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Santa Luisa de Marillac: un perfil heroico
Dirijamos la mirada hacia una santa que llenó su tiempo con el per­fume de sus virtudes y ha logrado una posteridad gloriosa


Por: Yolanda Montefrio | Fuente: Vicencianos.org;



LA santidad (bella en su contenido, aleccionadora en sus ejem­plos, amable en su fin) es la práctica de aquel mandato del Se­ñor: “Sed perfectos, como vuestro Padre Celestial es perfecto”. La invitación es universal y, por tanto, accesible a todos los hombres. (La voluntad salvífica de Dios quiere que el cielo se pueble de santos; la voluntad humana, libremente, puede elegir su destino bien­aventurado. Dios no faltará a su promesa.)

El acercamiento a un alma santa es tanto más benéfico para nuestro espíritu cuanto más tangible sea la santidad que se nos propone. Por­que nuestras intenciones y buenos deseos se estrellarían infaliblemente ante la imposibilidad de hallar en nuestra vida un camino idéntico al de los santos extáticos o al de los solitarios de otros tiempos, que llenaron los desiertos con el perfume de sus virtudes.

Nos parece que santo y extático son una misma cosa, o que, forzosa­mente, a una santidad vivida debe aureolarla el prodigio; y no tocamos con qué el verdadero motivo de estos favores, son su consecuencia, un don extraordinario de Dios, pero no la constituyen. El nervio de la san­tidad, no lo olvidemos, reside en ser absolutamente fieles a la gracia y en servir a Dios con entrega total, sin titubear ante ningún sacrificio. Ni si­quiera ante el de la propia vida.

Dirijamos la mirada hacia una santa que llenó su tiempo con el per­fume de sus virtudes y ha logrado una posteridad gloriosa: Santa Lui­sa de Marillac, fundadora, con San Vicente de Paúl, de la Compañía de las Hijas de la Caridad. Su vida es una lección profunda y al mismo tiempo tan humana, tan actual, que podría simbolizar en nuestros tiem­pos la más armónica conjunción de vida interior y espíritu apostólico.

Su Santidad Pío XII, y con él los príncipes de la Iglesia, han seña­lado oportunamente los fallos del apostolado moderno. El más significa­tivo y lamentable para el apóstol de nuestros días, por la esterilidad que lleva consigo, es la falta de vida interior, de espíritu intensamente unido a Cristo.



Equívoca situación la del hombre que quiere enseñar a sus hermanos senderos que él no ha recorrido; la de la joven que se agita en la con quista de sus semejantes, olvidando que el bagaje necesario para esa pe­regrinación en torno al alma del prójimo está formado necesariamente de oración y sacrificio.

Pobreza espiritual la de nuestro ambiente, jalonado a lo largo del día con signos de fraternidad, sin que ninguno lleve la impronta de lo divino.

Y, sin embargo, está viva la palabra del Maestro: “Sin Mí nada po­déis hacer”.

Por eso cabe preguntarse con admiración qué grado de fidelidad a la gracia, de amor al sacrificio, habría ‘en el alma de Santa Luisa de Ma­rillac para que la obra que nació de su corazón haya perdurado de ma­nera perfecta a través de más de tres siglos de existencia.

Porque es cierto que Dios, a quien San Vicente y Santa Luisa de Marillac señalan como único fundador de las Hijas de la Caridad, se valió de ellos como de instrumentos para realizar su obra; pero tales instrumentos fueron tan dóciles en sus manos que en sus virtudes res­plandece el copioso fruto que iban a dar sus obras en la Iglesia de Dios.



Vida oculta de los santos: venero abundante de apostólico celo. Lui­sa de Marillac lo sabía, había adivinado el fecundo manantial de la caridad:

“¡Oh vida oculta de Jesús, qué ejemplo das a mi alma! Tú eres un verdadero tesoro, porque Dios está en ti.”

Estas palabras, eco fiel de su entrega a las cosas divinas, fueran la clave de su santidad sencillamente sublime.

El 12 de agosto de 1591 venía al mundo en París, según Gobillon, su primer biógrafo, Luisa de Marillac. A falta de partida oficial, que no se encuentra porque desaparecieron del archivo municipal los registros correspondientes a los años de 1590-1595, sabemos por otros documentos públicos que lleva el apellido de los Marillac por su padre, Luis de Ma­rillac, señor de la Ferriéres y de Farinvilliers.

