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Evolución de la Comprensión de la Vida Consagrada
Se entiende ahora como una forma de vida cristiana que a partir del bautismo comienza a comprenderse a sí misma y a entender su identidad como un don de Dios para el bien de la Iglesia


Por: Germán Sanchez Griese | Fuente: Catholic.net



 

 

1 INSPIRACIÓN ORIGINAL

La historia de la vida consagrada refleja la comprensión que de ella se ha tenido, desde su nacimiento hasta nuestros días. La vida consagrada nace como una respuesta a vivir con radicalidad el evangelio en un tiempo en que la Iglesia comenzaba a aflojar su tensión y a adecuarse demasiado a las realidades de este mundo. Cuando termina la persecución, la Iglesia comienza a adquirir poder temporal y político. La reacción de algunos hombres y mujeres es la de recuperar la radicalidad del evangelio y vivir un ideal de vida inspirado únicamente en la persona, las obras y los gestos de Jesús y de la primera comunidad de los apóstoles. Nace entonces un estilo de vida que bajo la inspiración de la Palabra se propone seguir un discipulado semejante al que tuvieron los primeros apóstoles con Jesús.

 



2 PREDOMINIO DE LA VISIÓN CANÓNICA

Con el pasar del tiempo la palabra de Dios como guía de la vida consagrada pierde su centralidad. Ya no se estudia como punto de referencia con el que concordar la vida como en los orígenes del monacato, sino como un estudio académico. La vida consagrada, bajo la visión canónica de la Iglesia como una sociedad perfecta, comienza a considerarse y a vivirse como un estado de perfección por la vivencia de los consejos evangélicos.

 

Esta concepción de la vida consagrada originó también una dualidad en la conformación de los cristianos que forman la Iglesia, en donde se encontraban en primer lugar los que estaban en el estado de perfección caracterizados por quienes seguían los consejos evangélicos y los que se encontraban en un estado de imperfección y seguían únicamente los mandamientos, es decir, apenas lo necesario para alcanzar la salvación.

 



Esta visión de la vida consagrada como un estado de perfección se endurece en contraposición a los protestantes, quienes rechazan y abrogan la vida consagrada. Los reformadores católicos dentro de su esquema canonista de la Iglesia seguirán insistiendo en la visión de la vida consagrada como un estado de perfección, una realidad meramente canónica y ascética.

 

 

3 CONCILIO VATICANO II: RECUPERACIÓN DE LA VISIÓN TEOLÓGICA

A partir de la Lumen gentium, el Concilio Vaticano II con su nueva visión y comprensión de la Iglesia como misterio y como pueblo de Dios, impulsará una renovación de la vida consagrada considerándola ya no como un estado de perfección, sino como “(un) estado constituido por la profesión de los consejos evangélicos, (que) aunque no pertenece a la estructura jerárquica de la Iglesia, pertenece, sin embargo de manera indiscutible, a su vida y santidad”. Daba inicio una reflexión teológica sobre la vida consagrada en dónde el acento sería puesto en sus dimensiones teocéntrica, trinitaria, cristológica, pneumatológica, escatológica, profética y misionera. “La gran novedad del Vaticano II será que la vida consagrada se profundizará en un contexto eclesiológico y en relación con todas las demás realidades eclesiales. Será comprendida y puesta en discusión con la nueva perspectiva antropológica de la Gaudium et Spes. Esto llevará a una renovación ya sea de la teología que de la vivencia de la vida consagrada”.

 

La vida consagrada no es ya simplemente un estado de perfección en donde lo que asegura el ser y el quehacer de este estado de vida es el cumplimiento de una serie de normas y de reglas. Se entiende ahora como una forma de vida cristiana que a partir del bautismo comienza a comprenderse a sí misma y a entender su identidad como un don de Dios para el bien de la Iglesia. La identidad de la vida consagrada comienza a descubrirse y a valorarse desde la nueva perspectiva eclesiológica postulada por el Concilio Vaticano II. El capítulo VI de dicho documento está dedicado por entero a la vida consagrada (Los religiosos). Es conveniente anotar que este capítulo viene inmediatamente después de aquél dedicado a la llamada universal a la santidad, dando a entender que en la Iglesia no existían dos tipos de cristianos, los perfectos y los que se contentaban con cumplir solo los mandamientos, sino que todos están llamados a la única santidad vivida y querida por Cristo: “Es, pues, completamente claro que todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” . La vida consagrada se verá entonces encuadrada dentro del misterio que es la Iglesia y como componente del Pueblo de Dios.

 

El decreto Perfectae caritatis, sobre la adecuada renovación de la vida religiosa, se dedica a aplicar a la vida religiosa existente el nuevo modelo de comprensión de la vida religiosa que emerge en la Lumen gentium. Su enfoque era dar aquellas orientaciones que ayudarían a la vida consagrada a encontrar su identidad y a adaptarla a las situaciones cambiantes de los tiempos. El número 2 del documento da una relación de las pautas que deben seguirse para esta renovación. El acento en estos cinco párrafos está puesto más en el alma espiritual que debe darse en la renovación y no solo en la parte externa, como se venía haciendo antes del Concilio Vaticano II. Leemos en 2e: “Ordenándose ante todo la vida religiosa a que sus miembros sigan a Cristo y se unan a Dios por la profesión de los consejos evangélicos, habrá que tener muy en cuenta que aun las mejores adaptaciones a las necesidades de nuestros tiempos no surtirían efecto alguno si no estuvieren animadas por una renovación espiritual, a la que, incluso al promover las obras externas, se ha de dar siempre el primer lugar” . De esta forma se quería que la renovación no fuera solo un lavado de imagen, sino una renovación espiritual.

