida en cada tema.

Evidentemente se pueden añadir otras teniendo en cuenta:

•    Que los temas llevan a la vida práctica.
•    Que las aplicaciones vayan en relación lógica y natural con el desarrollo del tema.
•    Equilibrio para acentuar más unas que otras; hay que remanchar todos los clavos no solo unos cuantos.
•    Útiles también para el educador.

8.    Motivaciones.

También ofrecemos  algunas motivaciones de acuerdo al tema. Se aplica el mismo criterio, ni son las únicas ni las mejores.

El evangelizador use su propia creatividad teniendo en cuenta sus objetivos y a los oyentes.

Conviene recordar que las motivaciones son motores que impulsan a la persona desde dentro. Por lo tanto deben ser motivaciones que provoquen la auto convicción y el impulso interior; más orientadas a la voluntad que el estímulo sentimental pasajero.

Conclusión.

Lo expuesto es el recuento de algunos elementos metodológicos necesarios para el éxito humano de la catequesis, instrumento del soplo divino, que hace germinar y producir a la semilla sembrada en el surco preparado, limpio de piedras, espinas y maleza.

A partir de aquí, nuestro recorrido constará de veinticuatro temas. Nos vemos el próximo número. Y recuerden, la fe se fortalece dándola.

La Renovación Carismática

El bautismo, tesoro escondido

*El Concilio impulsó la renovación de la Iglesia
*Todo cristiano ha recibido muchos dones del Espíritu Santo
*Los carismas son gracia del Espíritu para el bien de la Iglesia

Cuando recientemente se renovaron las pinturas de la Capilla Sixtina en Roma, los restauradores comenzaron a quitar el polvo; luego se dieron a la tarea de resanar lo agrietado y reconstruir lo perdido. Finalmente repasaron los colores, hasta dejar al descubierto la belleza de la obra primitiva tal como la pintó Miguel Ángel.

De idéntica manera, el Concilio Vaticano II impulsó la renovación del la Iglesia, despertando en muchos cristianos, propósitos de mayor autenticidad y despojo de formulismo y rutinas que ya no decían nada.

A partir de entonces se ha extendido el autodenominado movimiento de la renovación de Vida en el Espíritu, o renovación carismática. Para revivir la experiencia que los apóstoles tuvieron en Pentecostés, y renovar el ardor carismático de la Iglesia primitiva en la que se palpaba el poder del Espíritu, invita a redescubrir el tesoro a veces desapercibido del propio bautismo y a recargar el corazón con los dones y frutos del Espíritu Santo.

Lo de renovación lo entendemos más o menos todos. Pero lo de carismática no tanto. Carisma en griego significa “don gratuito”. Todo cristiano pues como hijo de Dios ha recibido muchos dones de Él.

Los llamados carismáticos no son los únicos poseedores de los dones que Dios regala, aunque el uso, da el nombre a esta corriente de gracia porque está revalorando nuevamente esos dones que el Señor regala a toda la Iglesia.

Esta renovación carismática tiene muchos puntos positivos. Como se explican por si mismos, mencionamos los siguientes:

*Ha despertado un gran amor a la Sagrada Escritura.

*Ha impulsado a muchos a una profunda vida de oración.

*Ha difundido un estilo de oración alegre y comunitario de alabanza.

*Ha descubierto la presencia y la acción del Espíritu Santo.

*Ha contribuido a una mayor valoración de los sacramentos del bautismo y confirmación.

Desgraciadamente algunos no han logrado evitar ciertos riesgos, así:

*La forma exclusiva y peculiar de orar que se da en la renovación ha llevado a algunos a abandonar y despreciar formas válidas de oración como la vocal y el rosario.

*Manifiestan una fe inmadura quienes participan con exclusividad en las celebraciones litúrgicas de tipo carismático.

*En algunos casos se percibe una escasa valoración de los sacramentos.

