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Así cambió mi vida la JMJ
La JMJ supuso un antes y un después que algunos de sus protagonistas no dudan en recordar


Por: Álvaro de Juana | Fuente: Revista Misión



Denver, Madrid, Manila, París, Roma... y así hasta otras veinticinco ciudades de los cinco continentes que, en su día, acogieron uno de los eventos más multitudinarios del mundo: la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ). Ahora le toca el turno a la ciudad polaca de Cracovia, donde vivió san Juan Pablo II. Gracias a este encuentro, muchos han dado un giro a su vida. La JMJ supuso un antes y un después que algunos de sus protagonistas no dudan en recordar para Misión.

Madrid 2011
“A MÍ me llevaron engañada”, dice tajante pero con una sonrisa Elena, una joven de 21 años y estudiante de Derecho. Esta murciana recuerda así su paso por la JMJ de Madrid en agosto de 2011, gracias a la cual acabó “haciendo las catequesis de confirmación y del Camino Neocatecumenal”. “Jamás podré olvidar la noche de la vigilia del sábado en el aeródromo de Cuatro Vientos, donde tuvo lugar el encuentro con Benedicto XVI”, relata. Elena recuerda: “Yo era una persona que pasaba de todo; había perdido la fe años antes, pero una amiga mía de la Milicia de Santa María me invitó a la JMJ con el argumento de que era un encuentro de jóvenes que estaba muy bien”. Así, tan solo un mes antes, Elena decidió asistir.
 “La noche de Cuatro Vientos fui al baño, y luego no sabía cómo regresar al sitio. De pronto, comenzó a caer el ‘diluvio universal’ y me resguardé junto a una monja”, relata la joven. “Mientras esperábamos a que terminase de llover, me contó cómo había descubierto su vocación, cómo la llamó el Señor”. Y, de esta manera, mientras escuchaba la historia de la religiosa, Elena se preguntaba “por qué, a pesar de la lluvia que caía, nadie se movía…, todos querían seguir allí. Y, gracias a todo ello, comencé a replantearme mi fe”, asegura.  “Fue un antes y un después en mi vida. Comencé a ir a misa los domingos con mi amiga de la Milicia y hablé con uno de los sacerdotes para hacer las catequesis de confirmación para adultos”, apunta la murciana.

Colonia 2005
La historia de Gema y José, de Madrid, es diferente: decidieron casarse de camino a España, después de participar en la JMJ de Colonia, en 2005. “A la vuelta de la misa del Papa, pasamos por la ciudad francesa de Orleans y, allí, decidí pedirle matrimonio”, recuerda él en una reciente peregrinación a Roma. “Compré el anillo unos días antes de comenzar la peregrinación en autobús y, al final, se lo pedí en el lugar más insospechado y, quizá, menos adecuado, pero era ‘ahora o nunca’: debajo de un puente”, recuerda entre risas.
“Yo no me imaginaba nada; fui de peregrinación y no esperaba que me cambiase la vida”, confiesa Gema a Misión. “Fue en una zona industrial, con un tren de mercancías pasando de fondo, mientras dábamos un paseo”, detalla José riéndose. “Cuando se lo pedí, ella me dijo: ‘¿No te vas a poner de rodillas?’”; entonces, me puse de rodillas y ella me dijo que sí. “Me sorprendió mucho. Fui a encontrarme con el Papa y me encontré con mi futuro marido”, apunta Gema, quien, junto con José, ha tenido ya tres hijas.

Roma 2000
La JMJ de Roma, en el 2000, hizo reflexionar a Juan Ignacio, de 31 años, quien acaba de ser ordenado sacerdote, hace tan solo unas semanas, en la catedral de Madrid. “Mi vocación ya nació de pequeño, con ocho años, pero la ‘tapé’ en la adolescencia. Sin embargo, con trece años, volví a sentirla al escuchar al Santo Padre decir que no tuviera miedo”, revela el joven. “Sentía, en esos días de peregrinación, que Dios me llamaba a ser para Él…”, explica

Juan Ignacio continuó con su vida normal y participó en otras JMJ, como las de Toronto o Colonia. “Ya estaba en la universidad, y no quería volver a sentir la llamada porque cambiaba mis planes y pensaba que siendo sacerdote no sería feliz”. “Siempre volvía a Madrid con tristeza porque sentía que el Señor me llamaba, pero no podía responderle”, asegura. “Dos años después de la JMJ de Colonia, pregunté al Señor qué quería de mí y estuve un tiempo discerniendo. Me sentía vacío a pesar de tener novia, estudios, trabajo, dinero, amigos... No era feliz, algo no encajaba”.



Y, por fin, decidió responder a la llamada de Dios. Ahora asegura que es “plenamente feliz”, y no duda en afirmar que “estos encuentros son un momento propicio para hacer una parada en seco, guardar silencio y escuchar qué es lo que quiere Dios para uno”.
“Observar la belleza de la vocación humana por el matrimonio, por el sacerdocio o por la vida religiosa. Dejar todo, peregrinar, convivir con jóvenes cristianos, escuchar al Papa… Son ayudas que hacen que te sientas exhortado ante la radicalidad de la llamada de Cristo a seguirlo, y que se definen después, de una manera u otra. En mi caso, estas señales han resultado de una gran ayuda para ver la fidelidad de Dios”, concluye el recién ordenado presbítero.

Cracovia 2016
¿Cuándo?
Del 25 al 31 de julio

Infórmate en www.deleju.org

 





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