Es de suponer que la recién nacida, al abrigo de los dominios de su padre, cruzara los días de su primera infancia en los brazos cariñosos de su madre, mientras sucedían unos a otros los acontecimientos trá­gicos del reino de Enrique IV, en los cuales debía tomar parte Luis de Marillac, capitán de la guardia del rey. Pero no podemos afirmar que la pequeña haya podido guardar, recuerdos de su madre, porque ya en 1595 la partida de un nuevo matrimonio de Luis de Marillac con Anto­nieta Camus, cuando Luisa tenía escasamente tres años, nos da la clave de la indefinible melancolía que se observa en el alma de la que había de secar tantas lágrimas ajenas durante una larga vida consagrada al ali­vio del pobre.

Efectivamente, existe la partida oficial, fechada en 12 de enero de 1595, que establece que Luis de Marillac contrae matrimonio con Antonieta Le Camus, viuda que trae al matrimonio cuatro hijos, y en el documento se hace mención de la existencia de Luisa.

El señor de Marillac comprendió desde un principio que para su hi­jita no había sitio en este nuevo hogar, y después de asegurarle una pequeña pensión vitalicia, se resolvió a confiarla al Real Monasterio de l’oissy, perteneciente a las religiosas dominicas, entre las que se con­taba una tía de la pequeña pensionista, llamada también Luisa de Ma­rillac.

El Real Monasterio de Poissy, situado a unas seis leguas de París, fue edificado por Felipe el Hermoso en recuerdo de su abuelo, el rey Luis IX, que santificó su vida ciñendo en su frente la corona de Francia.

La resolución de confiar una niña de tan corta edad a un monasterio de religiosas era corriente en el siglo XVI. (Familias distinguidas habían predestinado a sus hijas, desde la primera infancia, a la vida claustral. Así Ana de Plas, de noble ascendiente, es conducida dos meses después de su bautismo a la abadía benedictina de Faremoutiers, de la que llegó a ser abadesa más tarde, y a cuya tarea fue preparada por su tía, ma­dame de la Chátre, religiosa en dicho monasterio. Asimismo Juana de Gondi, priora del Real Monasterio de Poissy, donde se educó nuestra santa, había dotado espléndidamente a aquellas de sus sobrinas que si­guieran la vida religiosa en dicho monasterio. Esta elección de estado tan prematura para las jóvenes, que es a nuestra mirada actual un des­atino, hay que juzgarla con la misma visión que al conjunto de la socie­dad de aquel tiempo.)

La educación que las jóvenes y niñas recibían en los monasterios no tenía el sentido integral de hoy. Se trataba de una escuela de nobleza, donde las jóvenes pensionistas fortalecían el amor a sus privilegios so­ciales y el modo de comportarse dignamente en su elevado rango. Las pensionistas destinadas a la vida religiosa desde los primeros años en­contraban también alimento a sus deseos en las prácticas observadas en dichos monasterios.

A estos dos fines principales iba anexo el de la instrucción y cul­tura, que, en fuerza de ir dirigida a personas de alta condición, y en un siglo en que Francia había sacudido ya los anquilosados procedimientos medievales, no podía por menos de estar ajustado a un renacimiento literario, si bien con el matiz cristiano propio de las instituciones mo­násticas. La misma religiosa pariente de Luisa había traducido al fran­cés el Oficio Parvo de la Virgen, en verso cuidado; los Siete Salmos Pe­nitenciales, y otras obras de la antigüedad.

Luisa de Marillac creció en este ambiente distinguido y culto, ajeno a la vaciedad de espíritu. Ignoramos hasta qué punto hubiera llegado en su formación intelectual, caso de haber permanecido allí hasta com­pletar su educación. El hecho es que a los trece años Luisa ya no es pensionista de Poissy. (¿Por qué?) El señor de Marillac, antes de mo­rir (1604), sea por dificultades pecuniarias o sea porque se daba cuenta de que su hija se hallaba expuesta a desprecios por parte de sus compa­ñeras de estudio, clue pertenecían a la alta nobleza, tan ufana de sus privilegios, la había retirado del monasterio y colocado, como pronto veremos, bajo los cuidados de una señorita de más modestas condiciones.