*El sacramento de la reconciliación nunca puede ser sustituido por oraciones de  s a n a c i ó n  espiritual.

*Con el llamado “bautismo del Espíritu Santo” algunos pretenden restar importancia a los sacramentos del bautismo y de la confirmación.

*Se da en algunas personas una actitud de autosuficiencia y no aceptan la presencia y orientación del magisterio.

*Algunos promueven un ambiente de sentimentalismo y emoción con el que fácilmente se puede caer en el iluminismo y el subjetivismo.

*En algunos ambientes se pretende sustituir el magisterio de la Iglesia por un supuesto magisterio directo del Espíritu.

*Se corre el peligro de tomar lo secundario y externo como lo esencial de la renovación: alzar las manos, aplausos y canciones de corte protestante…

*Se integran poco a la vida pastoral de la parroquia. Hacen su Iglesia aparte.

*Valoran poco o desprecian las expresiones de religiosidad popular, la devoción a los santos y en ocasiones el culto y la devoción a María, Madre de Dios.

Extraordinarios o sencillos y humildes, los carismas son gracias del Espíritu Santo, que tienen directa o indirectamente, una utilidad eclesial; los carismas están ordenados a la edificación de la Iglesia, al bien de los hombres y a las necesidades del mundo.

Por esta razón aparece siempre necesario el discernimiento de carismas. Ningún carisma dispensa de la referencia y de la sumisión a los pastores de la Iglesia. A ellos compete sobre todo, no apagar el Espíritu, sino examinarlo todo y quedarse con lo bueno, a fin de que todos los carismas cooperen, en su diversidad y complementariedad, al “bien común”.

Los Caminos de Dios

Testimonio personal

Quiero compartir contigo la experiencia que me hizo conocer y definir cuál era el camino que le daría sentido a mi vida. En ese tiempo aprendí que sólo siendo auténtico se alcanzan los ideales que conducen a la felicidad.

La familia de mi madre era oriunda de una pequeña región en el Estado de Oaxaca, y en la época agraria tuvieron que salir huyendo.

Llegaron a la Capital con lo poco que pudieron sacar de su casa.

Al correr los años, mi madre salió embarazada siendo soltera. Esto para la abuela fue demasiado difícil de asimilar, se sentía decepcionada y avergonzada; entonces conoció  a los Testigos de Jehová y cambio su religión católica para unirse en ese ambiente.

Mi madre tenía que trabajar para mantenernos y delegó mi educación en la abuela, quién después de la experiencia vivida con mi madre, se volvió fanática y dominante. A pesar de todo, yo sabía que mi abuelita amaba profundamente.

En aquel entonces no había muchos testigos. Todas las niñas que yo conocía, vecinas o compañeras del colegio, eran católicas, es decir, el enemigo, los malos, por lo tanto, no me dejaban juntarme con ellas. Esa actitud hizo que fuera una niña solitaria. Sin embargo, aquella soledad me enseñó a reflexionar desde muy chica, acerca de mi vida, mi entorno, el sentido de la justicia y el valor del amor.

Había muchas cosas en los testigos de Jehová que me parecían absurdas y contradictorias pero no me atrevía a cuestionarlas. Me da mucha tristeza reconocer que fui un títere en manos de mi abuelita. Hacia todo lo que ella quería, pero a la vez, mi corazón estaba lleno de sentimientos encontrados; impotencia, frustración, profundo amor a Dios y temor de perder el cariño de mi abuelita.

Ella me enseñó lo que ha sido la directriz de mi vida; profundo amor y respeto por Dios, aunque el dios que ella me enseño era un dios rencoroso y vengativo, más que respeto inspiraba miedo.

Mi abuelita se afanó mucho para hacerme una mujer de valores y principios,  y yo se lo agradezco, porque ya sea a base de palos o regaños, el resultado fue positivo.

Me casé muy joven, a los diecisiete años, con otro testigo, muy apreciado por toda la comunidad.

