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Alegría y Educación XI

Las fuentes de la alegría
Las fuentes de la alegría pueden considerarse desde ángulos diversos: según lo que el hombre cree, según lo que el hombre es, según lo que hace y según lo que tiene


Por: Estanislao Martín Rincón | Fuente: Catholic.net



De entre los aspectos aún no tratados hay un tema que pensamos que puede resultar interesante: las fuentes de la alegría. Aunque algún apunte ya ha quedado suelto en anteriores ocasiones, hoy le dedicamos la totalidad del escrito. Las fuentes de la alegría pueden considerarse desde ángulos diversos: según lo que el hombre cree, según lo que el hombre es, según lo que hace y según lo que tiene. Me centraré solo en los aspectos segundo y tercero, no sin antes decir que según lo que el hombre cree (que incluye también lo que espera), sólo hay una fuente absoluta de alegría: Dios, que es el origen de toda alegría y más aún, la alegría misma. Según lo que el hombre tiene, las alegrías son limitadas pero imprescindibles, especialmente en la infancia.

1. De acuerdo con lo que el hombre es, criatura inteligente, hecha a imagen de Dios, las fuentes principales de la alegría son dos: el conocimiento y el amor. El conocimiento porque es lo más humano que tenemos los hombres, lo que nos define y nos distingue del resto de la creación; el amor porque en él coinciden a la vez el sentimiento más noble y el ejercicio de la voluntad.

En una entrega anterior -Alegría y educación IV: La alegría, actitud y virtud- distinguíamos entre ponerse alegre, estar alegre y ser alegre, y señalábamos que lo importante es estar alegre y más aún, ser alegre. Ahora bien, toda alegría es más o menos fugaz. Vivir en permanente alegría es una utopía; no existe tal alegría mientras que vivamos como hijos de esta tierra. En cambio, esta certeza no anula la aspiración a una alegría inacabada. Las experiencias felices no las tenemos aseguradas pero la tendencia sí, porque el hombre, como ya se dijo en otra ocasión, no puede no querer ser feliz. Ante esta paradoja: el hombre apetece vivir feliz y en cambio sabe que no puede serlo totalmente, surge la pregunta ¿qué se puede hacer?, ¿hay algo en lo cual nos podamos emplear que nos permita acercarnos a la alegría permanente, o al menos recobrarla cuando se haya perdido? La respuesta es afirmativa y rotunda: el amor. Amor y alegría no son exactamente lo mismo, pero su relación es evidente, hasta el punto de que puede decirse que si el amor es auténtico puede darse sin alegría pero no alegría sin amor. La alegría es el fruto natural del amor. San Agustín, en La ciudad de Dios dice que el amor y la alegría aparecen como dos facetas de una misma realidad y explica que el amor que desea aquello que ama es el deseo, en cambio cuando lo consigue y disfruta de ello, eso es la alegría.

Este es el undécimo y último artículo de una serie titulada ALEGRÍA Y EDUCACIÓN. Para quien conozca la dureza de las tareas educativas, este emparejamiento (alegría y educación), le podría sonar a buenos propósitos o a teorías ingenuas imposibles de llevar a la práctica. Pero tal postura sería errónea. Sostener que hay que educar para la alegría no es una quimera. Ya dijimos cómo es posible inculcar actitudes básicas de alegría y optimismo. Hoy vemos que hay algo más: enseñar a amar. Porque a amar también se aprende. El amor, en su sentido profundo de apertura y entrega, ya fue definido hace siglos como “el deseo de un bien para los demás”. Y esto siempre es posible. Es de experiencia común que no siempre podemos estar alegres. Puede que atravesemos temporadas, incluso épocas enteras de la vida, en las cuales parezca que todo se vuelve contra nosotros; situaciones, a veces especialmente crudas y dolorosas. Puede que en la vida nos encontremos con montañas de dificultades que nos impidan captar el bien y disfrutar de él, pero nadie puede impedirnos amar, al menos amar interiormente, porque amar es un acto de la voluntad, y la voluntad es patrimonio exclusivo de cada persona.

La reflexión sobre el conocimiento y el amor desemboca necesariamente en la contemplación. No nos referimos a la contemplación religiosa o mística, que es un campo que queda fuera de nuestra competencia, sino a la contemplación natural, de la cual se ha dicho que es donde reside la cumbre de la sabiduría humana. Nada hay más excelso que nos corresponda en cuanto seres humanos que contemplar, ni nada hay que nos cause mayores alegrías naturales. La contemplación es fuente de alegría porque para el hombre el contemplar es la síntesis que surge entre conocimiento y amor, que son las dos operaciones más importantes del ser humano. Ambas son dos tendencias naturales y básicas de todo hombre. Toda persona apetece conocer más y mejor porque al conocer se pone en juego la inteligencia que es entre todas nuestras capacidades la más nuestra, la específicamente humana. A la vez todo hombre está impulsado a ser amado y a amar, siendo ésta la operación que más nos plenifica. Nada nos llena tanto como querer y ser queridos. Pues bien, la contemplación surge de la unión de ambas operaciones: conocer y amar. Contemplar consiste en complacerse en lo que se ama y se conoce al mismo tiempo. Es un modo de conocer ciertamente, pero no es un modo cualquiera, es “un conocer encendido por el amor”, según lo define Josef Pieper, un gozarse en aquello que se conoce y se ama.



Además del conocimiento y el amor, en relación con lo que el hombre es hay otra dimensión básica y fundamental: la dimensión social. El hombre es un ser social, necesariamente. La socialidad no es un adorno que viene a embellecer a los individuos. No es un plus conveniente para una mayor perfección de la persona. Es que sin relación nadie seríamos quienes somos. Sin relación nos quedaríamos aislados en el individuo que vive en nosotros, pero no la persona que vamos siendo y que estamos llamados a ser. Cada cual pasa de niño a hombre y de niña a mujer gracias al conjunto de relaciones que establecemos con los demás. Es justamente en el encuentro con el otro donde yo soy más yo, la participación activa en la vida común es una experiencia enriquecedora y gozosa. Por eso la convivencia es fuente de alegría, con una condición, eso sí, que esta convivencia sea cordial y acogedora para sus protagonistas.

2. Respecto de lo que el hombre hace hay que decir que la relación de la actividad con la alegría está en la misma raíz de lo que la palabra alegría significa. Por su significado original el término alegría indica viveza, movimiento, dinamismo. La persona alegre, por tanto, es persona activa, entendiendo por tal no la que hace muchas cosas, sino la que al actuar lo hace personalmente, es decir, poniendo en cada acción todos los recursos personales del ser. La actividad es fuente de alegría porque al actuar se manifiesta lo que la persona es. La actividad está unida a la vocación de realidad porque la obra es el medio habitual de realizarnos. Las acciones no son lo que da valor a la persona, porque ésta tiene valor por sí misma, pero sirven para proyectarnos; las acciones personales dan la medida de lo que somos. En cuanto a qué actividades son fuente de alegría cabe señalar cuatro campos: el trabajo, el estudio, la lucha y el juego. Como ahora resulta imposible dedicar ni siquiera una líneas a cada una ada una de ellas, digamos solamente, por lo que respecta al trabajo, que éste a menudo no es fuente de alegría sino lo contrario, actividad tantas veces dura y desagradable. Desde un punto de vista natural, para que el trabajo pueda ser vivido con alegría son necesarias tres cosas: una, que no sea un trabajo indigno, es decir, que en su materialidad no atente contra quien lo realiza; dos, que sea visto y entendido como un bien, y tres, que cada trabajo sea una obra bien hecha: bien proyectada, bien realizada y bien terminada.

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