Esto no fué obstáculo para que Luisa pudiera perfeccionar su edu­cación literaria bajo la benévola influencia de su tío Miguel de Marillac, hombre piadoso e ilustrado. Así no es de extrañar que más tarde, cuando el señor Vicente, en su correspondencia con ella, citaba textos en latín, pudiera añadir: “No le traduzco esto porque usted sabe sus latines”.

Los biógrafos señalan la infancia melancólica de Luisa, apenas supe­rada por un espíritu fuerte. Opinan que, lejos del cariño maternal, la niña hubo de vivir continuamente entristecida y en trance de perpetua debilidad respecto al cuerpo (motivos en que fundan una rémora para el vuelo de su espíritu hasta bien entrada en su madurez).

Otros biógrafos, de modernidad más acusada, extremando el análisis psicológico de su alma, nos presentan la santidad de Luisa en función conjunta de su orfandad y de su temperamento nervioso, capaz este último de hacer de un alma un ser mediocre o un gran santo.

Sería absurdo negar que la orfandad deja reliquias imborrables en el alma, puesto que en muy contados casos hay alguien que sustituya per­fectamente a la madre. De ahí el complejo de los pequeños seres que han de formarse a merced de cuidados extraños. No es difícil suponer que careció por completo del hogar propiamente dicho, aunque se sabe que su padre le profesó siempre un gran amor, hasta tal punto que pudo escribir en su testamento: “Mi hija ha sido el gran consuelo de mi vida. Me ha sido dada por Dios para mi reposo en las aflicciones de la vida”.

La infancia de un huérfano está concebida en virtud de dos poten­cias, que pueden elevar el espíritu o dejarlo en el marasmo de su trun­cada personalidad. Estas dos fuerzas son, en el caso de Luisa, el am­biente donde dio sus primeros pasos y las disposiciones personales de su propio espíritu infantil, no tan melancólico y retraído como se nos quiere presentar.

El Monasterio de San Luis de Poissy, tal y como está mencionado, podía ayudar a los espíritus bien dispuestos, porque a lo selecto de las personas que allí se consagraban a la vida monacal se unía el cálido am­biente religioso. No era fácil que Luisa encontrara allí una madre, in­sustituible siempre, pero sí que su espíritu pudiera abrirse a la vida en el seno propicio de una casa de oración, de cultura y de trabajo.

Pero este régimen no presupone que de él se siguiera infaliblemente una predeterminación a la santidad. De ahí podemos deducir que junto a Luisa de Marillac pasaron muchas educandas por Poissy sin que estos primeros años—fundamentales en toda vida—dejaran en ellas ningún rastro excepcional que las inclinara en el futuro a buscar a Dios sobre todas las cosas.

La infancia de Luisa nos presenta un alma íntegra, aunque trabajada por el dolor, y tan fiel a la gracia desde los primeros años de su vida que mereció más tarde que el Señor hiciera por su medio grandes cosas, tomándola como instrumento dócil.

La mejor prueba de la lucidez de su espíritu, de su caridad, ya alumbrada por las páginas del Evangelio, nos la ofrecen precisamente los hechos que siguieron a su permanencia en Poissy. Su educación no pudo completarse; tal vez, como ya dijimos, el panorama económico de la Marillac, agravado por los nuevos hijos, obligara al padre de I atina a que la niña dejara su residencia monacal, o, según opinan otros, “para que pudiera educarse en aquellas cosas que convenían a su con­dición”.

Su segunda residencia fue un modesto pensionado que cierta seño­rita tenía en París. Un cuadro distinto para sus aspiraciones y para el nuevo rumbo de su vida. No es la dulce sumisión a la voz digna de las madres dominicas en un cenáculo de trabajo y oración, bajo los benéfi­cos impulsos del bien. Es la salida al mundo en un contacto más es­trecho, la necesidad de fortalecerse ante nuevos e inquietantes proble­mas, el descenso de comodidades materiales; es, en fin, para Luisa, el captar allá en las profundidades de su espíritu la verdadera situación de su desplazamiento familiar, cubierto antes por las doradas nubes de su infancia, que, a no dudarlo, encontró entre las religiosas un resto de mimoso trato para su pequeño corazón.