A los dos meses de casada falleció mi abuelita, y aunque me es difícil decirlo con su muerte sentí que la parte más importante de mí se liberaba.

Casi recién casados nos fuimos a vivir a una región del norte de México. No conocíamos a nadie y tuvimos que relacionarnos con personas católicas. ¡Qué gran sorpresa ¡ descubrí que no eran tan malos; al contrario, muy serviciales, siempre dispuestos a convivir con nosotros, y lo que se me hacía casi increíble era el respeto que mostraban hacía nuestras creencias. Y pensaba: Nosotros testigos de Jehová siempre atacando, agrediendo a su Iglesia, no había revista que no la pusiera como la “Ramera del Apocalipsis”.

Entre más los conocía más crecía mi inquietud por haber pensado tan mal de ellos, por haber sido tan inocente al aceptar todo lo que me decían de ellos, sin cuestionar o comprobar por mí misma si era cierto.

Mi abuela no se cansaba de decir que: “el peor de los testigos de Jehová siempre será mejor, que el mejor de los católicos”.

Esta clase de juicios temerarios llegan a marcar una vida. Ahora entiendo que antes de ser testigo de Jehová, católico, judío o lo que sea, somos seres humanos imperfectos, en peligro de caer muchas veces; pero la maravilla de haber sido creados por Dios es que nos concedió la dignidad y capacidad necesaria para arrepentirnos, levantarnos y seguir adelante.

Mi vida empezó a cambiar; tenía amigas de mi edad, tres hijos y me sentía muy contenta.

Llegó el momento de poner a mis hijos en la escuela. En aquel entonces, sólo había dos alternativas: las escuelas de gobierno o los colegios católicos. Por conservar el “status” decidimos ponerlos en colegios privados. Cada día íbamos teniendo mayor trato con la comunidad, ya no sólo con los seglares. La relación se extendió a Hermanos Lasallistas y Sacerdotes.

Durante esos años, las dudas se fueron incrementando. Me preguntaba en qué otra cosa me había engañado los testigo de Jehová. Sin embargo, yo sentía que mi deber era con Dios y seguí adelante con ellos.

Después de doce años de ausencia, tuvimos que regresar a la Ciudad de México. Busque los mismos colegios para los niños para que el cambio no fuera dramático, ya que la vida de aquí era totalmente diferente a la que habían llevado en aquella hermosa y pequeña provincia mexicana.

Para esas fechas algo había cambiado en mi manera de pensar y de vivir. Ya no estaba asistiendo a las reuniones, mi pensar, sentir y actuar no estaban en armonía, me sentía muy confundida. Mi familia le avisó a los “hermanos” que ya vivía aquí y que no estaba asistiendo a ninguna “congregación”.

Entonces me visitaron para persuadirme y me incorporara a la “unidad” correspondiente; pero yo tenía una cantidad impresionante de preguntas que hacerles, mismas que formulé pues no podía seguir adelante sin antes obtener las respuestas que me eran esenciales.

¿Quién fue el fundador? ¿Quién escogió a ese señor? ¿Cómo fue su vida, antes y después de haber sido elegido por Dios? Afirmar que somos los únicos que se salvarán en el Armagedón, ¿no es caer en la soberbia, sentirse superior al prójimo? ¿Por qué engañamos a la gente presentándonos como una Sociedad Cultural y Educativa, siendo una religión?¿Por qué se predica el amor y se enseña a odiar a los católicos?¿Por qué tanta saña para con ellos, si ni nos hacen nada? ¿Quién hizo la traducción de la Biblia que usamos? ¿Quién la interpretó? ¿Por qué siempre, no de manera directa, procuran que los jóvenes en lugar de estudiar se dediquen al proselitismo? ¿Por qué no hay acceso a mucha información interna? Etc.

En fin, el caso es que yo traía una revolución en mí cabeza que era preciso resolver y no sabía cómo.

