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Avanzar en la oración; Oración Afectiva
El seguimiento de Cristo comporta un doble acto de amor. Amor de Cristo hacia la persona consagrada y amor de la persona consagrada a Cristo.


Por: Germán Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net



Identidad consagrada y oración.
La vida religiosa en la época de la renovación busca formas nuevas para expresar la consagración a Dios. Sacudida fuertemente por el Concilio en un momento en que el mundo estaba cambiando, ha debido pasar por periodos oscuros y periodos luminosos, siempre luchando por reafirmar su identidad. En estos 40 años posconciliares, no debemos olvidar los objetivos que perseguía la Iglesia con el Concilio y que de alguna manera la vida consagrada los ha hecho propios: “profundizar en la conciencia de sí misma, la reforma, al recomposición de la unidad y el coloquio con el mundo contemporáneo.”

La vida consagrada en este periodo ha profundizado en la conciencia de sí misma y se ha dado cuenta de quién es ella, fijando su identidad en el seguimiento de Cristo. “A lo largo de los siglos nunca han faltado hombres y mujeres que, dóciles a la llamada del Padre y a la moción del Espíritu, han elegido este camino de especial seguimiento de Cristo, para dedicarse a El con corazón « indiviso » (cf. 1 Co 7, 34).” “(La) existencia «cristiforme», propuesta a tantos bautizados a lo largo de la historia, es posible sólo desde una especial vocación y gracias a un don peculiar del Espíritu. En efecto, en ella la consagración bautismal los lleva a una respuesta radical en el seguimiento de Cristo mediante la adopción de los consejos evangélicos.” “El objetivo central del proceso de formación es la preparación de la persona para la consagración total de sí misma a Dios en el seguimiento de Cristo, al servicio de la misión.”

Este seguimiento de Cristo comporta un estilo de vida estable, como lo ha definido el Código de Derecho Canónico . La identidad de la vida religiosa viene a definirse como un especial seguimiento de Cristo. “Al final de cuentas se debe afirmar que en el seguimiento de Cristo en la vida cristiana y en la vida religiosa es necesario vender todas las cosas para comprar el tesoro escondido en el campo (Mt. 13, 44)… Sin embargo en este horizonte tan vasto, la vida religiosa como seguimiento del señor muerto y resucitado tiene dinamismos, identidad y exigencias que son sólo suyas… Conviene mencionar que la novedad más absoluta (de este estado de vida) no consiste en alcanzar la santidad (tarea de todos los cristianos) sino en un esfuerzo de sinergia por identificarse con la vida y con las enseñanzas de Cristo, para expresar en el momento actual lo que significa seguir un proyecto-hombre, querido por Dios.”

Seguir a un hombre, que en este caso es Cristo, comporta una aventura fascinante, pero al mismo tiempo exigente. Empeñar toda la vida en el proyecto de transformar una vida para configurarla lo más cercana posible con la vida de Cristo, requiere no sólo las energías humanas, sino también la disposición espiritual de vaciarse constantemente de uno mismo, para que la vida de Cristo, pueda tomar posesión de las personas, al grado de decir con san Pablo: “No soy yo quien vive en mí, es Cristo quien vive en mí.”(Gal., 2, 20).

El Magisterio de la Iglesia, la Tradición y muchos fundadores de órdenes religiosas, así como hombres y mujeres que han sido fieles al seguimiento de Cristo, han indicado algunos medios para lograr cumplir con esta tarea. Sin pretender ser exhaustivos en este tema, bien podemos mencionar que la herencia multisecular de la vida consagrada ha consignado a las nuevas generaciones la oración como uno entre tantos medios, que se presentan como ayuda en el seguimiento de Cristo. “La vida religiosa no se puede sostener sin una profunda vida de oración, individual, comunitaria y litúrgica. El religioso, que abraza una vida de total consagración, está llamado a conocer al Señor resucitado con un conocimiento ferviente y personal y a conocerle como a uno con el cual se está personalmente en comunión: « Esta es la vida eterna: conocer al único Dios verdadero y a Jesucristo a quien El ha enviado » (Jn 17, 3). Su conocimiento en la fe trae consigo el amor: « aun sin verle le amasteis y sin verle todavía os alegráis ya con gozo tan glorioso que no se puede describir (1 Pt 1, 8). Este gozo de amor y conocimiento, se produce de muchas maneras, pero fundamentalmente, y como medio necesario y básico, a través de encuentros personales y comunitarios con Dios en la oración. Aquí es donde el religioso encuentra «la concentración de su corazón en Dios» (DmC 1), que unifica vida y misión.”

