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¿Qué libros te llevarás a la playa o la montaña este verano?



Por: Alfonso Basallo | Fuente: Actuall



No sé qué libros te llevarás a la playa o la montaña este verano. Yo incluiré “Un mundo feliz” entre otros clásicos imprescindibles (como C.S. Lewis, Chandler, Alfonso Ussía y Hergé) a los que vuelvo una y otra vez.

La novela de Aldous Huxley es uno de esos libros que hay que releer porque te da una visión de la actualidad más actual –valga la redundancia- que los telediarios de esta misma noche. Y eso que está escrita ¡en 1932!

Dos flashes. Uno, la idea del tirano es disponer de individuos sueltos, sin familia y sin vínculos, a fin de usarlos como mano de obra y manipularlos haciéndoles creer que son libres. Es lo que hace Mustafá Mond, el interventor de Europa Occidental. Y el experimento funciona. El truco consiste en suprimir el dolor y sustituirlo por el placer. Y eso genera cabestros sumisos, masas dóciles como corderos.

Segundo flash. Salvo los personajes que en la novela se revelan y prefieren sufrir pero ser libres, como Bernard, los demás aman la esclavitud. En eso consiste una dictadura perfecta. Lo que Huxley califica de “una prisión sin muros”, con “apariencia de democracia”, y en la que el preso medio está tan contento, a golpe de droga y carpe diem, que ni sueña con escapar y que “ama la servidumbre”.

No me digas que no es un retrato profético del Nuevo Orden Mundial, el pan-y-circo digital, la droga televisiva, la agenda LGTB y otros somníferos para huir del dolor.



Pero la condición para lograr esa sociedad de esclavos, esa legión de consumidores obedientes, es privarles del blindaje natural de la familia y conseguir individuos sueltos sin vínculos ni compromisos.

Eso mismo es lo que le cuenta la socióloga alemana Gabrielle Kuby  con una diferencia, su testimonio no es literario sino real como la vida misma. Kuby sería como Bernard, el héroe de Un mundo feliz. Estaba programada para ser una chica neumática, una joven dedicada a producir para el tirano, sin vínculos y sin familia. Como a otros muchos jóvenes occidentales, le hicieron creer que su rebeldía iba a cambiar el mundo y fue una destacada activista de mayo del 68.

Años después descubrió la verdad. Gabrielle se dio cuenta de que todo era un montaje de los tiranos para destruir la familia y que la revolución sexual que se desató en Occidente a partir de los años 60 no era sino droga alienante para reclutar esclavos.

Lo explica en su último libro, La revolución sexual global, de subtítulo elocuente: La  destrucción de la libertad en nombre de la libertad.  La obra, traducida a siete idiomas, se ha convertido en todo un instrumento de resistencia cívica en esta crucial batalla que se libra en Occidente entre el nuevo totalitarismo y la familia.

Claro que atreverse a poner en evidencia el Nuevo Orden Mundial, cuyo ariete es la Ideología de Género, es tan temerario como alzar la voz en la Alemania nazi. Y Gabrielle Kuby lo ha pagado caro.

El lobby gay le dedicó una obra de teatro en la que Kuby y otras activistas pro-familia eran amenazadas de muerte, con “un tiro en el cerebro”. Cierto, era teatro, una farsa. ¿Seguro? ¿Entonces por qué una semana después los vehículos de dos de esas activistas aparecieron calcinados?

Detrás de esa campaña perfectamente orquestada hay organismos como Naciones Unidas, organizaciones mafiosas como la abortera Planned Parenthood, o fundaciones millonarias como las de Rockefeller o Bill Gates.

Parece de novela. Hasta que lees a Gabrielle Kuby y comienza a desgranar datos y te das cuenta de que la cosa va en serio. Y te alegras de que, al menos, alguien alce la voz y tire de la manta. Por algo se empieza.





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