Sus respuestas me dejaron peor, pues evadieron la mayoría de mis preguntas. Aparte me saqué tremendo regaño con la consigna de que, o sacaba a mis hijos de “esos colegios” o me expulsaban.

Me negué a hacerlo.

En todo lo que me dijeron no encontré una sola razón de peso. Ya no me podían convencer diciendo que los católicos eran malos, pues ahora sabía, por experiencia, que eso no era cierto; ni tampoco les creí cuando me aseguraron que haber estado en el “mundo pagano” me había hecho pensar de esa manera tan equivocada.

Desde mi punto de vista era humillante, indignante, es más, ofensivo que me quisieran negar el derecho de pensar y expresar mis argumentos. Según ellos debería estar avergonzada por mi conducta; “Ahora lo que tienes que hacer es corregir todos esos errores y demostrar que estás arrepentida”.

¡Arrepentida! ¿De qué? ¿De pedir razones para hacer lo que me estaban exigiendo?

Además ya habían pasado muchos años desde que me había prometido no volver a ser títere de nadie. Podría dar mi vida por Dios, pero volver a vivir el conflicto interno de aquellos años, NO.

Tanto mi familia, como la de mi esposo, trataron de que volviéramos a las reuniones, pero yo cada día estaba más decepcionada de todo aquello.

Paralelamente, mi hija menor empezó a dar muestras de una gran caridad y vida cristianas.

Al año de haber llegado a ésta ciudad mi hijo mayor empezó a tener graves problemas de salud, yo tenía miedo, no sabía a lo que me estaba enfrentando. No cabe duda que nuestro peor enemigo, el que nos paraliza, es Su Majestad “La Ignorancia”.

Comenzó una vida muy difícil para toda la familia: doctores, psiquiátricos, exámenes, desesperación, angustia, impotencia.

A veces me atormentaba la idea que Jehová estaba castigando mi rebeldía, y que esa era la razón de que mi hijo sufriendo. 

El caso es que ver así a mi hijo me afectó demasiado, lloraba continuamente, vivía angustiada, ya no le prestaba atención al resto de la familia. 

Un día, mi hija de apenas de cinco años, me dijo: “Mami, en la noche cuando te acuestes, trata de visualizar la imagen del Sagrado Corazón, y ya que tengas ubicada le dices: Señor te cambio mi dolor por mi amor, y vas a ver que ya no vas a llorar más, pues Dios cuidará de mi hermano. Tú, nada más ponlo en sus brazos”. 

Me quedé impresionado, como era posible que aquella niñita me dijera, con ese vocabulario, esas cosas. ¿Quién era su Dios de Amor y Misericordia que podía enjuagar mis lágrimas con el simple hecho de poner todo en sus brazos? ¡Qué distinto a mi Dios!

Pasaron tres años. La niña con toda la firmeza y convicción me expresó su deseo de recibir a Cristo. Su argumento fue sencillo: “Mami, si yo me muero ahorita, tú sabes ¿a dónde me voy? No estoy bautizada, ni he recibido a Cristo ¿Qué pasaría conmigo?

Me dio mucha vergüenza no saber contestar, lo único que se me ocurrió fue decirles: Cuando llegue tu papi le platicamos lo que quieres y le pedimos permiso. La niña sorprendida, abriendo tremendo ojos, contestó: “¡¿Necesito permiso para recibir a Cristo?! Si yo solo quiero que pidas en el colegio que me bauticen y hacer mi primera comunión”. 

Yo no podía creer lo que estaba oyendo, ¡Que lejos estaba de Dios!

Hablé con mi esposo y le expliqué la razón por la cual yo estaba de acuerdo con lo que quería la niña. Nosotros ya estábamos alejados de nuestra religión, no le habíamos enseñado nada, y aun así, ella era como lo era; se había ganado el derecho de pertenecer a la Iglesia que tanto la colmaba, cosa que a nosotros no nos pasaba; luego entonces, no teníamos derecho a negarle lo que ella era de vital importancia. 

