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Dos días inolvidables
Testimonio. Un Encuentro matrimonial


Por: José María Sanz y Deli Camaño | Fuente: Libro: Secretos del Amor




Somos José Mari y Deli. Nos casamos un 3 de mayo de 1969 en la iglesia del Monasterio de S. Juan de los Reyes en Toledo. Dios ha hecho fructífera nuestra unión donándonos cinco hijos. Actualmente residimos en Burgos, España.

Nuestro primer caminar como marido y mujer fue una prolongación del romance de nuestro noviazgo. De vez en cuando surgían algunas posturas encontradas, pero eran superadas con poca dificultad. La ilusión todavía era más fuerte que nuestras pequeñas desavenencias.

Aproximadamente a los diez años de casados surgió la primera contrariedad verdaderamente seria. A nuestra segunda hija se le presentó una enfermedad grave. Sus circunstancias y proceso, lejos de unirnos, nos separaron. Nuestras actitudes ante el problema familiar no sintonizaron (quizás el padre no supo adaptarse a la especial sensibilidad de la madre y ésta no lo hizo a la mayor serenidad de aquél). Sea lo que fuere el distanciamiento se fue ensanchando y la crisis se intaló en la vida conyugal a partir de entonces.

En abril de 1981, un matrimonio con el que nos unía una buena amistad nos invitó a vivir una experiencia que nos describieron como una especie de “convivencia de matrimonios a nivel religioso”. No muy convencidos, aceptamos su propuesta. Se trataba del “Fin de semana de Encuentro Matrimonial” (Encuento Matrimonial es un Movimiento de la Iglesia Católica, un movimiento de apostolado familiar y especialmente conyugal).

A través del hilo conductor de tres matrimonios y un sacerdote una corriente singular nos electrizó. Vivimos dos días inolvidables, tales que ya serán una referencia obligada en la historia de nuestro matrimonio. Dios se había servido de aquellos amigos, para cruzarse oportunamente en nuestro camino.

Nuestra relación renació. Revivimos nuestro romance. Nuevas ilusiones nos alentaban. Caímos en la cuenta del valor de las gracias del Sacramento que un día nos había unido; ellas eran la garantía de nuestra fuerza y fidelidad. Empezamos a ver todo en clave positiva. Escuchábamos mejor, dialogábamos más, aceptábamos, perdonábamos. Lo hacíamos entre nosotros y también con los demás.

Impactados por el testimonio que habíamos recibido, decidimos con la ayuda del Señor, comprometernos al servicio de la comunidad de Encuentro Matrimonial. Lo que hemos dado se ha visto ampliamente superado por la felicidad que hemos sentido en tantos y tantos momentos.

Hace dos años y medio, el cuarto de nuestros hijos sufrió un accidente muy grave. Sentimos angustia y preocupación, mucha incertidumbre. Como contrariedad se añadía también la cercana llegada de la Navidad. El pronóstico, muy severo, anticipaba asimismo la interrupción de sus estudios universitarios por un curso. Sin embargo, en contraste con la situación similar antes expuesta, nuestro talante de pareja fue muy distinto. Afrontamos el hecho unidos, sintiéndonos apoyados uno en el otro. Nos confortaba además el ánimo de muchos matrimonios de Encuentro y sus oraciones.

Y así vamos intentando vivir el día a día de nuestro matrimonio siendo conscientes de que el aceptarnos supone lucha y cambio personal, de que podemos caer pero tenemos los medios para seguir adelante. Nos sentimos protegidos por Jesús a través de nuestro Sacramento, y ayudados por otras parejas de nuestra Comunidad con las que compartimos los mismos ideales.

Reflexión:

"Impactados por el testimonio". Cada día que pasa crece en mí la poderosa convicción de que la fuerza del testimonio es casi omnipotente. Nos sobran ideas y discursos. Lo que necesitamos son vidas auténticas. Qué bien lo decían los latinos: "facta, non verba" (hechos, no palabras). Las palabras, sin el respaldo de las obras, son fantasmas de neblina.

Los cristianos somos la sal de la tierra. Es urgente tomar clara conciencia de que los enemigos de la Iglesia no descansarán hasta destruir la vida familiar, desorientar la juventud, estrangular la fe. Algunas de esas fuerzas, destructivas y sutiles, son el consumismo, el materialismo desenfrenado, el mercado de “religiones” sectarias, la sexualidad desbordante, el erotismo elevado a divinidad, etc. Turbias aguas que, sin embargo, engañan y prometen la felicidad personal donde no está. Abusan de la fuerza de los medios de comunicación, demoledores de conciencias, y reducen la belleza del amor y de la dignidad de la sexualidad a una trágica y vulgar mercancía comercial.

Y ante este panorama, ¿qué podemos hacer nosotros?
¡Dar testimonio de auténticos cristianos! Me acuerdo ahora de un párrafo del P. Marcial Maciel, fundador de la Legión de Cristo y del Movimiento Regnum Christi, que quisiera compartir contigo: “Esto implica un cambio radical en nosotros, en nuestra vida, en nuestas actitudes, en nuestra acción pastoral. Tenemos que hacer comprender a los hombres que el contagio del bien y del mal está ligado a la conducta de cada uno en particular, de modo que en la propagación del bien, de la verdad, debe intervenir la responsabilidad de cada cristiano y de cada sacerdote. Olvidar esto sería caer, o continuar viviendo, en la más nefasta de las hipocresías; sería vivir dejando impasiblemente que el enemigo continúe en su orgía de la destrucción de la civilización cristiana, destruyendo la vida, a los individuos, a las familias, a las sociedades enteras. Sería cruzarse de brazos y dejar con indiferencia que la famosa ‘cultura de la modernidad’ campee por sus fueros sin encontrar ninguna resistencia”.
Necesitamos la fuerza del testimonio, ¡facta, non verba!

Este artículo es parte del libro "Secretos del Amor" del Juan Ramón de Andrés

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