Por ello, desde la formación inicial hasta el momento en que la mujer consagrada se encuentre cara a cara con su Creador es necesario sostener la vida de consagración a través de la oración. Siendo la vida consagrada una lucha continua por alcanzar la identificación más plena con Cristo, son sus sentimientos y sus acciones, la mujer consagrada necesita constantemente conocer y asimilar esta forma de vida. Por un principio filosófico, el amor tiende a conformarse con su objeto. “El amor es la realización más completa de la existencia de la persona, puesto que encuentra en el amor la más grande plenitud del propio ser.” El seguimiento de Cristo comporta un doble acto de amor. Amor de Cristo hacia la persona consagrada y amor de la persona consagrada a Cristo. En este doble acto de amor, Cristo busca poseer a la persona consagrada, así como la persona consagrada busca poseer a Cristo. La vida de la mujer consagrada será por tanto una vida que busca conformarse con su amado, para poseerlo. Pondrá todo su ser a disposición del Amado para que la configuración pueda ser total. La oración sin duda es un medio excelente y privilegiado para lograr esta meta, ya que mediante la oración, “El espíritu trata de comprender el por qué y el cómo de la vida cristiana para adherirse y responder a lo que el Señor pide.” La oración se convertirá en una meta y un medio para alcanzar una identificación más plena con Cristo y así poder seguirlo más cercanamente. De esta forma, la mujer consagrada podrá avanzar cada día en la afirmación se su propia identidad como une mujer que ha dejado todo para seguir a Cristo.

Muchas y muy variadas son las formas y las escuelas de oración. En este artículo no pretendemos revisarlas cada una de ellas, ni explicar las diversas metodologías de oración. Nos concentraremos en la oración afectiva y la oración contemplativa, como grados un poco más avanzados de la oración. He dudado en escribir la palabra avanzados, pues podría parecer que reducimos la oración a un esfuerzo netamente humano, como si todo el progreso o avance de la oración dependiera de la mujer que se pone en contacto con Dios a través de la oración. No hay que olvidar que la oración es sobretodo un esfuerzo que hace la mujer consagrada para identificarse y seguir la voluntad de Dios. Es por tanto, un esfuerzo por cancelarse a sí misma, para que Dios tome posesión de ella. Bajo esta perspectiva debemos tomar en consideración que la iniciativa parte de Dios. Es Dios quien quiere habitar en la mujer consagrada. Es Dios por tanto que llevará el alma de la mujer consagrada por los caminos que Él juzgue conveniente, en la manera en que la mujer consagrada se preste a secundar la acción de Dios. No es por tanto la oración una mera actividad humana. Si así fuera, bastaría con seguir fielmente las instrucciones de un manual y así adquirir los frutos más necesitados. La acción de Dios se vale de las buenas disposiciones de la mujer consagrada, pero sólo como punto de partida para llevarla a donde Él quiera y así conformarla cada vez más con Él.

Sin embargo, dejando salvaguardad la libre acción de Dios, existen ciertos estados avanzados en la oración, como consecuencia lógica de una mayor dedicación y atención en la oración. Explicaremos en este caso la oración afectiva.


Concepto y definición de oración afectiva

Crecimiento...
Si bien hemos establecido que el crecimiento en la oración depende sólo de Dios, también es necesario afirmar que Dios no puede sustraerse al desarrollo natural y lógico del alma consagrada que se pone en camino hacia Él. Quien va conociendo en la oración cuál es la voluntad de Dios para su vida y lucha y se esfuerza por llevarla a cabo, va dejando a un lado ciertas rémoras del pasado. Dios se vale de estas disposiciones para llevarla a gustar no sólo la voluntad de Dios sino Él mismo, ya que el estar con Dios, el seguir a Cristo, es la meta a la que toda mujer consagrada quiera llegar. Y Dios no se hace del rogar. Por ello, al avanzar el alma en la oración discursiva, aquella en la que la inteligencia juega un papel preponderante, puede de alguna manera centrarse en Dios y ya no en sí misma, cuando se ha purificado al paso del tiempo. De alguna manera es un crecimiento no sólo espiritual, sino también humano, psicológico y afectivo que le permite llegar con mayor agilidad a la meta fijada: poseer a Dios en el seguimiento cercano de Cristo.

