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El peligro de dar por sentando que todos nos entienden de igual forma
Cuidado con lo que decimos

Tanto quienes nos acepten como quienes nos rechacen van a recibir el mismo mensaje de esperanza: “el Reino de Dios está cerca”.


Por: Nestor Mora Núñez |



Es interesante iniciar este nuevo año con un breve párrafo de las Sagradas Escrituras:

Después, Jesús eligió a setenta y dos discípulos, y los envió en grupos de dos en dos a los pueblos y lugares por donde él iba a pasar. Jesús les dijo:

«Son muchos los que necesitan entrar en el Reino de Dios, pero son muy pocos los que hay para anunciar el Evangelio. Por eso, pídanle a Dios que envíe más seguidores míos, para que compartan las buenas noticias con toda esa gente. Y ahora, vayan; pero tengan cuidado, porque yo los envío como quien manda corderos a una cueva de lobos.

[…]

Si entran en un pueblo y los reciben bien, coman lo que les sirvan, sanen a los enfermos, y díganles que el Reino de Dios ya está cerca.  Pero si entran en un pueblo y no los reciben bien, salgan a la calle y grítenles: No tenemos nada que ver con ustedes. Por eso, hasta el polvo de su pueblo lo sacudimos de nuestros pies. Pero sepan esto: ya está cerca el Reino de Dios”. Les aseguro que, en el día del juicio, Dios castigará más duramente a la gente de ese pueblo que a la de Sodoma.» (Lc 10, 1-12)



Estos son los consejos que dio Jesús a los 72 discípulos enviados a lanzar el kerigma. Aunque hayan pasado 21 siglos, los seres humanos no hemos cambiado tanto. Habrá quienes nos acepten, escuchen y valores, porque encuentran en nosotros un modelo y esperanza en nuestras palabras. Pero también habrá quienes nos rechacen, sean incapaces de entendernos y encima nos traten de forma poco cordial.

En resumen, tanto quienes nos acepten como quienes nos rechacen van a recibir el mismo mensaje de esperanza: “el Reino de Dios está cerca”. Dios no es un dios lejano, indiferente y cómplice, sino un Dios cercano, comprometido y amistoso. Dios quiere que le aceptemos y que dejemos que sea el Quien nos lleve de la mano. Dios desea nuestro bien y para eso necesita que confiemos en Él. ¿Cómo es posible que haya personas que rechacen esto?

El lenguaje que utilizamos puede resultar incomprensible. ¿Por qué no nos comprenden? Quizás la primera causa sean los prejuicios. Muchas personas malintencionadas vienen ofreciendo paraísos que no dejan de ser engaños. Sin referencias y conocimiento, nosotros podemos ser uno más entre todos estos embaucadores. También puede ser que necesitemos poner en contexto lo que vamos a decir. No es lo mismo hablar de la Eucaristía a personas vegetarianas que a personas que no tienen restricciones alimenticias. Si un vegetariano nos oye decir que tenemos que comer la “Carne” de Cristo, seguramente no se sienta demasiado cómodo. Si estamos hablando a un grupo marginal y alejado de la fe, tenemos que tener cuidado. Simplificar demasiado el mensaje puede hacer que algunas personas desconfíen de nosotros como transmisores fieles del Mensaje de Cristo.

Tampoco es muy conveniente hablar de forma complicada y puntillosa. Las personas más sencillas se suelen perder cuando los discursos son demasiado idealistas. Por otra parte, ser demasiado concreto nos puede llevar a contradicciones imposibles de resolver, ya que entraríamos en el juicio de casos.

Decía San Francisco de Asís que hay que predicar el Evangelio en todo momento y cuando sea necesario, hacerlo con palabras. Las palabras son a veces traicioneras, por lo que hay que cuidar mucho lo que se dice.





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