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Entrevista al Dr. Austen Ivereigh, autor de El gran reformador. Francisco, retrato de un Papa radical (Ediciones B)
Movimientos y Asociaciones

Una Iglesia pobre para los pobres; libre de toda ‘mundanidad espiritual’; cercana a la gente, especialmente a los que sufren y anhelan las Bienaventuranzas; una Iglesia samaritana, que busca sanar y curar en vez de condenar, etc. La reforma de Francisco, en este sentido, no es nueva. Pero sorprende y desconcierta. Lo más inusual de la reforma de Francisco es que (a diferencia del poverello de Asís) al reformador lo eligieron papa. Y, en la tradición de toda reforma auténtica, está abriendo el centro a la periferia, el Vaticano a las realidades concretas y pastorales de la Iglesia local. Una reforma tradicional católica. Hasta en el énfasis en la Misericordia. La historia juzgará al Papa Francisco como uno de los grandes reformadores de la Iglesia moderna.


Por: Luis Javier Moxó Soto | Fuente: Catholic.net



El Doctor Austen Ivereigh, 49 años, es escritor y periodista británico, y autor de la biografía papal, El Gran Reformador: Francisco, Retrato de un Papa Radical (Ediciones B), que salió primero en inglés en noviembre 2014 y ha sido traducida a ocho idiomas. Ivereigh ha sido vice-director de la revista católica semanal The Tablet como también asesor de comunicaciones del anterior cardenal arzobispo de Westminster (Londres), Cormac Murphy-O'Connor. Con Jack Valero, Ivereigh en 2010 fundó Catholic Voices), un proyecto de comunicación que capacita a los católicos a hablar en la TV y la radio sobre temas neurálgicos ahora presente en 19 países. Es también autor de How to Defend the Faith Without Raising Your Voice ("Cómo Defender la Fe Sin Alzar la Voz") que está en su segunda edición americana (Our Sunday Visitor), y que ha sido traducido a varios idiomas. La edición española, traducida y adaptada por Yago de la Cierva, saldrá pronto (Ed. Palabra). 

 

Hace no mucho entrevistamos en este espacio a Andrés Beltramo, autor de "La reforma en marcha: Emoción y desconcierto en tiempos de Francisco". Ahora tenemos en nuestras manos un libro de más del doble de páginas, de Austen Ivereigh "El gran reformador. Francisco, retrato de un Papa radical". Austen, ¿es tan voluminoso o trascendente el programa de reforma en el que está metido nuestro Papa actual para que Beltramo, tú y otros muchos os ocupéis del tema?

Aprendí mucho del libro de Beltramo, un vaticanista muy astuto, y admiro mucho una obra reciente de otro vaticanista, Javier Martínez-Brocal, que en El Papa de la Misericordia captura la faceta central del pontificado, la recuperación de la esencia de Dios que es Misericordia.

El objetivo de mi biografía, El Gran Reformador, no es tanto el pontificado como el Papa Francisco mismo y la historia del país que lo formó, como una tela de fondo del pontificado, buscando las raíces de la visión reformista de Francisco en su propia vida y los dramas argentinos. 



Soy el primer biógrafo que ha rastreado sus treinta años de jesuita, leyendo todo lo que él escribió en esa época, y buscando ubicarlo en una época turbulenta, en una época de renovación y de crisis en la Iglesia, en la política latinoamericana, y en su propia Compañía de Jesús.

Lo que motivó el libro fue una frustración mía con las narrativas existentes sobre Francisco, especialmente en el primer año de su pontificado. Yo conocía bien la Argentina por haber hecho, hace ya más de veinte años, un doctorado en Oxford sobre la Iglesia y la política en la Argentina, cuando viví en Buenos Aires por más de dos años (si se suman mis varias estadías). En retrospectiva podría ahora describir la tesis como la historia de la Iglesia que formó al actual Papa. 

Mi tesis me había introducido en los grandes temas que serían clave en su vida: el nacionalismo católico de los años cuarenta, el movimiento social católico y el peronismo, el Concilio Vaticano II y Medellín, la teología de la liberación, la crisis del liberalismo democrático y la presencia de los militares en la vida pública, y por supuesto, la guerrilla y la dictadura de los años setenta, etc. Me parecía obligatorio tratar de situarlo dentro de ese contexto antes que encasillarlo en categorías ajenas. Creo que ese es el gran logro del libro. 

Conociendo bien aquel trasfondo, y las varias posturas de la Iglesia, me preguntaba: ¿y Bergoglio? ¿dónde lo encontramos en cada momento de estas crisis? ¿Era reformador o conservador, liberacionista o tradicionalista, jesuita tradicional o progresista? Mis fuentes eran no sólo sus propios escritos, sino también muchos testimonios — más de ochenta entrevistas — con personas que lo conocían bien, como jesuita o como obispo. Pues lo que obtuve de todo esto es una persona extraordinaria, muchas veces mal entendida, que se sale de los marcos de su época, y que demuestra, desde el principio, una gran capacidad de liderazgo. Aprender a usar bien esa capacidad fue el gran reto de su controvertido período como jesuita.