Y este crecimiento no se refiere sencillamente a un estado del alma, a un cambio en la oración, sino también a diversos momentos que pueden sucederse en la oración misma. Como estamos tratando un tema en el cual Dios es quien da al alma las gracias que Él quiere, necesarias para su santificación y de acuerdo a la madurez de dicha alma, Él sabrá en qué momento de la oración sugerir al alma una oración más afectiva que discursiva. No podemos dar normas al respecto. No podemos decir, por ejemplo que después de un período de oración de unos años, el alma pasará de la oración discursiva a la oración afectiva. Ni tampoco podemos decir que Dios no pueda suscitar inspiraciones para hacer que en la misma oración discursiva se den movimientos que la lleven a ser más afectiva. No hay reglas ni tiempos.

Sin embargo hay ciertos indicadores espirituales, válidos para todas las almas, con los que nos es lícito pensar que el alma está ya en grado de pasar de la oración discursiva a la oración afectiva, o que Dios mueve su alma para que en ciertos periodos de la oración se haga más afectiva que discursiva.

Podemos decir, como norma general, que cuando se ama más y más perfectamente, es posible que estemos entrando en una oración afectiva. Si el alma deja atrás sus pecados, si se mueve sólo por la voluntad de Dios y busca en todo a Dios, es posible pensar que Dios mismo quiera manifestarse, aunque sea un poco, a esta alma. Es el principio de la contemplación en el que ahondaremos en los siguientes renglones.


Principios pedagógicos.
Habiendo dejado en claro que es Dios quien da el crecimiento espiritual de la persona, dirigiéndola a la oración afectiva, conviene ahora presentar dos motivos por los que es necesario y conveniente explicar y promover la oración afectiva desde los primeros estadios de la formación.

Los novicios o quienes inician una vida de consagración, están llamados a conocer la belleza del encuentro con Cristo. Lanzados por el ímpetu de la primera formación, pueden centrar su vida espiritual con emociones pasajeras y pensar que el seguimiento de Cristo es tan sólo un sucederse continuo de sentimientos agradables. Los momentos de la Cruz, si no negados, por lo menos se ven muy distantes y cuando llegan no se saben sortear ni tomar como parte misma del seguimiento de Cristo, es decir, de la vocación. La oración afectiva refuerza sin duda alguna el ideal de presentar a Cristo como el único necesario en la vida consagrada, de modo que cuando lleguen estos momentos difíciles, el alma conozca como moverse, pueda distinguir estos momentos oscuros y eche mano de la oración afectiva para seguir adelante en su camino. No debemos olvidar que la oración afectiva, a diferencia de la oración discursiva, presenta la meta de alcanzar a Cristo en una forma más clara y sucinta. Este es por tanto, el primer principio pedagógico. Presentar la oración afectiva desde los primeros estadios de la formación para dar a conocer la meta de la vida consagrada y también proporcionar elementos válidos para el camino del seguimiento de Cristo. No queremos decir por tanto que desde los primeros instantes del alma que inicia su vida consagrada se den ya los elementos adecuados para iniciar la oración afectiva, sino que es una obligación de la formadora darla a conocer para ayudar al alma a superar momentos difíciles, cuando éstos lleguen.

El segundo motivo pedagógico por el que se debe dar a conocer la oración afectiva desde el inicio de la vida consagrada es para demostrar la falsedad del binomio contemplación-acción. Muchos piensan que la contemplación tiene que ver con fenómenos místicos. Se ve la contemplación como sinónimo de visión beatífica de Dios en esta tierra y se la asocia con fenómenos místicos reservados a almas dotadas espiritualmente. Nada tan lejos como la realidad. La contemplación no está asociada con acontecimientos especiales. La contemplación de la que la oración afectiva forma parte, está destinada a acercar las almas a Dios, hasta llegar a poseerlo plenamente. Toda alma consagrada por el seguimiento de Cristo que debe llevar a cabo durante toda su vida, está llamada a llegar a Dios, como Cristo mismo nos ha mostrado con el ejemplo de su vida. La contemplación ayuda a llegar a Dios al ser “fe enamorada en primicia de la esperanza.”

