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El amor es eterno
Testimonio de un matrimonio


Por: Sra. y Sr. John D. Lane | Fuente: Secretos del Amor




Mi marido y yo hemos estado casados por casi cuarenta años. Realmente fuimos hechos el uno para el otro. Nuestra unión ha sido casi perfecta -me refiero a esa perfección que humanamente pueden alcanzar dos seres humanos-.

Atribuimos esta constancia en nuestro amor y unión a nuestros dieciséis años de educación católica que nos prepararon para un matrimonio cristiano estable. Aunque en ocasiones la fe católica nos parecía un tanto exigente, y no faltaban las voces que protestaban contra esta visión del amor humano, nunca la discutimos en nuestro interior.

Desde un principio confiamos en que Cristo, a través de su Iglesia, siempre quiere lo mejor para nosotros. Y después de este casi medio de siglo de matrimonio elevamos espontáneamente un Magnificat a Dios Nuestro Señor porque hemos podido caminar en su presencia, y recibir toda clase de bendiciones de sus manos amorosas. Verdaderamente nuestra fe cristiana, vivida a fondo, es exigente. Nadie lo duda -Cristo murió en una cruz-, pero ahí está la prueba de su autenticidad y la fuente de la verdadera felicidad -al tercer día resucitó-.

Nuestra casa ha sido un lugar feliz con mucho ruido en donde formar a nuestros siete hijos. Hemos recibido muchísima alegría por sus nacimientos, sus logros y sus éxitos, sus luchas y sus esfuerzos.

Sin duda hemos pasado nuestras preocupaciones frente a sus errores o desviaciones y también hemos elevado -y con qué gozo- nuestra accción de agradecimiento a Dios cuando volvieron al recto camino y a sus raíces católicas.

Nuestra vida de oración también nos dio la fortaleza, la paciencia y la delicadeza necesarias para cuidar y atender debidamente a nuestros ancianos padres, quienes se merecen lo mejor de nosotros, después de haber gastado su vida entera por la nuestra.

¿Cuál ha sido la clave que nos ha mantenido y nos mantiene hoy juntos? La memoria del sacrificio que experimentamos durante nuestro noviazgo casto. Hubo muchas presiones del exterior, de los amigos,... etc, pero con la gracia de Dios y con una gran dosis de amor, traducido en renuncia y sacrificio personal, logramos mantener nuestra castidad en ese hermoso período de nuestra vida.

Nos mantenemos unidos también gracias a nuestra fe y nuestro amor, que dura para siempre, pues lo fundamos desde un inicio en el amor que Dios nos tiene. Y si Dios es eterno, y Él es amor, también el nuestro, con su ayuda, lo será.

Si empezasemos hoy de nuevo nuestra vida matrimonial, no cambiaríamos nada, porque al hacerlo sería como cambiarnos a nosotros mismos y sentimos que Dios nos está dirigiendo tal y como somos.

Para el futuro me gustaría vivir con paz y gozo con mi mejor amigo, mi esposo, sirviendo, alabando y agradando en todo a Dios en Su mundo.

Reflexión:

El amor es eterno. Así ha coronado la misma pareja este sencillo pero profundo testimonio. Es fantástico poder decir, sólidamente convencidos: “Te amaré para siempre”.

El amor es la aspiración más profunda del corazón humano, el color que da significado a nuestra existencia. El amor es el motor de la vida. Por eso, cuando un hombre, cuando una mujer, se abrasa de amor, es imparable, ¡es imparable! Donde hay amor, no hay obstáculo infranqueable. Todo lo aguanta, todo lo soporta, todo lo lleva con alegría, con entusiasmo, con pasión. ¡Todo, por el amado! Dostoyewski con razón decía: “El amor es la única fuerza invencible en el mundo”.

Sólo cuando se ama con pasión se puede avanzar en la vida arrolladoramente. Y se ama con pasión cuando se piensa como la persona amada, cuando se siente como ella, cuando se quiere lo que ella, cuando se busca lo que ella busca, cuando se ama lo que ella ama, cuando se vive obsesionado por los intereses que ella respira y no por los propios, esos mezquinos intereses personales. Es entonces cuando se ama de verdad, es entonces cuando el amor dura hasta la eternidad.



Este artículo es parte del libro "Secretos del Amor" del Juan Ramón de Andrés

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