 

La renovación espiritual sugerida por el documento abre la puerta a una profundización del ser y el quehacer de la vida consagrada desde el punto de vista del Espíritu Santo. Las referencias al Espíritu Santo son claros indicadores de esta nueva dirección que debe surgir en la reflexión sobre la identidad de la vida consagrada. Y por lo tanto los resumimos a continuación.

 

4 ESPÍRITU SANTO: ALMA DE LA VISIÓN TEOLÓGICA

Encontramos en primer lugar que el Espíritu Santo es la fuente de inspiración de la vida consagrada, tal como se había vivido en los orígenes de esta forma de vida evangélica. “Ya desde los orígenes de la Iglesia hubo hombres y mujeres que se esforzaron por seguir con más libertad a Cristo por la práctica de los consejos evangélicos y, cada uno según su modo peculiar, llevaron una vida dedicada a Dios, muchos de los cuales bajo la inspiración del Espíritu Santo, o vivieron en la soledad o erigieron familias religiosas a las cuales la Iglesia, con su autoridad, acogió y aprobó de buen grado”. Se reconoce la acción del Espíritu Santo como inspirador de la vida consagrada. Es él quien hace surgir este nuevo estilo de vida. De ahí surgió la posibilidad de analizar la forma en que el Espíritu Santo inspiró el nacimiento de las diversas formas y familias de vida consagrada que existen en la Iglesia.

 

En segundo lugar, la renovación de la vida consagrada implica precisamente volver a Cristo, que es lo esencial. Siendo una característica del Espíritu Santo que no habla de sí mismo, sino que tan solo recuerda lo que Cristo ha hablado, es decir, que lleva a Cristo, la acción del Espíritu Santo será esencial para la renovación que busca regresar a los orígenes de su existir, es decir, a la misma persona de Cristo. “Mas en medio de tanta diversidad de dones, todos los que son llamados por Dios a la práctica de los consejos evangélicos y fielmente los profesan se consagran de modo particular al Señor, siguiendo a Cristo, quien, virgen y pobre, redimió y santificó a los hombres por su obediencia hasta la muerte de Cruz. Así, impulsados por la caridad que el Espíritu Santo difunde en sus corazones, viven más y más para Cristo y para su Cuerpo, que es la Iglesia” . El Espíritu Santo, si bien inspira formas diversas de vida consagrada, todas ellas llevan al seguimiento de Cristo virgen, pobre y obediente.

 

Una tercera característica del Espíritu Santo es su acción en todas las personas consagradas, no solo en los superiores, ya que la renovación es obra de todos y no solo de unos cuantos. “De ahí se deduce que siguiendo el ejemplo de Jesucristo, que vino a cumplir la voluntad del Padre, "tomando la forma de siervo", aprendió por sus padecimientos la obediencia, los religiosos, movidos por el Espíritu Santo, se someten en fe a los Superiores, que hacen las veces de Dios, y mediante ellos sirven a todos los hermanos en Cristo (…)” . La acción del Espíritu Santo no se contempla solamente en la persona de los fundadores como sujetos que pueden recibir una inspiración de parte de él. Todo religioso en cualquier tiempo, puede recibir también inspiraciones del Espíritu Santo. En este caso se asegura que la vivencia de la obediencia solo puede ser verdadera cuando está inspirada por el Espíritu Santo.

 

Una cuarta característica es la acción del Espíritu Santo en la vida comunitaria. “Los religiosos, como miembros de Cristo, han de prevenirse en el trato fraterno con muestras de mutuo respeto, llevando el uno las cargas del otro, ya que la comunidad, como verdadera familia, reunida en nombre de Dios, goza de su divina presencia por la caridad que el Espíritu Santo difundió en los corazones” . Se abre la posibilidad de reflexionar la manera en que el Espíritu Santo se hace presente e inspira la vida de cada una de las comunidades.

 

Como quinta característica observamos la acción del Espíritu Santo en la distribución de dones y gracias de acuerdo a la misión que le asigna a cada congregación religiosa en la Iglesia. “Hay en la Iglesia gran número de Institutos, clericales o laicales, dedicados a diversas obras de apostolado, que tienen dones diversos en conformidad con la gracia que les ha sido dada; ya sea el ministerio para servir, el que enseña, para enseñar; el que exhorta, para exhorta; el queda, con sencillez; el que practica la misericordia, con alegría. "Hay ciertamente, diversidad de dones espirituales, pero uno mismo es el Espíritu" (1 Cor., 12,4)” . Se reconoce con claridad la acción del Espíritu Santo que sabe otorgar diversidad de dones a las distintas congregaciones de acuerdo con la gracias que quiere otorgar a la Iglesia.

 

Por último, la renovación de la vida consagrada implica también una adaptación en las formas, obra del Espíritu Santo. “La adecuada adaptación y renovación de la vida religiosa comprende a la vez el continuo retorno a las fuentes de toda vida cristiana y a la inspiración originaria de los Institutos, y la acomodación de los mismos, a las cambiadas condiciones de los tiempos. Esta renovación habrá de promoverse, bajo el impulso del Espíritu Santo y la guía de la Iglesia”. Este número aplica ya la eclesiología del Vaticano II en la que se considera a la Iglesia guiada por dones jerárquicos y dones carismáticos. La renovación no será fruto exclusivo de la jerarquía de la Iglesia, sino de la acción del Espíritu Santo, confirmada por la Iglesia.

 

 

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