Y este segundo principio es muy importante, sobretodo cuando se inicia el camino de la vida espiritual para enseñar que más importante que el hacer es el ser. Ser consagrada es más importante que la labor que se puede desarrollar como consagrada. Debemos enseñar a ser, más que a hacer. Y la contemplación, de la cual la oración contemplativa forma parte, nos ayuda en ello, ya que la contemplación lleva a la plena realización del hombre, permitiendo que el alma se ponga en contacto con el objeto amado, es decir, le permite que aprenda a ser antes que hacer. La contemplación no es por tanto una colección de fenómenos místicos, sino la posibilidad de acercarse a la meta que queremos como almas consagradas. “Es lógico por lo tanto, que la persona transforme la contemplación en una meta o destinación afectiva.”

Ir más allá de la meditación
¿Cuál es el objetivo por el que un alma consagrada hace meditación o dedica un tiempo generoso de la jornada a la oración? “La formación religiosa en sus diversas fases, inicial y permanente, tiene por objetivo principal calar a los religiosos en la experiencia de Dios y ayudarlos a perfeccionar progresivamente esa experiencia en su propia vida. A tal fin es necesario que el apostolado mismo sea puesto de relieve debidamente. La meta principal que se habrá de perseguir en los Institutos de vida activa será la mutua permeabilidad entre interioridad y actividad, de modo que la conciencia de cada uno cultive la primacía de la vida en el Espíritu Santo del cual brota la gracia de unidad propia del amor de caridad”.

Y esto que se menciona en los años de la formación debe continuar a lo largo de la vida consagrada. Podemos decir entonces que se hace oración para abrirse a la acción de Dios. “La meditación no se hace por amor del conocimiento de la verdad en si misma, ya que esto sería estudio. Se hace para llegar al conocimiento y al amor de la suprema Verdad; la oración mental se orienta netamente al encuentro simple y afectuoso con Dios, en donde el hombre en el silencio íntimo ve y vive en su luz y en su amor.” Se pasa por tanto de una oración discursiva a una oración afectiva, simple, clara, penetrante y cierta, en donde Dios se deja ver un poco y el alma, impulsada por el amor y sin el peso de sus pecados, se lanza a amar lo que Dios le permite ver.

Por ello, sin prisas pero sin pausas, las almas consagradas deberán ir pasando de la oración discursiva a la oración afectiva si quieren amas más y mejor a Cristo, si quieren seguir más de cerca al Amado. No se trata de una vanagloria en donde la persona se centra sobre sí misma y se cierra en un gozo egoísta, buscando en la oración afectiva una consolación espiritual. Dios no piensa de la misma manera ni actuara en forma tal que el alma que se interna en la oración afectiva pueda tener aún tendencias al egoísmo. El alma consagrada que va purificándose, es capaz de amar desinteresada y cada vez más perfectamente a Dios. Quien en la oración se ama más a sí mismo que a Dios, Él no le permite seguir adelante, puesto que el alma no estará buscando amar más a Dios, sino amarse más a sí misma, a través de las consolaciones o los gozos espirituales buscados por sí mismos.

Quien se adentra en la oración discursiva pasará a la oración afectiva en la medida que purifique sus intereses. Si la oración discursiva tiene como uno de sus objetos conocer, adherirse y amar la voluntad de Dios, con el paso del tiempo el alma aprenderá a cumplir la voluntad de Dios e irá aprendiendo a dejarse a sí misma para amar sólo a Dios, de forma que sea sólo el cumplimiento de su voluntad el único interés en su vida. Y será un interés fundamentado en el amor. El alma, guiada pedagógicamente por Dios, aprenderá, después de haber purificado sus tendencias, a amar sólo a Dios. Es en ese momento donde puede comenzar a decirse que ha llegado a la oración afectiva, o que algunas partes de su oración son oración afectiva, pues busca sólo el amor de Dios.


