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Alegría y Educación (X): Vocación de realidad y criaturas
La alegría, vista desde la educación, es una virtud en base a la cual se puede justificar todo un proyecto educativo


Por: Estanislao Martín Rincón | Fuente: Catholic.net



La alegría, vista desde la educación, es una virtud en base a la cual se puede justificar todo un proyecto educativo. Esto es así porque la importancia de la alegría en la vida personal es de tal magnitud que bien podríamos situar a esta, a la alegría, como fin de la educación. De tal modo que si nos planteáramos la pregunta de para qué hay que educar a los niños, podríamos responder diciendo que para que sean capaces de encontrar en su vida la alegría de vivir y sepan hacerla efectiva. Esta idea choca con una mentalidad materialista y práctica muy extendida que nos empuja a tener, a conseguir y a sobresalir. Hay futuros tan prometedores, hay tanto que estudiar, tanto que aprender, tanto que hacer... la vida la hemos hecho tan complicada y tan competitiva que se nos puede desnortar su sentido y el sentido de la educación. No hemos sido creados sino para ser felices y no estamos en este mundo para otra cosa que no sea aprender a serlo. Es verdad que la vida no es un bloque homogéneo, que hay etapas muy distintas, que no es lo mismo ser niño que ser adulto, ni adulto que anciano, ni se vive igual siendo estudiante que profesional, jovencita que ama de casa, etc. Es verdad que no es igual estar cargado de responsabilidades que tener muy pocas o ninguna. Es verdad que hay metas muy importantes para las cuales una buena educación es necesaria: poseer títulos cualificados, conseguir un trabajo, formar una familia, etc. Todo esto es cierto, pero cualquiera de estas situaciones son pasajeras porque ninguna tiene carácter de definitiva; son metas importantes, sí, pero metas volantes. Cualquiera de estos logros vividos sin alegría se convierte en una cruz pesada e insoportable. Y es que, a fin de cuentas, cualquier éxito deja de serlo si no puede disfrutarse con alegría.

¿Y entonces qué?, ¿se puede hacer algo, o cuando las cosas se nos tuercen solo cabe la resignación?, ¿podemos vacunarnos contra la tristeza?, ¿dónde están las soluciones, si es que las hay? (Digamos entre paréntesis que la “suerte” que tenemos los creyentes, al menos los católicos, es que la Religión ya nos da respuestas cumplidas). Pero no procede ahora dejar de centraros en el campo de lo estrictamente educativo, porque también desde la educación se debe decir algo. El pensamiento humano -disciplinas como la Filosofía, Pedagogía o la Psicología- no puede ofrecer respuestas tan profundas como las de la fe, pero las aportaciones de estos saberes son muy dignas de ser tenidas en cuenta. Algunas referencias ya hemos hecho en artículos anteriores, sobre todo al hablar del autoconocimiento.

Ahora damos un paso más porque el conocer va más allá del conocerse a sí mismo. Además de uno mismo está la realidad exterior. En ella encontramos cosas y personas, y entre las personas, el mismo Dios. Conocer la realidad es imprescindible para moverse entre ella. Y no es tarea fácil. Por eso en este campo del conocimiento de la realidad conviene no dar nada por sabido y estar siempre abiertos a conseguir mayores o nuevas cotas de verdad. La mayor parte de nuestras frustraciones y de nuestros desencantos tienen su origen en una errónea interpretación de la realidad que nos afecta, en haber dado por buenos hechos o actitudes que no lo eran o en haber despreciado otros muy útiles.

Por lo que respecta a la educación es del todo necesario saber qué es una persona humana para poder educarla. Entendida la educación como desarrollo o perfeccionamiento de las cualidades humanas, interesa sobremanera saber qué es una persona y qué cualidades son esas que hay que perfeccionar para empezar la tarea. Al escribir esto me acuerdo de un pensador contemporáneo, Jacinto Choza, a quien tuve que estudiar en su día y de quien recuerdo un pensamiento que me llamó la atención por lo que tiene de paradójico y porque creo que es muy certero. Dice así: “El hombre necesita en cierto grado saber lo que es para serlo”. Si no sabemos en qué consiste ser hombre, o ser mujer, nuestra vida difícilmente puede estar asentada en la realidad y de ese modo la educación se convierte en empresa imposible. Parece lógico pensar que solamente quien tiene una idea clara de lo que es ser hombre o ser mujer está capacitado para formar hombres o mujeres. (Cosa distinta es que sepa explicarlo o no, que eso importa poco). Es verdad que todos los  adultos encarnamos y vivimos nuestro ser hombre o nuestro ser mujer de una determinada manera y que nuestra propia experiencia es la fuente de conocimiento que tenemos más a mano, pero también es cierto que es mucho lo que nos pueden ayudar los estudios serios sobre estos temas. Se hace imprescindible un saber acerca del estatuto y de la naturaleza del hombre. Con relativa frecuencia se oye quejarse a muchos padres de lo difícil que es educar, y más en esta época. Comparto la opinión, a mí también me lo parece, pero también me parece que es tarea posible siempre que tengamos perfectamente claras tres ideas: en qué consiste ser hombre, qué es educar y para qué hay que educar. Son tres preguntas muy relacionadas entre sí, pero son preguntas distintas. Son también preguntas clave, de gran envergadura y muy abiertas, a las que no se pueden dar respuestas simples porque son susceptibles de múltiples enfoques; sobre cada una de ellas hay una extensa bibliografía. En tan poco espacio no es posible decir algo sensato sin dejar muchos flecos sueltos. A pesar de ello intentaremos perfilar algunas ideas que puedan servir para la reflexión. A la tercera pregunta, “para qué hay que educar” ya hemos respondido: para ser felices, hemos dicho. La segunda, “qué es educar”, da para mucho, pero podría decirse que educar es capacitar al individuo para que libremente pueda desarrollar su proyecto personal de vida y disfrutar de él.

En cuanto a la primera pregunta, en qué consiste ser hombre, se nos ofrecen de inmediato dos ideas: una, que el hombre es una criatura, y dos, que esta criatura es corporeoespiritual.



La primera idea, saber que somos criaturas es la exigencia inicial para entender que el fin de la persona es la felicidad. No es posible pensar que vivamos para ser felices si previamente no aceptamos que el hombre es criatura. Quien no se vea a sí mismo como criatura, como ser creado, no puede aceptar que ningún otro ser (Dios) haya pensado por él y haya orientado su existencia, ni hacia la felicidad ni hacia ningún sitio. Quien entiende que una persona es un ser absolutamente autónomo no puede aceptar la dependencia de un creador, ni puede pensar en la existencia como un don gratuito, ni comprenderá ese otro don que recibimos con la existencia misma y que llamamos alegría. El “don de la alegría”, preciosa expresión que nos hace entender que esta no depende tanto de nuestras capacidades o nuestros esfuerzos cuanto de vivir plenamente de acuerdo a lo que somos, es decir como criaturas salidas de las manos de Dios. Estas afirmaciones con la fe cristiana se entienden muy bien, ciertamente, pero estrictamente hablando no pertenecen a la fe cristiana. La razón humana es capaz de dar con ellas. Al menos la razón del conocido Aristóteles que nunca fue cristiano (no lo pudo ser porque vivió en el siglo IV antes de Jesucristo) y que da abundantes explicaciones acerca de la felicidad, la cual entiende como un don, un don de los dioses, dice él.

 

 





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