La niña se bautizó y l único que nos pidió el padre fue que la lleváramos a misa los domingos pues estaba muy chiquita para ir sola; señaló que nosotros no estábamos obligados a entrar. 

Yo la acompañaba y de pasadita entraba con ella. Le pedía a Dios que cuidara de mi hijo y cuando salía me sentía mucho más tranquila, reconfortada, consolada. 

Pasamos otros tres años y el segundo de mis hijos quiso cambiar de colegio; sentía que se ahogaba entre tanto edificio, no estaba acostumbrado a los espacios cerrados. 

Hice cita en otro colegio; el director nos recibió muy amablemente; pero nos hizo la aclaración de que ya no había cupo para ese año. Sin embargo, platicó con mi hijo y le preguntó la razón por la que quería entrar a ese plantel, el niño contestó: “Porque quiero ser tan feliz como es mi hermana, quiero tener orientación religiosa que en mi casa no tengo y, también quiero bautizarme.”

El director lo aceptó. A los tres meses se bautizó y recibió la P r i m e r a  Comunión.

Ante la actitud de nuestros hijos, su valor por obtener lo que necesitaban y la fortaleza que mostraron ante nosotros, no pudimos más que reflexionar sobre nuestras vidas y seguir su ejemplo; luchar por aquello que sería lo único que le daría sentido a nuestras vidas, tan llenas de dolor y sufrimiento: DIOS.

La situación tan ambigua en que vivíamos nos estaba haciendo mucho daño, tanto de manera individual, pues no estábamos acostumbrados a vivir lejos de Dios, como a nivel familiar, pues no le estábamos enseñando nada a nuestros hijos.

Pero, cómo enseñarles una religión en la que ya no creía.

Le pedimos al Director que nos ayudara a encontrar el camino correcto.

Estuvimos visitándolo durante tres meses, dos días a la semana, dos horas cada entrevista. Nos explicaba, con mucha paciencia las creencias de la fe católica, contestaba nuestras preguntas y aclaraba las ideas equivocadas que teníamos respecto a la Iglesia, todo esto bajo la advertencia de que si no nos convencía no habría compromiso alguno.

Llegó el momento de la decisión.

La historia de los niños se la habíamos ocultado a nuestras familias, no tenía caso que los acosaran, pero ahora era distinto, “el momento de la verdad”.

Ya estábamos convencidos de querer ser católicos y era cuestión de conciencia comunicárselo a toda la familia. Estábamos conscientes que después de esto se romperían lazos entre nosotros, nos íbamos a quedar solos.

Cuando se ha vivido sinceramente en una fe, es extremadamente difícil tomar este tipo de decisiones. No era lo mismo estar alejado que convertirse a otra religión; entraba en juego el sentido de compromiso, enfrentarse a una palabra tan fuerte como es “apostasía”.

Miedo a perderlo todo afectivamente familiar y amigos; para ellos seríamos parte de los “marcados por el diablo”. Miedo a la soledad, ¿Cómo nos iban a recibir los mismos católicos?

Sobre todo, miedo a ofender a Dios si estábamos equivocados.
Ser auténticos, coherentes, poner a Dios como fin de nuestras vidas, tomar el riesgo de cambio, quedamos sin familia, sin amigos, ¿valdría la pena?

Ciertamente fue la elección más dura de nuestras vidas.

Hace nueve años, nos bautizamos, hicimos la primera comunión, confirmación y nos casamos por la Iglesia Católica, todo en una sola ceremonia.

Nos quedamos sin familia, pedimos a los amigos, nos llaman apóstatas y muchas cosas más, ¿valió la pena? 

¡Pero por supuesto que valió la pena!

Tenemos lo que tanta falta nos hacía, Dios.

Dios- amor, Misericordia, Consuelo, Perdón, Luz, Verdad, Camino y Vida.