Del paso de la oración discursiva a la oración afectiva
¿Cuándo y cómo se pasa de la oración discursiva a la oración afectiva? ¿Qué puede y debe hacer el alma en este caso? ¿Cómo puede ayudar el director espiritual a dar este paso?

Recodemos una vez más la definición de oración afectiva, para saber a qué nos referimos con el paso de la oración discursiva a la oración afectiva: “La oración afectiva, como dice la palabra, es aquella en la que dominan los afectos piadosos, o sea, los diversos actos de la voluntad con los cuales expresamos a Dios nuestro amor y el deseo de glorificarlo. En esta oración el corazón tiene una mayor participación que la mente” . El alma, mientras camina en el cumplimiento de la voluntad de Dios, se da cuenta que estar cerca de Dios es el único fin de la vida consagrada. “Y la claridad de Dios da la vida: es decir, quienes ven a Dios tienen parte en la vida. Por eso el que no puede ser abarcado, comprendido ni visto, concede a los seres humanos que lo vean, lo comprendan y abarquen, a fin de darles la vida una vez que lo han visto y comprendido.” Puede por tanto acceder a Dios y la oración es un medio privilegiado para llegar a Él. Habiendo comenzado con la oración discursiva, aquella que alimenta al intelecto para así robustecer la voluntad, el alma se hace familiar a Dios. Por la razón, conoce la voluntad de Dios, sus mandatos, los ejemplos de la vida de Cristo. Y por su voluntad, que se ha caldeado mediante frecuentes y continuos actos de la voluntad, está dispuesta a cumplir en todo lo que Dios le pida. Si el alma es fiel a las inspiraciones del Espíritu, que se insinúa en la oración, llegará pronto a vivir en un estado de buscar sólo y en todo la voluntad de Dos. LA oración pasará de una actividad eminentemente racional a una actividad afectiva, en donde el peso lo tienen los afectos, es decir los movimientos del alma por cumplir lo que Dios le va pidiendo. El alma ya despojada o en proceso de despojarse de toda afección ajena a Dios, puede lanzarse sin ningún peso que la mantenga anclada a sus afecciones, a la posesión de Dios. Y Dios da su gracia para ser poseído.

La persona necesitará menos materia para orar, pues no necesitará razonar tanto, cuanto amar mucho. Su corazón no quedará ya impresionado por los ejemplos de Cristo, sus virtudes, sino que querrá imitarlo en todo, hasta configurarse en uno con Él. “El sumo bien está en la plegaria y en el diálogo con Dios, porque equivale a una íntima unión con Dios: y así como los ojos del cuerpo se iluminan cuando contemplan la luz, así también el alma dirigida hacia Dios se ilumina con su inefable luz (…) Hace que el alma se eleve hasta el cielo, que abrace a Dios con inefables abrazos”.

Pero esto o sucede en forma ordenada, racional, metódica. Recordemos que estamos pisando un terreno espiritual que sólo le está reservado a Dios. Frecuentemente el alma llega a este estado sin saber qué es lo que le está ocurriendo. No puede meditar, es decir, hacer ya una oración discursiva, porque se dirige inmediatamente a los afectos. Y en ello prueba desasosiego. Acostumbrada a ir paso a paso en la oración, piensa que estarse amando al amado es una pérdida de tiempo. Comienza a sentir desasosiego por no sacar un fruto concreto de la oración. Es el momento en que debe ser ayudada por un director espiritual que le haga comprender que estos momentos son normales en el alma. Que no los debe achacar a sus infidelidades y que Dios le está pidiendo un nuevo paso en su oración. Deberá enseñarle a dejarse llevar por Dios en este nuevo tipo de oración. “El guía espiritual (…) deberá prestar una doble atención: al orante que de frente a experiencias imprevistas busca las modalidades idóneas para garantizar la autenticidad de su coloquio con Dios y de su progreso en la vida espiritual; y al Espíritu Santo cuyas modalidades de acción deberán ser distintas de las posibles ilusiones o engaños de la persona. Así, el avanzar en la oración se convierte en una participación de los dones del Espíritu.” Además, el director espiritual deberá ayudar al alma a comprender que el momento en el que se encuentra es de una gran importancia para su identificación con Cristo. Debe ayudarle a dejarse andar por Dios, a no poner ningún obstáculo entre él y lo que Dios le está pidiendo. “Además de iluminar al alma en este camino, es oportuno ayudar al alma con el fin de que se emancipe de la adhesión a la propia actividad y sea conducida a un total desapego y soledad interior, serena y libre en el espíritu.”


