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La oración: vínculo eterno
Que en la oración hay poder es algo que todos sabemos


Por: Maleni Grider | Fuente: ACC (www.agenciacatolica.org)



Como anhela la cierva estar junto al arroyo, así mi alma desea, Señor, estar contigo. Sediento estoy de Dios, del Dios de vida; ¿cuándo iré a contemplar el rostro del Señor?

Salmos 42:1-2

Que en la oración hay poder es algo que todos sabemos. Muchos de nosotros hemos experimentado o, al menos escuchado, que cuando oramos suceden cosas maravillosas, las cuales nos hacen sorprendernos y nos ayudan a creer y sentir que existe un Dios velando por nosotros.

Todo eso es verdad. Sin embargo, muchas personas conciben a la oración como un poder al que de manera subconsciente consideran “mágico”. O simplemente tienen una visión supersticiosa respecto de la oración. Pero Dios no es una lámpara de Aladino ni la oración es la manera de frotarla.

Lo que las Escrituras nos revelan sobre la oración es que ésta es la forma de comunicarnos con Dios, el Dios vivo, nuestro Creador, nuestro Padre que está en el cielo y quien está deseoso de escucharnos y hablarnos para conducirnos por un camino seguro, lleno de bendición, exitoso, feliz, abundante, sobrenatural.



La oración es un acto sobrenatural, sí, porque a través del espíritu que Dios puso en nosotros podemos unirnos Él, que es Espíritu. Cuando venimos ante nuestro Padre, Él nos habla y nos responde de maneras inesperadas, y nos muestra su presencia, su cuidado, su amor, su misericordia con respuestas acertadas; la mayoría, además de satisfactorias son sorprendentes.

Jesús nos dio el ejemplo perfecto de lo que es la oración cuando pronunció: “Padre nuestro que estás en los cielos…”. Dijo “oren así, de este modo…”. Porque Él sabía que la única fuente de poder verdadero se encuentra en Dios, el Padre, y Cristo lo reveló con obras y con palabras cuando estuvo entre nosotros.

La reverencia en la oración es indispensable cuando venimos ante el trono de gracia buscando algo, ya sea sólo estar en la presencia de Dios, consuelo, un favor, sabiduría, o un milagro… La oración no es un espacio de peticiones o complacencias nada más, sino un momento único, irrepetible, en el que nos conectamos a lo eterno, a la fuente de sanidad, al agua viva, al lugar donde se encuentran todas las respuestas.

Alabar a Dios, primeramente, luego agradecerle por todas sus dádivas, derramar nuestro corazón, abrir nuestra alma delante de Él, exponer nuestros sentimientos, deseos, angustias, necesidades, dolores, alegrías, confesar nuestro pecado para recibir el perdón, y finalmente encomendar al Padre todo aquello que nos hace falta para que Él lo supla, es lo que significa orar.

Cuando oramos, no podemos condicionar a Dios “por favor, Señor, haz esto y hazlo pronto”. Su tiempo es el tiempo correcto, no el que nos apremia. Saber esperar es parte de la confianza que manifestamos a Él. La manera en que nos acercamos y pedimos puede ser soberbia o humilde. Una actitud de respeto y sometimiento demostrarán nuestra reverencia ante su soberanía.



Cuando oramos de manera constante y no sólo cuando necesitamos algo, manifestamos tres cosas: humildad (dependencia de Dios… “te necesito, Señor, no puedo yo solo, ayúdame”); fe (confianza en Él más que en otras cosas); y amor (“porque te amo vengo a ti, y no sólo porque sé que me darás lo que pida”).

La oración es un acto de gozo tanto para nosotros como para nuestro Dios, un encuentro glorioso entre el cielo y la tierra. Cuando oramos abrimos cauces al poder divino para derramarse sobre la humanidad, a través del único camino que es Jesucristo, y con la ayuda del Espíritu Santo.

 

 

 

 

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