 

Ciñéndonos al carácter reformador del Papa Francisco, ¿en qué cuestiones o aspectos novedosos, inéditos hasta ahora, se centra tu título?

En octubre de 2013, cuando volví a Buenos Aires por lo que serían dos meses de reuniones y entrevistas, era ya evidente que este pontificado tenía un programa ambicioso de renovación y transformación. Leyendo sus discursos y escritos como provincial y rector jesuita, la semejanza con ese programa se hizo muy evidente.

Hay un hilo conductor en su vida: una visión muy desarrollada e integral de la reforma de la Iglesia. Entonces me di cuenta que el tema principal de la narrativa sería mostrar y explicar esa visión, que es, en el fondo, una reforma tradicional radical católica: volviendo la Iglesia a enfocarse en su misión central, de conducir a las personas al encuentro - la experiencia — del Dios de la Misericordia, de donde se sigue todo.

Un libro clave para entender esta reforma es el de Yves Congar de 1950, Vraie et Fausse Réforme dans l’Eglise. La verdadera reforma respeta y no cuestiona las doctrinas y tradiciones de la Iglesia, pero busca cambiar el enfoque a una postura más concentrada en las necesidades concretas del pueblo sencillo —lo que los obispos latinoamericanos reunidos en Aparecida en 2007 llamaban ‘revolución pastoral’—. Es lo que buscó el Concilio Vaticano II. Es lo que busca el Papa. 

El título del libro, pues, me permite explicar que Francisco es un reformador, pero no es un Lutero; es un radical, pero no es un Che Guevara. Pertenece a una tradición de reforma radical católica que busca facilitar el acceso de la gente común a los bienes de la Iglesia, que a su vez facilitan la vida con Dios. Es una tradición de reforma muy fácil de reconocer en los padres de la Iglesia de los inicios, en las grandes corrientes reformadoras de la Iglesia medieval, cuyo icono es el ídolo del Papa: Francisco de Asís. Una Iglesia pobre para los pobres; libre de toda ‘mundanidad espiritual’; cercana a la gente, especialmente a los que sufren y anhelan las Bienaventuranzas; una Iglesia samaritana, que busca sanar y curar en vez de condenar, etc.

La reforma de Francisco, en este sentido, no es nueva. Pero sorprende y desconcierta. Lo más inusual de la reforma de Francisco es que — a diferencia del poverello de Asís — al reformador lo eligieron papa. 

 

¿De qué modo concreto el Papa está permitiendo o posibilitando que la periferia reforme al centro y cómo todas sus reformas pueden ser comprendidas desde esa óptica?

Es uno de los criterios de Congar: toda reforma auténtica tiene su origen en la periferia, y ocurre cuando el centro se abre a esa periferia. Siempre es así, en tiempos de los profetas del Antiguo Testamento y en tiempos de Jesús, que es acogido primero por los pastores y pescadores de las zonas marginales. En la historia de la Iglesia, observa Congar, los movimientos de reforma se originan en los místicos del desierto, los monjes, y las órdenes religiosas (donde hay compromiso radical con el Evangelio), a través de la pobreza y la castidad, es decir, una negación del poder y del dinero, del apego en general. Jorge Mario Bergoglio, un jesuita austero del lejano sur que pasaba sus sábados en las villas miseria, cumple con el estereotipo. Y, en la tradición de toda reforma auténtica, está abriendo el centro a la periferia, el Vaticano a las realidades concretas y pastorales de la Iglesia local. 

Es una clave para entender lo que está buscando su reforma. Su nómina de nueve cardenales de todos los continentes (el ‘Consejo de los Nueve’), encomendándoles la tarea de re-estructurar la curia romana; su predilección por nuevos cardenales de países pequeños y pobres; y sobre todo el sínodo reformado, que busca arraigar la dinámica centro-periferia en el proceso de discernimiento eclesial, son todos signos de esta nueva apertura a las fronteras.

Y, por supuesto, sus viajes apostólicos, cuando busca reconectar centro con periferia visitando diócesis lejanas o flageladas, como ahora en México, cuando priorizó las fronteras norte y sur de México, además de Ecatepec (lugar de desempleo y de violencia) y Morelia, afligida por el narcotráfico. El papa está convencido que desde las periferias viene la renovación de la Iglesia pero también de la sociedad, de la cultura, de la política. Ha tenido esta convicción desde el principio. El problema con las élites es su tendencia a refugiarse en las abstracciones ideológicas (lo que Bergoglio siempre llamaba el laboratorio) y necesitan reconectarse con las realidades, lo que él llamaba ‘la frontera’. Su reforma del Vaticano obedece totalmente a esa lógica. 