Los signos de la oración afectiva.
Cualquier paso que se da en la vida espiritual y en la vida de oración están muy ligados entre ellos. No podemos esperar un crecimiento en la vida espiritual sin que sea reflejado en la vida de oración, y viceversa. Por ello es conveniente que el alma y el director espiritual analicen continuamente esta relación mutua, para saber discernir los verdaderos movimientos del alma a la perfección, de los simples estados de ánimo pasajeros e ilusorios.

Las almas que se adentran en el camino de la oración discursiva comienzan a conocer y a querer vivir en una mayor unión con Dios. Esto tiene como primera consecuencia el desapego de las cosas terrenas por las cuales comienza a sentir hastío. Este sentimiento puede incluso experimentarlo frente a Dios.

Y como el alma comienza a experimentar a Dios en la oración en una forma distinta a la antes acostumbrada, puede tener de Él un recuerdo como de ausente.

Estos sentimientos o vivencias del mundo interior se refleja, o a su vez, son reflejo, de los cambios que experimenta el alma en la oración, especialmente en lo que se refiere a los actos de la voluntad. Recordemos que los actos de la voluntad son los actos que realiza el ama una vez que mediante la reflexión discursiva ha conocido las maravillas de Dios. Estos actos de la voluntad bien pueden reducirse a tres: los afectos, las preguntas y las decisiones . La oración afectiva se reduce a los actos de la voluntad. Podemos decir que en la oración afectiva los actos de la voluntad aumentan en consideración a los actos del intelecto, se reducen y no son tan variados. Esto es así porque al alma le basta estarse centrada en Dios y encuentra su satisfacción en volcar su voluntad en el objeto amado. Esto no quiere decir que el ama se quede extasiada en la contemplación de estos misterios. La oración afectiva no es contemplación mística, aunque la prepara. Si hemos dicho que los actos de la voluntad son afectos, preguntas y decisiones, entonces la oración afectiva se centrará sobre estos tres movimientos. Por lo tanto, muy lejos esta el alma que hace oración afectiva de quedarse extasiada, en una contemplación que no se refleje en la vida. Al contrario. Los afectos, las preguntas y las decisiones la llevarán a poner en práctica todo aquello que ha experimentado en la oración. Son afectos que se traducen en la vida real, pues de lo contrario se corre el peligro de buscar una simple satisfacción espiritual, una especia de gula espiritual. No es que aumenten los afectos, las preguntas y las decisiones, sino que van tendiendo a la unidad, a buscar hacer en todo la voluntad de Dios con un perfecto y cada vez más grande amor. Por ello los objetos en los que el ama puede encontrar materia para la oración “son diversos y se adaptarán alas diferentes inclinaciones del hombre”.

Por último podemos señalar que como frutos de esta oración afectiva el alma se encontrará enana posición de experimentar un profundo horro al pecado, pues la hace detestable a Dios, de quien ha comenzado a experimentar su dulzura. Además podrá conocer con mayor intimidad a Dios, siendo un conocimiento no sólo teórico, sino experimental.

Sin embargo el director espiritual o el alma misma deben ponerse en guardia de los posibles peligros o inconvenientes que puedan surgir con este tipo de oración. Como este tipo de oración tiende a crear cierto fervor en las almas, pueden caer en la gula espiritual, es decir en buscar hacer la oración afectiva sólo por los afectos sensibles que puede experimentar. Corre el peligro incluso de reducir la oración solamente a provocar estos afectos sensibles, reduciendo su verdadero objeto, que es unirse a Dios mediante el cumplimiento de su voluntad. No debemos olvidar que el propósito de la oración es preparar al alma a un cumplimiento de la voluntad de Dios, que siempre tenderá a ser con más amor y dedicación. Reducir todo a afectos, sin bajar a lo concreto es quedarse en medio del camino.

