Hablemos de adicciones
Por: Maleni Grider | Fuente: ACC (www.agenciacatolica.org)

Por tanto, si el Hijo los hace libres, ustedes serán realmente libres.
Juan 8:36
Las adicciones pueden ser evidentes como las drogas o el alcoholismo, pero también pueden ser menos obvias o agresivas, como los videojuegos, el café, el trabajo o la televisión. También las hay de carácter secreto, como la pornografía, las apuestas o la astrología. Y finalmente, las más sutiles, como el azúcar, el shopping, el arte, el deporte o las bebidas gaseosas.
Al final de cuentas, todas estas adicciones, y otras que pudiera haber, son cautividades que mantienen nuestra atención, nuestro organismo, nuestra vida, sujetos a la satisfacción que nos proporcionan. Dicho bienestar es de carácter temporal o pasajero, y comúnmente se convierte en ansiedad, tormento o autodestrucción.
Es sintomático que muchas personas, quienes, por ejemplo, se dedican a algún tipo de arte como la escritura, la música, la pintura, etcétera, desarrollan enfermedades o desórdenes emocionales y mentales, las cuales en ocasiones las llevan al aislamiento, la incapacidad de socializar, la negación a tener una familia, e incluso al suicidio.
Fumar un cigarro, comer demasiado, usar mucho la computadora, nos roba tiempo, energía, vitalidad. La esclavitud de una adicción agresiva es un infierno en vida. Pero cualquier adicción es difícil de tratar o abandonar, se requiere de gran esfuerzo, valentía y determinación para superarla. A veces es necesaria la ayuda profesional, o tratamientos médicos, a fin de poder vencerla.
La mayoría recurre a la psicología, la meditación, los fármacos, o algún couch para lidiar con sus adicciones. Estos son recursos efectivos sólo en cierto porcentaje, aunque se han hecho esfuerzos sociales importantes para crear asociaciones de apoyo a los adictos y a sus familias. Se destina mucha fe, investigación, recursos, dedicación, campañas, con el fin de rescatar a las personas que padecen alguna adicción importante.
Sin embargo, muy pocos recurren a Dios. Casi nadie reflexiona o acepta el poder de Jesucristo para “liberar a los cautivos” (Isaías 61). Cuando Cristo curaba enfermedades o echaba fuera demonios, las personas sanaban completamente, su vida era rescatada del sufrimiento y la oscuridad.
Muchas adicciones son adquiridas por problemas emocionales, ataduras espirituales u opresiones demoniacas. Otras son mucho más sencillas de curar. Pero, en general, son sólo la fuerza y el amor de Dios los que pueden liberar verdaderamente a una persona. Por eso las iglesias están llenas de individuos cuyos testimonios incluyen algún tipo de adicción que los llevó a la crisis, hasta que Jesús los hizo libres.
Como creyentes deberíamos, en estos tiempos de tanta disipación y desórdenes morales o conductuales, insistir en cualquier foro u oportunidad sobre la soberanía y la gracia de nuestro Salvador, para que más personas puedan ser restauradas, además de tener una nueva oportunidad de vivir una vida plena, libre y abundante. “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en plenitud” (Juan 10:10).


