 

¿Cómo está operando la reforma del Papa dentro de la Tradición de la Iglesia, sin cuestionar ningún aspecto de la doctrina católica, poniendo el énfasis en la Misericordia tal vez?

Es una reforma tradicional católica. Hasta en el énfasis en la misericordia. Es la reforma de Jesús — no cambia la doctrina como tal, sino el enfoque, la óptica. Es lo que los teólogos llaman un cambio de hermenéutica (una palabra favorita del Papa). Para tomar un ejemplo muy del momento, cuando ves a una pareja católica vuelta a casar sin anulación, ¿qué ves? ¿Una amenaza a tu certidumbre, una fuente de contaminación a tu comunidad, una agresión que tiene que ser resistida? ¿O ves una situación de dolor, de heridas que necesitan ser curadas, personas que han experimentado el rechazo y la vergüenza hambrientas del perdón y el abrazo de Dios? Un enfoque pastoral, de misericordia, es el segundo. Acoger y sanar a esas personas, saliendo a buscarlas y integrándolas a la comunidad no significa cambiar las doctrinas sobre indisolubilidad y la eucaristía, pero requiere una conversión hermenéutica. Este es el reto del Papa. Dice que la primera hermenéutica es la de los doctores de la ley, la segunda la lógica de Dios. Misma doctrina, actitud totalmente diferente. 

Una vez dijo, en un retiro de Buenos Aires, que la verdad es como una piedra preciosa. Seduce a quien se le ofrece en la mano, pero hiere a quién se la arroja en la cara. Misma piedra, efecto diferente. Doctrina sin Misericordia es como la piedra arrojada, que enajena, hiere, rechaza. La verdad de Dios es la misericordia; lo inmisericorde no es de Dios. La misericordia convierte, seduce, abre corazones y mentes, libera y salva. Si la Iglesia se está achicando, es porque su énfasis excesivo en las verdades de las doctrinas (énfasis motivado por el miedo, o sensación de amenaza) ha hecho que se vuelva inmisericorde. Recuperando el énfasis sobre la misericordia, Francisco está liberando a la Iglesia del gueto en que la sociedad liberal occidental (y la respuesta defensiva-agresiva de la Iglesia) la tenía amarrada. 

Como puedes imaginar, desde que publiqué El Gran Reformador muchos me comparten sus opiniones sobre el Papa. Aquí en Inglaterra me dicen, “no soy católico, no estoy de acuerdo con la Iglesia, pero me encanta este papa”. Siempre los pregunto: ¿Y qué es lo que te gusta? Siempre me cuentan una anécdota, o un dicho, que se puede resumir con la palabra Misericordia.

Es muy cristológico, ¿no es cierto? Los que están fuera de la Iglesia están reconociendo en Francisco la propiedad central de Dios, mientras dentro de la Iglesia hay grupos aterrados y molestos con el Papa. Me parece que la sociedad occidental, imbuida del cristianismo aun cuando lo rechaza formalmente, sabe inconscientemente que Dios es misericordioso; Francisco le está recordando a Jesús, una persona que en su corazón aman pero que en su mente han olvidado. Francisco les está llegando a través de actos y gestos que apelan a esa memoria colectiva inconsciente. 

 

Muchas gracias, Austen por dedicarme este momento. Por último quiero preguntarle si piensa que al Papa Francisco le va a dar tiempo a desarrollar personalmente todo ese programa reformador, si ya preveyó, o avisó, que tendría cinco años de pontificado ¿No está dejando, en varios sentidos, el listón muy alto o difícil para el siguiente pontífice?

Es cierto que él preveía un pontificado corto y desde el principio (como buen jesuita) tenía un plan de cinco años. Pero tengo entendido ahora que sabe que necesita siete años para realizar su plan de cinco, lo que significaría un pontificado tan largo como el de Benedicto. Creo que después de marzo de 2018 buscará el momento (mucho depende, por supuesto, de su salud) el momento propicio para renunciar en algún momento antes de marzo de 2020. Es realista, tiene 79 años, y el papado actual requiere fuerza física y mental para viajar y gobernar. Sería extraño si no previera que a los 82-83 años no tendrá ese vigor. Pero dicho todo esto, sabe que Dios puede pedir cualquier cosa… 

¿Tendrá suficiente tiempo para reformar la Iglesia? Por supuesto que no. Las reformas (de las estructuras, pero sobre todo de la cultura) requieren una generación. Pero él está muy consciente de eso. Por eso busca iniciar procesos que en el futuro otros llevarán adelante.

Al mismo tiempo, gran parte de esa reforma inicial ya está lograda (la colegialidad, el sínodo reformado, los cambios en las finanzas y las comunicaciones) y no es reversible. Si tiene éxito en el futuro depende de otros, pero estoy convencido que el próximo papa buscará continuar y profundizar estas reformas. Francisco ha abierto la puerta a una nueva época (Benedicto XVI lo sabía y lo alentaba), y por eso considero que la historia lo juzgará uno de los grandes reformadores de la Iglesia moderna.





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