El descenso del propio ambiente es capaz de turbar al espíritu más equilibrado, evidencia que se puede contemplar diariamente. Mucho más cuando este descenso lleva aparejada la desigualdad de trato y de cul­tura de las personas con quienes se convive. De lo que representó para la pequeña Luisa el cambio de las nobles estudiantes y pensionistas de Poissy por las modestas compañeras de su nuevo internado podemos ha­cernos idea, aunque siempre menos viva que lo sería el choque doloroso que encierra su realidad.

Precisamente ésta es la piedra de toque que muestra el espíritu de fortaleza de Luisa de Marillac; si queremos, envuelto en un cuerpo en­fermizo, aunque no tanto como nos lo hacen ver los biógrafos. Otra adolescente con menos capacidad anímica hubiera claudicado ante este cambio brusco de ambiente. Ella lo supo afrontar de manera delicada­mente caritativa. El régimen interno de aquel pensionado era de tal eco­nomía que las mismas educandas se veían obligadas a tomar parte en los pequeños trabajos de la casa. Tal vez aquello pretendía ser un en­sayo de las modernas Escuelas de Hogar, en las que se adiestran en diversos menesteres las jóvenes de nuestros días. Luisa no sintió repug­nancia hacia su nuevo género de vida. Y si llegó a sentirla, la venció con tal energía que apenas fue obstáculo exterior para su vida en aquella casa. Se nos dice que ella misma se encargaba de cortar los grandes tro­zos de leña para el fuego y que, en vista de la pobreza que allí reinaba, animó a sus compañeras a trabajar en pequeñas labores con que allegar los recursos necesarios para la señorita, sin duda más llena de buenos deseos que de posibilidades materiales para cumplirlos.

Que Luisa de Marillac se hubiera encontrado en dicho pensionado tan en su centro que no ambicionara nada más y se quedara lejos de toda la influencia intelectual, artística y piadosa que tenía el Monasterio de Poissy, no puede suponerse. Su espíritu se había dilatado lo suficiente en los primeros años de su vida para que los parientes se hubieran ase­gurado de su verdadero talento intelectual y artístico. De ello nos que­dan muestras en algunos cuadros pintados en su adolescencia, que reve­lan los más delicados sentimientos. Su espíritu, refinado por naturaleza y por la primera formación que había recibido, no pudo plegarse brus­camente al nuevo ambiente sino por un renunciamiento enérgico, propio de un alma que respondía con fidelidad a los impulsos de la gracia. De otro modo se hubiera hundido en las tranquilas aguas de una existencia mediocre, apenas agitada por la inquietud.

Su padre murió en 1604, dejándola a merced de la tutela de su tío Miguel, varón de grandes virtudes, que adivinó pronto el alma de Luisa y la guió constantemente con sus consejos. Por tanto, sería gran equi­vocación considerar la infancia de Luisa como un pequeño lago de aguas amargas, donde sólo fructificaron la melancolía de espíritu y la debi­lidad de cuerpo. Antes al contrario, de las estrechas rejas de Poissy a la modesta pensión de París pasó el germen de un alma santa: madura para el sufrimiento, pero no con una madurez pasiva, hecha de ese ple­gamiento inerme, acongojado, a lo que es inevitable: a la desgracia que acecha,

“Necesitamos de mucho valor—diría más tarde—para ven­cernos a nosotras mismas; aunque las que llamamos penas y di­ficultades lo son más en nuestra imaginación que en la realidad.”

Su orfandad, a no negarlo, sería triste, siguiendo el curso de las leyes generales ; su pequeño corazón debió sentir el repetido vacío de las cari­cias maternas. Mas su espíritu ya latía en una altura dominante, donde reinan la calma y la serenidad.

Sublime lección la que ofrece la niñez de Luisa a las impaciencias de nuestro quehacer cotidiano, a las insubordinaciones del espíritu, que muchas veces se estrella ante la roca de una pasividad profunda.

En esta vida santa en flor, que tuvo que renunciar a una existencia cómoda, y, sin esfuerzo, presentimos las insinuaciones que la Gracia ofrece al alma, invitándola a lo más perfecto.


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