Otro peligro es creerse convertido, creer que se ha llegado a la meta. En este tipo de oración el alma se lanza a buscar sólo la voluntad de Dios. Como su deseo es sólo éste, puede pensar que ya ha llegado a la santidad, o a pensar que no necesita ir más adelante, que no necesita de mayor conversión. No hay que olvidar que en determinadas ocasiones el maligno se viste de luz y puede hacer aparecer al hombre una situación irreal, cuando en verdad la conversión es siempre una lucha de todos los días.

El mayor peligro para la oración es el pensar que no se necesita hacer ya oración. Que Dios dará los afectos para seguir adelante. Se equivoca el alma que piensa de esta manera, pues si bien Dios da gratuitamente sus gracias, el hombre no debe presumir que recibirá estas gracias, sino que debe preparar los puntos de la meditación y todo el desarrollo, de forma que Dios pueda enviar sus gracias de la forma que a Él más convenga. Este tipo de oración es sólo un paso más en la escala de la perfección, del acercamiento a Dios. Aún queda mucho por avanzar y Dios no eximirá al alma que hace ya oración afectiva de diversas pruebas y tribulaciones. El alma debe aprender a ser agradecida con Dios a través de la humildad.


Bibliografía:
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Por dimensión contemplativa en la formación entendemos lo expresado en el documento La dimensión contemplativa de la vida religiosa, de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, en el número 1: “La dimensión contemplativa es radicalmente una realidad de gracia, vivida por el creyente como un don de Dios, que le hace capaz de conocer al Padre en el misterio de la comunión trinitaria, y de poder gustar "las profundidades de Dios".
No se pretende entrar aquí en los delicados y numerosos problemas que plantean las diversas formas de contemplación, ni hacer un análisis de la contemplación en cuanto don infuso del Espíritu Santo.
Describimos la dimensión contemplativa fundamentalmente como la respuesta teologal de fe, esperanza y amor con la cual el creyente se abre a la revelación y a la comunión del Dios vivo por Cristo en el Espíritu Santo. "El esfuerzo por fijar en El (Dios) la mirada y el corazón, que nosotros llamamos contemplación, se convierte en el acto más alto y más pleno del espíritu, el acto que hoy todavía puede y debe coronar la inmensa pirámide de la actividad humana"”.
B. Olivera, Contemplación en el hoy de América Latina, Ed. Patria Grandes, Buenos Aires, 1977, p. 19.
Luis Jorge González, Guidati dallo Spirito, Ed. Librería Editrice Vaticana, Città del Vaticano, 1998, p. 286.
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Adolfo Tanquerey, Compendio di Teologia Ascetica e Mistica, Lib. II, cap. II, n. 976.
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De las Homilías de San Juan Crisóstomo, obispo; (Homilía VI, suppl.: PG 64, 462-466)

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Charles André Bernard, L’aiuto spirituale personale, Editrice Rogate, Roma, 1994, p. 142.
Sugerimos consultar el libro Antonio Furioli, Preghiera e contemplazione mistica, Ed. Marietti, Genova, 2001, pp. 135 – 155 en donde se hace una explicación proficua de los actos de la voluntad.
Antonio Furioli, Preghiera e contemplazione mistica, Ed. Marietti, Genova, 2001, p. 192.
La diferencia de los términos entre los santos y los estudiosos puede prestarse a grandes dificultades en la comprensión de estos conceptos. Conviene siempre hacer un estudio cuidadoso de lo que cada autor entiende por contemplación y por contemplación mística.
Adolfo Tanquerey, Compendio di Teologia Ascetica e Mistica, Lib. III, Observaciones.
Susanna Tamara, Non vedo l’ora che l’uomo cammini, Edizioni San Paolo, Milano, 1997, p. 52.
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Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Vita Consecrata, 25.3.1996, n. 17
Congregación para los Institutos de Vida consagrada y sociedades de vida apostólica, Elementos esenciales sobre la vida religiosa, 31.5.1983, nn. 29 y 30
Antonio Furiolli, op. cit. p. 236
Congregación para los Institutos de Vida consagrada y sociedades de vida apostólica, La dimensión contemplativa de la vida religiosa ,marzo de 1980, n. 5.
 

 

 

 



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