Estamos plenamente convencidos que Dios nos ama y nos cuida, felices de haber dado respuesta a su llamado, tranquilos ante la adversidad de la vida cotidiana. 

Sabemos que Él nos ampara y que cuando nos pide algo, Él se encarga de proporcionarnos los medios y capacidades para afrontarlo con fidelidad y fortaleza.

Sé que ser auténtico es lo justo, tanto para cono uno mismo, como con los demás. Sé que definir el sentido de nuestra vida es lo más importante. Sé que por ningún motivo, y cueste lo que cueste, debemos tener miedo de defender nuestra fe con plena convicción.

Quizá nos rechacen, pero ¿tiene significado la aceptación que implique la traición a uno mismo?

Siendo auténticos, fieles a Dios N. S, se genera la tranquilidad interior, la satisfacción de estar viviendo congruentemente, la felicidad de unir el latido de nuestro corazón al de Cristo.

Aunque al principio dudemos, puedo afirmar con toda certeza que a la larga se gana el respeto aún de aquellos que no te entienden o aceptan. Eso es más que suficiente.

Después de un año de distanciamiento, logré que mi madre me aceptara.

Después de siete años conseguí  su respeto. Ahora nuestra relación es mucho más cercana que antes.

¿Qué pasó después de la ceremonia, el bautizo, la Confirmación y el Matrimonio?

¿Todo cambió y se volvió color de rosa? Para nada. La vida siguió su curso normal. Mi vida siguió violenta y traviesa, no por haberme convertido mi hijo se curó, ni los sufrimientos cotidianos desaparecieron.

Los primeros años fueron muy difíciles. No es fácil luchar contra las estructuras sobre las cuales se habían edificado más creencias anteriores, pero, ¿acaso no es el cristianismo eso, aunque se haya nacido católico, una lucha constante, acción militante  contra todo lo que pueda distorsionar nuestra fe?

La paranoia y agresividad vivida en el pasado surgía con frecuencia sin siquiera darme cuenta, es decir, veía “moros con tranchetes” en todas partes, y sólo reaccionaba, no daba respuesta, que es muy distinto. Entonces me propuse conocer a fondo la nueva religión que había abrazado, sólo así podría destruir las estructuras pasadas y edificar nuevas con un material de verdadera calidad. 

En mi interior, en mi corazón se obró la gracia de creer en el Evangelio, lo cual, cambia la visión del sufrimiento y le da sentido tanto a lo bueno como a lo malo, en los padecimientos de salud y hasta en las decepciones de nuestros afectos.

A través del conocimiento puede ir recuperando la alegría perdida, ya que la certeza de poder agradar a Dios constituye una de las fuentes principales de la alegría cristiana. 

Pero cuando conocí el sentido de la Cruz de Calvario, tembló todo mi ser, su invitación de unir mis sufrimientos a su sacrificio fue determinante.

Percibir que cuando sufro Cristo llora conmigo cambió radicalmente mi actitud.

Mi alegría es complacer a Dios y en lugar de tristeza debo tener plena confianza en Él.

No me canso de darle gracias a Dios por haberme llamado.

Por haberme dado un esposo maravilloso, que piensa, que no se asusta, que me entiende, que me apoya y que, si tengo razón, va conmigo de la mano, me acompaña en el camino que nos conduce a la realización.

Le doy gracias por habernos concedido el privilegio, después de veintiocho años de matrimonio, a pesar de los problemas y sufrimientos, de sentir que nuestras almas están unidas en el amor de Cristo para siempre.

Le doy gracias por mi hijo enfermo, pues fue él quien me obligó a desarrollar cualidades que ni siquiera me imaginé tener, que en la aridez de la desesperación me hizo acercarme a la Iglesia dónde encontré el verdadero sentido de mi vida.

Adherida a Cristo y a la Iglesia puedo decirle a los problemas: “Uno, dos, tres y el que sigue”. Pues de tu mano Señor “Frente y contra todo” ¡Nada más no me sueltes!





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