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Capítulo 13: De la necesidad de repensar y asumir la vida
¿Qué vale la pena? ¿Hacia dónde voy? ¿Qué tan responsable soy de mis culpas? ¿Qué derechos tengo y no he ejercido, y qué deberes tengo y he desconocido?


Por: Fr. Nelson M. | Fuente: Casa para tu fe católica



Además del deseo de descansar está la urgencia de repensar muchas cosas. Tomar distancia es el ejercicio de situar el libro de la vida a la medida justa para distinguir palabras y mensajes que tal vez nos hemos negado a reconocer. No se puede leer un escrito si uno está demasiado cerca de él; hay que distanciarse y reflexionar.

Por otra parte, y cuando menos en Occidente, hay que decir que nuestra sociedad se ha matriculado masivamente en el culto al ruido. A la manera de parlantes que no cesan de enviar sus mensajes, los medios de comunicación nos avasallan con propuestas de todo género, muchas veces contradiciéndose entre sí. Es difícil formarse un criterio cuando las mentiras y las medias verdades se suceden una tras otra, cada cual tratando de ganar adeptos, clientes o creyentes. A menos que uno quiera ser oveja de mil pastores a la vez, es evidente que todo esto llama a reflexión, o como hemos dicho, a repensar muchas cosas.

Las preguntas, si queremos oírlas, se hacen agudas: ¿Qué vale la pena? ¿Hacia dónde
voy? ¿Qué tan responsable soy de mis culpas? ¿Qué derechos tengo y no he ejercido, y
qué deberes tengo y he desconocido? ¿A quién estoy haciendo daño sin darme cuenta?
¿De qué tengo miedo? ¿Cuáles son mis verdaderas alegrías? ¿A quién estoy siguiendo o
de qué aprobaciones dependo? ¿Qué futuro me aguarda?

En su multiplicidad, estos hondos interrogantes gravitan en torno a la existencia, el amor y la felicidad. Tarde o temprano nos llevan a meditar sobre el final, la muerte y el destino eterno. Meditación que, en una visión superficial, puede parecer solamente sombría y deprimente pero que luego trae una enorme
carga de esperanza, en la medida en que nos conduce a tomar nuevas decisiones sobre una base más firme y más duradera.

Por ahora interesa destacar que el esfuerzo de repensar la vida requiere de una distancia del curso usual de la misma vida. Opuesta en todo a la cobardía, esta honda reflexión merece ser calificada de acto de responsabilidad y de manifiesto de libertad.

Lejos de las falacias de la publicidad, de las presiones inmediatistas y de la superficialidad que todo lo equipara, la fuga mundi es un grito de independencia. No nos extraña, por ello, que muchos de los monjes que "huyeron" hacia el desierto de la autenticidad y la profundidad de vida hayan encontr
ado después que muchos querían seguir sus pasos, y que además mucha de la gente "d
el mundo" los quería por consejeros o maestros.



De esta matriz valiente, fecundada al soplo ardiente del Espíritu Santo, ha nacido la vida
consagrada. En sus diversas expresiones y carismas, la vida consagrada es como la
institucionalización de la fuga mundi . A veces lo han logrado con mayor acierto, a veces
sólo con graves deficiencias. En todo caso, de las vidas de los religiosos se hacen
compañeros de camino todos los que separan un tiempo para orar y meditar con mayor
intensidad, sopesando en su corazón lo que cuenta y  lo que simplemente estorba o perjudica.

El fruto de tales consideraciones será lo tercero que dijimos al hablar de "tomar distancia." Un buen tiempo de desierto o de retiro ayuda extraordinariamente a asumir la verdad de lo que uno es. El conocimiento de sí mismo es de veras el camino real para la aceptación de sí mismo. Y el fruto de esta aceptación profunda es la paz. Un verdadero retiro es semilla de una paz duradera.
Cosa que no equivale a "resignarse" a ser uno mismo, por supuesto. Nuestra perspectiva
es enteramente cristiana, y de las Escrituras sabemos que Dios nos acepta como somos
pero no para dejarnos como somos, sino para guiarnos hacia lo que seremos con su  gracia.

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